—Aún es muy lindo para ti. Él me gustó desde siempre, y él es mi chico —comenta, moviendo sus caderas en dirección hacia mí. La miro con más odio cada vez.
—Y ¿qué? —digo en tono condescendiente, y me doy la vuelta, pero ella sigue sosteniéndome y clavándome sus uñas postizas.
Estoy intentando controlarme, porque sé que es amiga de Adam.
—Tú eres muy poca cosa para él —comenta, y abro y cierro los ojos, intentando calmar mi respiración. Ella no ayuda.
—Bien, déjame ir —comento, y ella sigue apretándome con sus uñas.
—No, primero hablemos. Número uno, él es mi chico, y número dos… —siguió explicando, pero yo la ignoro. Estoy haciendo todo mi esfuerzo por controlarme. Sin embargo, su voz sigue chillando una y otra vez.
Enumerando las razones por las cuales no podía estar con Adán, me encontraba cada vez más irritada. Podía sentir mi frente hinchada y una tensión creciendo en mí. No lo soporté más y la empujé con fuerza, haciendo que cayera al suelo de bruces. Me miró asustada mientras me sentaba sobre su regazo y sacaba algo afilado de mi chaqueta.
—Vuelve a hablarme y ya no tendrás esa sonrisa pegada a tu cuerpo —susurré, apuntándole. La chica levantó los brazos en señal de rendición.
—Lo lamento, lo lamento, ¡ayuda! —exclamó una vez que pareció ver a alguien a unos metros de distancia. Sin querer, le lastimé el rostro.
—Mira lo que me ha hecho —comentó llorando, acercándose a Adán. Él me observó con sorpresa. Pude ver un atisbo de aceptación en sus ojos, mirando el objeto punzante y luego a mí.
—¿Qué has hecho? —exclamó Adam, abrazando a la chica y mirándome con recelo.
—Me irritó —comenté con sinceridad. Él se rió y dijo:
—Entonces, Si estas irritada… ¿Los abandonas, los lastimas, verdad? —preguntó, y la chica siguió llorando. Me di la vuelta, dispuesta a marcharme, y él no me detuvo. Por primera vez en mi vida, me sentía sola y triste. Me habían juzgado por mis acciones y no por el motivo que lo había hecho. Me encontré al borde de un risco, arrojando algunas piedras al vacío y preguntándome cómo sería caer allí.
Esa pregunta había rondado por mi mente durante tantos meses, hasta que él apareció, y por un segundo, dejé de hacerme esa pregunta. Ya había pasado una larga semana sin volver a ver a Adam. Debe estar con esa chica y seguramente me olvidó. Unos pasos me hicieron girar, en forma precavida. Era él, que se sentó a mi lado sin decir una palabra.
—No te vas a caer —comenté, tomando su cintura. Él me miró divertido.
—No te preocupes —dijo, y lo miré entrecerrando los ojos.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, dudosa. Él suspiró.
—Lo lamento, lamento haberte tratado como una criminal.
—Ya estoy acostumbrada —respondí con resignación, tomando una piedra y lanzándola lejos.
—Don, invítame —dijo, tomando otra piedra y arrojándola a un árbol.
—¿Viste qué lejos la tiré? —preguntó emocionado. Suspiré. Una parte de mí había echado de menos su aparición, su sentido del humor y su positivismo.
—Eso no es nada —exclamé, lanzando otra piedra mucho más lejos que la que él lanzó.
—No se vale, tú tienes más fuerza que yo —me reí divertida y él me miró de una manera que no comprendí.
—¿Qué? —pregunté, borrando mi sonrisa.
—Te ves muy bonita sonriendo —comentó. Suspiré.
—Entonces, ¿por qué estás aquí? —pregunté. Aún estaba molesta con él y quería que lo supiera.
—La chica de la cafetería me dijo lo que en verdad pasó —dijo—. Sandy estaba molestando y tú te defendiste.
—Qué nombre tan horrible —comenté, riendo.
—Lo lamento por haber juzgado de esa manera —continuó—. Yo era tu amigo y no confié en ti, lo lamento.
—Cualquiera hubiera dudado —murmuré—. Ella tenía una herida en el rostro. Pero fue sin querer.
—Estuvo varios días deprimida —dijo, mencionando divertido que se puso maquillaje para cubrir la cicatriz.
No puedo decir que me pone triste por ella porque estaría mintiendo —comento con un suspiro, y él se ríe.
—Te extrañé —comenta, observándome en silencio.
El amor no era parte de mi rutina diaria. Decido ponerme de pie y le digo:
—Fue un gusto conocerte —comento, acomodándome para poder irme finalmente a casa.
—¿Por qué te despides de esa manera? —pregunta con curiosidad—. ¿Qué he hecho mal?
—No deberías haber hablado conmigo desde el principio —murmuro, con más resignación.
—Vamos, así te llevo para modelar —comenta, y yo respondo:
—Yo no voy a ser modelo, nunca lo seré.
—¿Por qué no? —pregunta.
—Porque no es mi destino —comento, encogiéndome de hombros.
Él sonríe y me toma de la mano, arrastrándome con él.
—Te dije que no nos despedíamos, ahora tienes que aceptarlo —dice, intentando ponérmelo difícil y dejarme ir.
—Eres una tontería —le respondo, sintiendo mi corazón latir fuertemente dentro de mi pecho al sentir su contacto.
—Tengo una idea, te compraré ropa asi puedes modelar —sugiere y asiento no muy convencida del todo.
Llegamos a su vehículo de color blanco. Intento ocultar algo que tengo entre mi pantalón, precisamente en el tobillo, y lo hago disimuladamente.
—¿Estás bien? —pregunta, un poco curioso.
—Sí, perfecta —respondo mientras me pongo el cinturón. Juntos avanzamos. Espero que no se dé cuenta de mi nerviosismo.
Finalmente, estamos frente a una de las tiendas más grandes que he visto en mi vida, y supe que habíamos llegado.
—Buen trabajo —murmura él, y yo me quedo mirando el lugar con una mezcla de asombro y ansiedad.
La tienda era enorme, mis ojos no alcanzaban a abarcar todo el espacio. Él me abrió la puerta como un caballero, permitiéndome bajarme. Finalmente, recorrimos el lugar con la mirada perdida. Nunca había entrado a una tienda tan grande, ni siquiera a un centro comercial. Todo me llamaba la atención: el lugar era hermoso, lleno de colores blancos y con una luz tenue que daba una sensación de calma.