El jardín de la antigua casona que Edwards había comprado en las afueras de Canadá, vibraba con el murmullo de las hojas de arce. Octubre había pintado el mundo de ámbar y carmesí, como si la naturaleza misma se hubiera vestido para la ocasión. Entre las ramas de un roble centenario, cuyas raíces serpenteaban bajo los pies de los invitados, colgaban faroles de cristal que tintineaban suavemente. El aire olía a tierra húmeda y a gardenias blancas, las flores que Sabrina había elegido para su ramo. Edwards ajustó por décima vez el nudo de su corbata plateada frente a un espejo antiguo en el estudio. El traje n***o de tres piezas le quedaba impecable, pero sus manos no dejaban de temblar. "¿Realmente estoy haciendo esto?", pensó, observando su reflejo. No era el joven arrogante que firmó u

