Edwards se inclinó sobre la mesa de mármol, las palmas de sus manos sudorosas dejando marcas sobre la superficie pulida. Sofía no apartaba la mirada de él, como un halcón estudiando a su presa. El fuego de la chimenea dibujaba sombras danzantes sobre su rostro, acentuando las arrugas que delataban décadas de maquinaciones. —¿Fingir tu ruina? —Repitió ella con una carcajada seca, jugueteando con el collar de perlas que siempre llevaba. — ¿Crees que una mentira tan infantil engañará a la prensa? ¿A los accionistas?¿ A esa… chica? —No tiene que ser perfecto —replicó Edwards, mordiendo cada palabra. —Solo necesitamos que crean que estoy acabado. Tú manejas los medios, sabes cómo sembrar rumores. Un accidente leve, una fractura de cadera… lo suficiente para que piensen que estoy postrado.

