El aire en la suite de Clara olía a lilas recién cortadas y a leche materna. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas de seda, pintando de dorado el rostro pálido de Clara, quien sostenía a Amelia contra su pecho. Aún sentía molestia en sus genitales, a causa de los puntos de sutura que el médico le puso un a vez que fue trasladada del departamento de Sarina, pero el dolor físico palidecía ante el nudo de ansiedad en su garganta cuando escuchó los tacones de su madre resonando en el mármol del vestíbulo. —¡Clarita, hija mía! —La voz de Sonia Snowden retumbó como un trueno elegante—. ¿Dónde está mi nieta? ¡Me muero de ganas por conocerla y tenerla entre mis brazos! Jamás pensé que llegaría el día en que me convirtiera en abuela. Clara apretó la sábana de lino contra su cuerpo, s

