El crujido de la puerta oxidada al abrirse hizo que Ana alzara la vista desde sus apuntes de contabilidad. Al ver a Edwards en el umbral, con su camisa desteñida y zapatos llenos de polvo, frunció el ceño. —Qué sorpresa —murmuró, hundiendo el lápiz contra el papel con fuerza innecesaria—. El príncipe mendigo vuelve a su castillo de cartón. —Buenas noches, Ana —respondió Edwards, evitando su mirada. El olor a cebolla quemada lo guió hacia la cocina, donde Sabrina removía una olla de sopa de lentejas. Al escuchar sus pasos, giró con los ojos brillantes. —¡Cariño! —Dejó la cuchara de madera sobre el mesón agrietado y corrió a abrazarlo, sus dedos huesudos aferrándose a su espalda como enredaderas—. ¿Cómo te fue? Edwards enterró el rostro en su cabello, respirando el aroma a jabón barato q

