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1302 Palabras
El bullicio de la gente hablando y las bolsas siendo repartidas creaban un ambiente vibrante y diferente. Él me preguntó: —¿Estás bien? —sosteniéndome de la mano, y ese simple contacto logró hacerme sonreír, aunque intenté disimularlo. —¿Por qué me tocas? —pregunté en un tono seco, y él rió. —Creo que estás bien —comentó, y seguimos avanzando. Llegamos a la tienda de su madre, o más bien, a todas las tiendas que eran propiedad de su familia. Una señora que parecía una versión femenina de Adán, solo con el pelo largo, se acercó. —Cariño, ¿trajiste a alguien? —dijo, su tono casi como una pregunta. —Soy Isabella —comenté, estirando el brazo. Para mi sorpresa, la madre de Adán me abrazó. —Mamá, ella no es de recibir muchos abrazos —Adán intervino, y su madre me soltó. —Tonterías, qué niña más bonita. Estoy muy orgullosa de ti, es la primera vez que me traes una chica —dijo, sorprendiéndome. Luego añadió en tono juguetón—: Ya pensé que nunca iba a haber un nieto. Las palabras de su madre me sorprendieron, y no pude evitar sentirme incómoda ante la idea de que piensen en esas cosas. No puedo creer que haya mencionado tener hijos con Adán. Me siento avergonzada por esa idea. Ambos avanzamos en silencio, procesando la información y sintiendo cierta incomodidad ante esa perspectiva. Su madre regresa con un montón de ropa. Ella pregunta: —Entonces, ¿a quién quieres llevar para que modele con ropa nueva? ¿a ella?—su madre pregunta curiosa. —Así es, mamá. Isabella tiene mucho carisma y es muy hermosa —responde Adán. Me siento un poco inquieta e incómoda ante esos halagos. Su madre continúa: —Claro que sí, no te preocupes. Tan solo es para unas fotos. Hay que probarte lo que mejor te quede. Me lleva hacia un cambiador. Suspiro y dejo a un lado mi chaqueta de cuero, que muchas veces me siento que me protege, procurando no perder nada. Tengo muy pocas cosas, y eso se nota. Me quito la camisa y el pantalón, envolviéndome en el vestido. Me sorprendo al notar que es de las primeras veces que uso algo tan elegante y cómodo. Se ajusta perfectamente a mi cintura, resaltando mis caderas anchas sobre la tela de satén verde. Mis hombros y brazos están descubiertos. Tengo la piel muy blanca, resultado de pasar muy pocas veces bajo el sol. Aprieto los labios para evitar llorar. Hubiera deseado esta vida hace tanto tiempo, pero no tuve esa suerte. Decidí salir del cambiador y Adán me observa. Pregunta: —¿Pasa algo? —dice un poco dudoso mientras me abrazo a mí misma. Él se acerca a mí, me toma de la mano y me hace dar una vuelta. Comenta: —Estás muy hermosa. Estoy sorprendida, no puedo hablar y niego. Él continúa: —Creo que pareces una princesa. Sorprendentemente, me besa y no puedo evitar seguir el beso. Nos abrazamos y vamos hacia el cambiador. Cerramos la cortina y seguimos besándonos con entusiasmo, sin separarnos por falta de aire y para no arrugar el vestido. Comenta de manera divertida: —Tu madre me matará. Le respondo entre risas: —Creo que le gustaría más que te haga un nieto. Miro mi reflejo en el espejo. Ya no parezco Isabel "la ruda", sino una chica sencilla que se está arreglando para una cita con su novio. Es algo que nunca pensé que tendría, una vida normal y aburrida. Adán comenta: —Estás sonrojada, te ves muy bonita. Pongo los ojos en blanco. Luego siento una extraña luz en mi rostro. Pregunto: —¿Qué fue eso? —tomando su muñeca y mirando el pequeño aparato cuadrado en su mano. Él responde: —Ah, es un teléfono. —Lo suelta y yo lo suelto. —Sí, claro. Como si fuera muy preciosa —respondo con sarcasmo—. Y pues, ¿es cierto que eres fotógrafo? —Sí, pero no tengo mi cámara aquí, si no te sacaría mil y una fotos —dice, y lo señalo con el dedo en tono de broma. Él me toma de la cintura, acercándome a él, y agrega: —Quédate quieta, tengo una novia muy bonita. —¿Novia? —pregunto, mirando a mi alrededor, sin entender. Él responde: —Sí, tonta —dice riendo —. Yo nunca acepté ser tu novia. Suspiro y respondo: —Entonces empiezo —dijo, yo lo veo sin entender, mientras él se pone de rodillas. No entiendo por qué se arrodilla, pero no digo nada. Mi expresión facial debe decirlo todo. Él dice: —Isabella, que no sé tu apellido, ¿me honrarías con el honor de ser mi novia? —pregunta sacando un pequeño cofrecito de su bolsillo. Tiene un anillo plateado y lo miro con sorpresa. Comento confundida: —Pensé que me pedirías matrimonio. Él responde de manera divertida: —Entonces te pido matrimonio. Pongo los ojos en blanco. —Quítate —exclamo mientras trato de bajar el cierre de mi vestido, pero no puedo. Luego me pregunta: —Entonces, ¿qué me dirás? —Una vez que se pone de pie, pone la cajita de terciopelo frente a mi rostro. Respondo: —No puedo tener novio —comento, bajando el cierre de mi vestido y saliendo del vestidor. Él pregunta: —¿Por qué te vas? Dudosa, le respondo mientras me cambio por el siguiente vestido: —No puedo… —No pensé que me dirías que no. Escucho su susurro. Puedo ver su sombra a través de la cortina. —Es complicado —comento, él niega. —Seguramente no te gusto, o no soy para ti —dice él. Respondo: —Las dos cosas —comento mientras me pruebo un vestido de color rojo. Siento que el vestido nuevo es mucho más provocador que el anterior; apenas puedo cubrir mis muslos, y ni hablar de mis pechos. Me sorprendo al verme en el espejo, nunca antes me había sentido tan sensual. Tengo vergüenza de salir del cambiador, pero finalmente lo hago. Adán abre los ojos con sorpresa y no pasa ni un segundo antes de que tome la cintura y me vea. Me siento incómoda con su mirada, como si estuviera viendo algo que no debería. —Adán… —susurro, incómoda y apenada. —Lo lamento, estás tan preciosa que no pude resistirlo —comenta agitado, y yo suspiro. Si él supiera la verdad, no estaría haciendo esto conmigo. Intento recordarme a mí misma que solo podemos ser amigos, pero él niega con la cabeza. —¿Por qué? —pregunta— ¿Por qué no quieres ser algo más conmigo?Te compré un anillo y esperaba una reacción diferente. Bromeo intentando aliviar la tensión: —Si quieres, me lo puedes dar al anillo. Él suspira y lo pone en mi dedo índice. Me parece bonito, es lo único que tengo puesto, y sonrío. No sé cuánto tiempo me durará, pero espero que sea bastante. —¿Por qué no? —pregunta, acercándose más y besando mi mano derecha. Murmuro: —Porque no puedo. Él responde con seguridad: —Claro que puedes, nos vemos casi todos los días y eso es suficiente para mí. Si quieres, te puedo pedir matrimonio. ¿Quieres ser mi esposa? No puedo evitar reírme. —No es que no quiera, Adán —digo—, es solo que… no puedo —respondo desde el cambiador, aún con la ropa en mis manos. Él regresa la ropa a su madre y yo me alejo de ese lugar, sintiendo una mezcla de emociones en mi interior. —¿Me aceptarás… algún dia? — pregunta mientras se acerca a mí y toma mi mano, acariciando el dorso suavemente.
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