El estudio de Edwards estaba sumergido en la luz dorada del atardecer. Las paredes de roble macizo, los estantes repletos de legajos cinematográficos y el retrato al óleo de su bisabuelo —un director de cine de mirada implacable— parecieron estrecharse alrededor de él cuando el teléfono vibró. No era un timbre, sino un zumbido siniestro que resonó en su estómago. "Sonia Snowden —Madre", decía la pantalla. Dudó. Ella solo lo contactaba para recordarle su decepción. —¿Madre? —contestó, tratando de ocultar el fastidio. El silencio del otro lado fue más cortante que cualquier insulto. Luego, la voz de Sonia, fría como el acero sumergido en hielo. —Tu… compañera, está en el Hospital General. No esperes que derrame lágrimas por ella. —Una pausa calculada por parte de la mujer—. Aunque qui

