"Porque te has quedado perdido y ni siquiera me miras. No sé qué demonios te pasa", comenté con frustración. Él suspiró y admitió: "No eres tú. Es complicado."
"Entonces dime cómo es de complicado, así tal vez pueda entenderlo", le pedí. Se puso de pie y me observó, visiblemente confundido. Sin embargo, no sabía qué le estaba ocurriendo.
Caminamos afuera de la cafetería y seguimos hasta alejarnos en el bosque, donde no había nadie. Me preguntaba qué podía estar pasándole. Finalmente, rompí el silencio: "¿Qué te ocurrió?" pregunté en voz alta, decidida a seguirlo y obtener respuestas.
Él siguió caminando hasta que nos encontramos en medio del bosque, donde no había nadie más. "Fue cuando tenía 10 años. Siempre recibíamos la visita de un tío, en quien confiábamos mucho", comenzó a decir.
"Ay, no", susurré, dándome cuenta de que podía ser un recuerdo doloroso. Él asintió y continuó:
"Sí, me entiendes. Un día, él quiso... Y desde ese momento, no pude estar con ninguna chica. No fui al psicólogo. He intentado olvidar ese momento, hacer como si no importara. Pero creo que en parte por eso no he estado con ninguna chica, y también porque, bueno, soy muy delgado", concluyó con una sonrisa triste.
Lo abracé, sintiendo que él se sorprendía por mi contacto, pero no me importó. Lo abracé con fuerza, sintiendo pena por él. Odiaba a ese maldito tío que le había causado daño. En ese momento, lo único que quería era que él se sintiera seguro entre mis brazos.
"Gracias", murmura él en respuesta. Para mi sorpresa, también devuelve el abrazo. No sé cuánto tiempo pasamos así, escuchando los latidos del corazón del otro, sus respiraciones y viendo cómo los miedos se desvanecían con cada segundo que compartíamos.
"Yo no dejaré que nadie te haga daño", comento, molesta y recordando la actitud del hombre de ayer. Él me sonríe. "Es lindo verte así", comenta mientras acaricia mis mejillas. "¿Y algo así como esto?", pregunto en tono brusco, apartándolo con un manotazo.
"Así, tierna", murmura él, y ambos nos reímos antes de sellar el momento con un beso en los labios.
Nos besamos durante muchos minutos, y para mi sorpresa, él se quita la remera. Lo miro asombrada, comprendiendo lo que quiere.
"¿Estás seguro?" pregunto, y él asiente.
"Por primera vez en mi vida, me siento seguro", comenta. Nos abrazamos, después de haber compartido ese momento íntimo. Siento cómo me rodea con fuerza, su torso desnudo contra mi espalda. Yo he vuelto a ponerme mi ropa, y él recién se da cuenta.
"¿Por qué te la pusiste?", pregunta divertido. No puedo evitar reír un poco avergonzada. "No lo sé", comento. "Lo que no entiendo es por qué no te quitaste el pantalón", agrega él de manera juguetona. Suspiro con vergüenza. "Pero me lo bajé hasta las rodillas", le respondo y él se ríe divertido.
"No habrá ningún secreto entre nosotros ¿verdad?", pregunta de repente, y lo miro con sorpresa.
"Claro que no, ¿por qué lo preguntas?", digo, bastante preocupada. Me siento un poco perdida en cuanto a quién soy en realidad. "Es que te ves bastante preocupada, y a veces tienes la mente muy perdida", continúa. "¿La mente?", pregunto, confundida.
"Como si tuvieras muchas cosas en tu interior y no supieras cómo expresarlas", explica. "Puede ser", murmuro. "Eres muy bonita y eres una buena chica", agrega.
"No me conoces tanto, no sé cómo...", empiezo, pero él me interrumpe.
"No importa, eres bonita y tienes un buen corazón", dice. Me pongo de pie y él sigue hablando: "Entonces, dime lo que no conozco".
"Ojalá fuera fácil", susurro mientras camino alejándome de él.
"¡Te quiero!", grita de repente, y no puedo evitar girar a mirarlo, sin entender.
"¿Qué?", pregunto, confundida.
"Dije que te quiero", susurra, y no puedo evitar morderme los labios, sintiendo lágrimas en mis ojos mientras me siento tentada a huir. Estoy llorando, pero espero que no se noten las lágrimas en mis mejillas, ya que se disipan en el viento. Es mejor así. Aunque mi alma se siente herida, finalmente llego a casa.
Pero mis pensamientos se ven interrumpidos cuando la nueva directora me habla.
"Señorita Isabella, ¿piensa que puede hacer lo que quiera en esta institución?", pregunta con desdén.
"Lo lamento, eso es lo que...", empiezo a decir, pero ella me interrumpe. "¿Estuvo rondando el bosque? Lo que no entiendo es por qué no llegó aquí más temprano."
"No, lamento... Es que me gusta quedarme perdida en el bosque", digo, tratando de explicarme. Sin embargo, ella no parece creerme.
"No me mienta. ¿Se está viendo con alguien o no?", pregunta, mirándome con curiosidad.
"No, con nadie", miento, intentando mantener la calma.
"Estás mintiendo", insiste. "Bueno, entonces le subiré la pena dos meses sin poder salir. ¿Te parece bien?"
No sé qué responder. La situación parece empeorar rápidamente, y me siento atrapada entre mis propias palabras y la mirada de desprecio de la directora.
"Es exactamente el momento en el que seré libre", comento.
"Bueno, entonces serás verdaderamente libre en dos meses", responde la directora.
"No, por favor", exclamo, sintiendo el pánico crecer al imaginar que estaré dos meses más sin ver a Adam.
"Sin ver a Adam, me volveré loca", añado.
"Entonces, necesito un favor", comenta la directora con una sonrisa pícara, señalando hacia abajo.
"¡No!", exclamo, mirándola con asco.
"Si no me haces ese favor, no saldrás en dos meses", murmura. A regañadientes, accedo, sintiendo una sensación repulsiva mientras me acerco a ella.
"Vamos", comenta, y yo asiento, experimentando uno de los momentos más desagradables de mi vida. Me pongo de rodillas, sus piernas gordas se abren, mientras se baja el pantalón. Trago saliva en seco, sintiendo omo el bilis escala por mi garganta. Veo su vagin4 belluda frente a mi, al menos no siento ningún olor fétido. Intento no vomitar, mientras me acerco a su parte intima.
Cuando llego a mi celda, lo hago llorando. "¿Qué pasa, cariño?", pregunta Clara. Sigo llorando desesperada, empezando a golpear las paredes. No puedo quitarme el sabor amargo y asqueroso de la situación.
"No quiero. No puedo decirte", murmuro con dolor, continuando mi llanto. Clara me abraza, y mis sollozos no se detienen en ningún momento.
"Hey, ya no te tendrán como rehén", comenta divertida, intentando calmarme. "Los mataré si dicen algo", amenazo.
"Dime qué te ha pasado, cariño", insiste.
"Lo peor de mi vida", murmuro entre lágrimas, sintiéndome un asco de persona. Había caído tan bajo, solo por la posibilidad de salir y verlo a él. Si él en verdad no me quería, si solo estaba conmigo por esa razón.
Al día siguiente, espero con ansias poder llegar temprano. Nos permiten salir dos horas antes, con la intención de caminar o recrearnos como deseemos. Como resultado, soy libre dos horas antes del taller. Pero en ese momento, no busco a nadie. Estoy pensando y llorando. Las imágenes de aquella mujer me asaltan una y otra vez como pesadillas.
"En cuanto terminé, me dijo 'buena chica'", comento entre sollozos, escondiéndome entre mis rodillas.
"¿Por qué estás llorando?", pregunta Adan, viniendo rápidamente hacia mí y abrazándome. "Lo mejor es que te alejes de mí", le digo, con lágrimas en los ojos. "¿Por qué?", pregunta con intriga.
"Hay tantos secretos que tengo guardados", empiezo a decir, "y anoche hice algo sumamente horrible".
"Mírame", me pidió, y yo obedecí. "Yo estoy contigo, no me importa lo que hagas ni a lo que hayas hecho. Yo te quiero y no te dejaré ir con facilidad", dice Mora con una sonrisa tierna antes de besarme. Suspiro y bajo la vista.
"Si supieras quién soy...", empiezo a decir, pero él me interrumpe. "No dirías eso", afirma con convicción. "Entonces, dime", insisto.
"No puedo, por vos", responde, y niego, sintiendo una mezcla de alivio y tristeza por su respuesta.
"Lo que no entiendo es por qué los compañeros de taller son presos", comenta, observándome con sorpresa.
"¿Cómo sabes eso?", pregunto intrigada.
"Porque tienen la pulsera de seguimiento. Mi padre era guardia de seguridad", explica.
"Sí, compartimos taller con algunos reclusos, pero no pasa nada", comento nerviosa, intentando acomodar mis botas gruesas que siempre utilizo para ocultar mi pulsera.
"Bueno, y no te hacen daño ni te molestan, ¿verdad?", pregunta preocupado.
"No, para nada. Son muy amables, en realidad", murmuro, suspirando.
"Bueno, me alegra que tú estés bien y te sientas cómoda ahí", comenta él mientras me abraza. "Y tú dices que eres mala, pero eres una buena persona", agrega.
"Claro", respondo, aunque no estoy muy convencida. Él me abraza con cariño.
"Mañana tengo una cena con mis padres, ¿te gustaría ir? Por su invitación", pregunta de repente.
Me sorprende su invitación, pero no puedo decirle que sí, ya que ni siquiera podré salir mañana.
"No puedo, lo lamento", respondo, decepcionada. Él parece entender mi situación.
"No importa, cuando tú puedas me dices y vamos", sugiere con gentileza.
"Claro", murmuro, sintiendo cómo suspiro. No sé si podré mantener esta mentira durante dos meses más. Cada vez se vuelve más difícil ocultar mi verdadera identidad y la razón detrás de mi condena.
"Sabes," comenta, "una de las cosas que me mantiene muy intranquilo es la manera en que perdí a mi madre."
"¿A tu madre?", pregunto, curiosa.
"Sí, cómo. Ahora tengo a mi madrastra, a quién me crió desde que era pequeño. Sin embargo, sé que mi madre fue asesinada por un grupo de delincuentes. Sabes, por eso odio mucho a los presos. No quizás mucho, pero sí, una banda le quitó la vida a mi padre y a la empleada."
"Lo lamento", digo apenada.
"Sí, aún recuerdo los noticieros. Cómo no, siendo que la familia Dan, porque sí, soy Adams. No te rías", comenta, y no puedo evitar reír.
"Suena horrible, pero continúa", dice mientras me abraza.
"Cuando ella se fue, los noticieros repetían una y otra vez el suceso, como si no hubiera sido suficiente para mí haber visto la escena, escondido en un armario", continúa. Entonces, sus palabras me hacen recordar el día en que mi padre había robado a una familia adinerada y había matado a dos mujeres. No podía ser pura casualidad. ¿O sí? Por ese motivo, yo hubiera seguido sus pasos, y él también se había ido. No puedo creerlo, es tanta casualidad.
Incluso creo que yo mismo estuve allí. Siendo pequeña, tenía unos 10 años cuando mi padre me obligaba a estar presente mientras él robaba.
“Lo lamento…”, digo. No puedo creerlo. Miro a Adam, pero decido no decir nada, ni siquiera respirar.
"Siempre quise encontrar al asesino de mi madre, pero no sé cómo. Porque, como ves, soy solo un crío", concluye.
"Supongo que en algún momento lo encontrarás", murmuró, apoyándome en su pecho mientras procuraba con todas mis fuerzas no llorar.
"No lo sé, cómo, pero lo único que recuerdo también es que una niña jaló del gatillo", susurro. Me veo a mí misma sosteniendo un arma y apuntándoles.
"Vamos, demuestra que eres parte de esto", comentaba mi padre, y yo temblaba. "No papá, por favor", suplicaba.
"Si no lo haces, te encerraré de nuevo", decía, y disparé. Recuerdo haber visto a una niña que sostenía un arma, y desde ese día no pude parar.
"Sí, una niña con...", murmuro, y me interrumpe.
"Lo lamento", susurra, y sé que se refiere a la niña. "Yo lo lamento por la niña. Sé que no tiene la culpa, porque su padre visiblemente la golpeaba y la maltrataba", agrega.
"Claro", respondo, queriendo llorar en ese momento.
"Pero siempre quise encontrarla, estoy aún muy enojado con ella y con sus padres. Porque me arrebataron lo que más amaba, a mi madre", confieso. "Por eso creo que siempre quise encontrarla y vengarme, aunque nunca tuve éxito en hacerlo. He investigado, sabes, pero no he encontrado nada", admito.
"Claro", repito, conteniendo mis lágrimas mientras él sigue abrazándome. Suspiro.
"Tengo que irme", digo, y él me mira con intriga.
"¿Tan pronto? Si aún no empieza el taller", comenta un poco dudoso, y me deja ir. Luego, sentado solo en el suelo mientras yo corro, estoy llorando y quitándome las lágrimas.
Veo a Clara, hablando con el grupo de chicos y chicas en la mesa larga que siempre está afuera del taller.
"Clara", murmullo acercándome.
"¿Qué te pasa? Estás pálida", comenta Clara al verme.
"Ven, tenemos que hablar", le digo, y le cuento todo lo que había descubierto. Clara me mira con atención y sorpresa.
"¡Oh amiga, es terrible!", exclama.
"Es terrible, si llega a descubrir quién soy en realidad, cómo me va a odiar", digo con desesperación.
"Tal vez no sea tu culpa, tu padre te obligaba", comenta, y suspiro.
"Pero estando presa, te doy la razón", responde, y ella suspira.
"Amiga, no te lamentes", me abraza. "Me siento mal, porque siento que he perdido toda mi vida estando del lado equivocado. Y ahora que encuentro a alguien que en verdad vale la pena, pues yo le arruine la vida", me desahogo y empiezo a llorar. Clara me abraza, acaricia mi cabello y me dice, "No eres una mala persona".
"No soy buena, soy una asesina, que debería haber estado en prisión más tiempo, pero no encontraron pruebas", le confieso.
"Serás libre, y podrás empezar de nuevo, y con ese chico", intenta consolarme.
"Cuando sepa quién soy, me va a odiar. Él sigue investigando", le cuento.
"Entonces dile la verdad, dile que eras tan solo una niña que no sabías lo que hacías", sugiere Clara.
"Eso es lo que él dijo, pero en el fondo me guarda rencor y me odia por haber arrebatado lo que más quería", digo entre sollozos.
"¡Ay amiga, qué casualidad más triste!", comenta.
"Odio la vida", murmuro mientras sigo llorando, hasta que ingresamos al taller. Me lavo el rostro en el baño, procurando que no quede ni un rastro de lágrimas en mis ojos, aunque eso hace que se me ponga más rojo también, al igual que mi nariz. Respiro hondo y suelto un enorme suspiro, mirándome en el reflejo, que me devuelve la imagen de una chica triste y solitaria.
Decidí darme la vuelta y continuar con la idea de seguir adelante. En ese instante, lo único que quiero es olvidarme de todo, desaparecer y básicamente no haber nacido para no haberle hecho daño a alguien a quien en este momento quiero. Porque sí, me doy cuenta de que estaba empezando a enamorarme de Aaron, alguien que no merecía estar con alguien como yo.
En cuanto salí del taller, lo vi. Estaba esperando como siempre en su vehículo. No pude evitar subir y abrazarlo con fuerza.
"Guau, qué recibimiento", dice.
"Te extrañé", admito con fuerza, abrazándonos juntos sin saber que quizás era una de las últimas veces que lo vería.
"¿Qué te ocurre? Estás muy amorosa", comenta él. No puedo evitar sonreír.
"Te quiero", murmuro con sinceridad, y él me mira sorprendido.
"Wow, no esperaba esa confesión, pero yo también te quiero. Eres muy bonita", comenta, y me besa en los labios. Solo quiero abrazarlo y por dentro me estoy quebrando, ya que es una manera de despedirme en silencio.
Sé que me trasladarán a otro taller, así ya no lo vería y ya no nos encontraríamos como siempre, pero él no lo sabe. No soy tan valiente como para decirle la verdad, y sé que en algún momento descubrirá que yo también soy una reclusa.
Pasamos el rato juntos, contándonos mil y una historias, riéndonos un montón. No pude evitar sentirme normal por unos minutos más antes de volver a la prisión.
Los días pasaron y mi petición fue aceptada, al séptimo día recién. Estábamos viajando con mis compañeros en un autobús, ya que el nuevo taller quedaba más lejos que el anterior. Bajamos, todos éramos desconocidos, aunque habíamos hablado muy pocas veces. Extrañé mucho a Clara y a mis antiguos compañeros.
Pero era lo mejor que podía hacer por mí y mi estabilidad emocional. Aunque las ansias me ganaban cada vez que pasaba por el teléfono público, no llamé. A pesar de tener su número de teléfono en mi anillo, resistí la tentación de llamarle y decirle que le extrañaba. Pasaron exactamente dos semanas, 14 días con 3 horas y 22 minutos desde la última vez que lo vi. Mi mundo entero se volvió bastante gris desde el momento en que él ya no estaba en mi vida.
En el taller no había tenido problemas, la mayoría eran de buen comportamiento, al igual que yo. Y pronto estaría por salir. Por suerte, la mujer que me había hecho hacerle ese favor ya no estaba, y Gerardo había vuelto. Con eso, algunos de mis alivios habían vuelto.
Mientras estaba tallando la madera con un jabón blanco, Clara se acercó.
"¿Cómo estás, amiga?", pregunta curiosa.
"Supongo que bien", murmuro, encogiéndome de hombros mientras ella me alcanza una remera.
"Te veo muy triste", dice.
"¿Y qué quieres que haga, Clara?", respondo.
"Le tenías que haber dicho la verdad", insiste.
"¿Y para qué? ¿Para que me odie más? Prefiero que me extrañe y en algún momento se olvide de mí", replico.