La mansión de los Snowden siempre había parecido sacada de un cuento gótico: techos altos con arañas de cristal que lanzaban destellos fríos, pisos de mármol pulido donde cada paso resonaba como un susurro de culpa, y retratos familiares cuyos ojos seguían a Clara mientras avanzaba por el pasillo. Pero hoy, ni los cuadros dorados ni las cortinas de terciopelo rojo lograban distraerla. Llevaba el enredo prendido en la garganta, mezclado con el peso de su vientre de ya ocho meses de embarazo, que ahora parecía más una armadura que un regalo. —¡Madre! —Gritó al entrar al salón de té, donde Sonia, envuelta en un vestido de seda color vino, sorbía su porcelana con la elegancia de quien nunca había tenido prisa en la vida. —¿En serio le quitaste todo a Edd? ¿Por enamorarse? ¡Sabrina es…! ¡Oh, D

