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1693 Palabras
Mi desconfianza aumentaba, así que no pude evitar preguntar: "¿Por qué lo hace? ¿Por qué de repente me otorga esta libertad?" La miré con escepticismo. "No es por nada", respondió con una sonrisa que parecía bastante falsa. Me dirigí hacia la puerta y salí de la habitación. A pesar de mis dudas, me sentía feliz de volver a ser libre. Caminé apresuradamente hacia las celdas, tal como se había anunciado. Al llegar, vi a alguien que me miraba con una sonrisa. Era aquel niño que conocí tiempo atrás. Parecía emocionado por verme fuera de la cárcel, ya que durante la mitad del día solíamos pasar tiempo juntos. Me recosté en el colchón con entusiasmo, listo para dormir temprano y disfrutar de mi libertad al día siguiente. La siguiente mañana, me encontré frente a la cafetería. Miré el lugar con nostalgia, observando la figura solitaria de aquel niño que había conocido. Me sentía extraño, como si estuviera viendo todo desde una perspectiva nueva. Fijé mis ojos en él, pero noté que ni siquiera se volteaba. Su indiferencia me causó gracia y no pude evitar sonreír al verlo. Me sentí aliviada al verte solo, en lugar de estar con esa chica llamada Sandía o como sea su nombre. Me movía por el lugar, caminando alrededor, sin estar segura de cómo abordar la situación ni de cómo entrar en su conversación. Estaba dispuesta a retirarme en caso de que sus amigos entraran de manera espontánea a la cafetería, dándome la vuelta para dirigirme al taller donde tenía que comenzar pronto. En medio de mis pensamientos, sentí algo en mi mano. Una voz conocida murmuró: "Detente". Giré y lo vi a el. Me miraba de manera extraña, y antes de que pudiera articular una respuesta, me besó con pasión. La intensidad de aquel beso me estremeció por completo. Sus labios contra los míos eran algo que no esperaba en ese momento, pero me dejé llevar. Finalmente, nos separamos por la falta de aire, ambos confundidos. "¿Por qué?" pregunté, sin entender lo que estaba sucediendo. El suspiró y respondió: "Porque te eché de menos, futura esposa". Negué con la cabeza, recordándole: "Te dije que lo mejor era que fuéramos solo amigos y nada más". El sonrió y comentó: "Los compañeros también pueden besarse". Suspiré, sintiéndome abrumada. "No pensé que llegaría a besarte", comenté con una sonrisa burlona mientras el tomaba mi mano y me alejaba del lugar. Finalmente accedí a regañadientes, siguiendo el mismo camino de siempre. En un giro inesperado, me abrazó. Le miré con una expresión molesta e intenté darle un codazo. "Oye, tranquila. Solo quiero abrazarte", murmuró calmándome. Suspiré y le advertí: "Más te vale". Señalé con el dedo como si la amenazara. El se rió, como si recordara algo de ayer. Pude sentir su risa vibrando en su pecho mientras permanecía detrás de mí, sosteniéndome por la cintura, mientras yo observaba la situación con cierta perplejidad. Desde mi perspectiva, aquella vista parecía la mejor que había tenido. Sentir su respiración en mi cuello me relajaba por completo, así que decidí quedarme dormida en sus brazos. Sin embargo, él me despertó con una pregunta: "¿Bela, no tenías que hacer algo?" Abrí los ojos con sorpresa y respondí un poco aturdida: "Oh, cierto. Tengo que ir al taller." Me puse de pie de inmediato y miré el reloj, frunciendo el ceño al darme cuenta de que solo tenía 10 minutos para llegar. "Si quieres, te llevo", sugirió. Negué con la cabeza. "Mejor iré corriendo. Si volvemos a la cafetería para tomar tu vehículo, llegaré tarde." Murmuró algo mientras me alejaba, pero de repente me abrazó. Quise decir algo, pero me quedé estática entre sus brazos cálidos, sin poder articular palabra alguna. Solo lo observé con nostalgia mientras me decía "cuídate". Luego, sentí como si desapareciera de su vista, sintiéndome completamente extraña. Finalmente llegué al taller con suerte, justo a tiempo. Clara, junto con mis otros compañeros de la cárcel, ya estaban esperando. "¿Por qué tan agitada?" preguntó Clara con una sonrisa traviesa mientras se pasaba la mano por el cabello. "Casi llego tarde", murmuré, tratando de estabilizar mi respiración. Ella sonrió aún más y comentó: "Pensé que era por otra razón." No pude evitar rodar los ojos y responder: "Claro que no." Ella me miró divertida y siguió hablando mientras avanzábamos hacia el taller. "No tendría nada de malo", añadió. Mis ojos volvieron a rodar en respuesta. La ignoré mientras nos adentrábamos en el taller de madera. Allí nos enseñaban a pulir, cortar y fabricar muebles, lo cual me mantenía bastante entretenida. Además, podíamos llevarnos nuestras creaciones a casa. Estaba pensando en lo que haría ese día cuando se me ocurrió un fugaz pensamiento, pero decidí ignorarlo. ¿Por qué haría algo para alguien a quien apenas conocía? Mientras estaba ocupada lijando una madera gruesa, Clara se acercó y me preguntó curiosa: "¿Y para qué lo harás?" Sonreí y le respondí que me gustaba regalar las cosas que hacía, incluso entre los presos. Murmuré un poco avergonzada por mi respuesta. "Está perfecto", dijo finalmente, pareciendo satisfecha. "Al menos no harás algo que vaya a parar en manos equivocadas." "No puedo tener veinte banquitos en mi celda", bromeé, y ella rió. "Podrías venderlos", sugirió. Encogí los hombros. "No, ¿para qué?", pregunté. Era la verdad, el dinero no valía mucho en ese contexto. "Bueno, en realidad sí, para comprar cosas que no son precisamente esenciales", agregué. "Pero los de los otros talleres a veces me regalan cosas, así que es como un intercambio." La conversación con Clara quedó atrás mientras volvíamos a nuestras tareas. A pesar de eso, no podía evitar pensar en una persona en particular, algo que me estaba molestando profundamente. Cuando finalmente salimos del taller, me sorprendió ver a Adán esperándome afuera con su vehículo. El grupo aplaudió y se divirtió. Clara me abrazó y me susurró: "Usa protección." Rodé los ojos y me subí al vehículo. El día era excepcionalmente caluroso, lo que me molestaba un poco debido a que tenía que llevar pantalones largos para ocultar mi pulsera. Adán me preguntó curioso: "¿Cómo te fue?" Respondí vagamente con un "bastante bien". Luego, sugirió comer algo en la cafetería. Asentí ante la propuesta mientras seguía pensando en la persona que no quería estar ocupando mis pensamientos. “Sí, pero hazlo rápido o podrías cambiar mi opinión —comenté de manera amenazante mientras lo señalaba con el dedo, recordando su actitud de ayer. Él se rió y dijo: "Claro, bonita", acompañando sus palabras con una sonrisa. Sus palabras me dejaron pensativa. No sabía por qué, pero escucharlo hablar de esa manera hacía que mi corazón latiera a mil por hora. Abrí y cerré la boca, tratando de concentrarme de alguna manera, pero no podía. Quería entender por qué me sentía así, pero simplemente no podía descifrarlo. Mis pensamientos me distraían y, en ese momento, no podía hacer otra cosa más que sentirme confusa. Suspiré, dándome cuenta de que una de las mejores cosas que podría hacer sería dejar de pensar tanto. En cuanto llegamos a donde íbamos, lo hicimos al ritmo de una canción. "Nada", susurré, respondiendo a su pregunta anterior. Me miró con atención y me preguntó con entusiasmo: "Dime". Se acercó a mí. A pesar de que su cuerpo era más pequeño y delgado en comparación con el mío, lo encontraba divertido. Yo estaba llena de músculos mientras que él parecía un fideo con pies, sin embargo, había algo en él que me atraía y tenía que admitirlo. "¿Te has acostado con alguien alguna vez?" preguntó curioso, observándome con confusión y poniéndose visiblemente nervioso. "Yo..." empecé a decir, tratando de encontrar las palabras adecuadas. Él insistió, "Dime". Tomé una bocanada de aire, usando mis brazos para apoyarme y mirándolo fijamente. "Soy virgen", admití. No podía negar que me sorprendía su reacción, pero escucharlo admitirlo de esa manera me tranquilizó un poco. "Si quieres, te puedo ayudar. Y si no, está bien", continuó, abriendo la boca en un gesto inseguro. Me sorprendió su pregunta y me pregunté si podría creer en mis palabras. "Supongo", empecé a decir, pero ella comenzó a reírse divertido. "Deberías haber visto tu cara", comentó, y continué riendo. Sin embargo, noté que él permanecía serio, lo que era inusual. "¿Por qué no te ríes?", preguntó, y él murmuró con cierta incomodidad: "Por nada". A pesar de esto, se dirigió hacia la cafetería y me miró con intriga. No lo detuve, sino que lo seguí. Ingresamos a la cafetería, recibidos por el mismo bullicio de siempre. Muchas familias parecían disfrutar de ese lugar, a pesar de que estaba rodeado de un bosque y se encontraba al lado de una ruta. Cuando llegamos a nuestra mesa habitual, él se sentó en silencio frente a mí. No entendía bien por qué estaba así, pero decidí ignorar ese extraño sentimiento que me invadía. "¿Te pasa algo?" pregunté con cierta precaución. Él respondió con medias palabras: "Nada. No me pasa nada". Confundida por su actitud, me di cuenta de que mi pregunta lo había afectado de alguna manera. Quizás fui demasiado brusca, o tal vez no lo sé. "Me voy si vas a estar así", comenté de manera amenazante. Su respuesta me sorprendió: "Bueno". Lo miré con sorpresa, ya que no esperaba que aceptara que me fuera o que respondiera de esa manera. "¿De verdad quieres que me vaya?" pregunté, con cierta tristeza después de no haberlo visto en bastante tiempo. "Sí", susurró. No lo entendía. Sentí una oleada de confusión mientras lo miraba directamente. Su mirada estaba perdida en algún lugar, y parecía ausente. "Dime qué te ha pasado", le pregunté, preocupada. Sin embargo, su respuesta fue: "No puedo". No sabía qué le estaba pasando, y me sentí impotente ante su situación. "Dime qué te pasa", insistí mientras él seguía con la mirada perdida, como si estuviera en otro mundo. Me invadió una mezcla de enojo y preocupación. Sin saber qué más hacer, le di un cachetazo en el rostro. Finalmente, volvió a mirarme y preguntó: "¿Por qué hiciste eso?"
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