El departamento 2B respiraba agonía. Las maletas abiertas sobre el suelo asfixiaban lo que quedaba de aquel espacio: grietas en las paredes, manchas de humedad en el techo, y el eco de risas que nunca más volverían a sonar allí. Sabrina ajustó la correa de la maleta con manos temblorosas, evitando mirar el anillo blanco en su dedo, ahora desnudo. El vacío de la joya le quemaba más que las lágrimas que se negaba a derramar. —¿Seguro que no quieres llevarte esto? —Ana sacudió un suéter raído de Edwards, su voz cargada de rencor. La cicatriz en su ceja, souvenir de una pelea callejera por defender a Laura, se tensó bajo el fluorescente parpadeante. —Tíralo —murmuró Sabrina, arrancando una foto pegada en la nevera: ella y Edwards en Central Park, sus sonrisas sepultadas bajo capas de mentira

