"Él te espera cada día en el taller", revela Clara.
"Me muero, Clara", exclamo, sin poder evitar suspirar.
"Di la verdad ¿no es mejor ?", pregunta.
"No quería decírtelo para no hacerte sentir mal, pero todos los días espera que tú salgas. Incluso se queda hasta el último momento, hasta que la última persona sale y se va. Lo veo rondando por todo el lugar, con su auto y a veces incluso caminando. Él te está buscando, y creo que le hace mal saber que desapareciste".
"¿Qué quieres que haga? Ahora ya pedí el traslado y no puedo volver", digo.
"¿Quieres que hable con él?", sugiere Clara.
"Quizás le haga más daño así", respondo.
"No, le haces más daño con esta intriga de que él no sabe qué demonios hacer. Si no quieres seguir en su vida, pues dile que no. Y si no, dile que te espere dos meses. Falta un mes y medio en realidad".
Luego Isabella, Clara sugiere: "¿Cómo quieres que hable con él? Podría decirle que estás enferma o algo así."
"Creo que tengo que decirle la verdad", respondo. "Espero que haya una manera de que entienda."
"Dile que vaya a mi nuevo taller, pásale la dirección", comento y Clara asiente. "Hablar con él me hace sentir sumamente nerviosa, y sé que me voy a querer desaparecer, pero tengo que ser valiente y aceptar la realidad."
Ella asiente, sintiendo mi preocupación, y se da la vuelta para desaparecer de mi vista.
Al día siguiente, tengo la misma ansiedad de siempre. El autobús nos deja 3 horas antes en esta ocasión, y conversamos sobre tonterías frente al taller o comemos algo entre los reclusos. No cualquiera puede alejarse demasiado, pero dentro de los límites permitidos, uno puede.
Y ahí está él, con su auto blanco, esperándome. En cuanto lo veo, corro, abro la puerta y lo abrazo. Él también me abraza.
"Te extrañé tanto", digo.
"Yo también te extrañé", responde Adam con sinceridad, y nos besamos con suavidad, sin prisa.
"Hablemos entonces", propongo. Él acelera el vehículo y nos alejamos un poco. Esta zona también está llena de bosques, así que nos dirigimos por un camino donde no hay nadie. Estacionamos, pone el freno de mano y me mira.
"Hablemos", comento, y empiezo a contarle todo, desde mi infancia como niña criada sin amor, hasta mi vida en el mundo del crimen. Él me escucha con atención.
"Mi padre era un bandido, asaltaba con tal de tener dinero, y no se preocupaba por mí. Incluso me incorporó en los robos, y aprendí a llevar esa vida y nada más", le cuento.
"Vaya", exclama confundido.
"Yo era aquella niña", murmuro de repente. Él me mira con confusión.
"¿Qué?", pregunta, alejándose un poco.
"Yo le disparé a tu madre y a la empleada", digo. Niega con la cabeza.
"No, tú no puedes ser, solamente eras otra niña", responde incrédulo.
"Estoy presa, salgo a los talleres por buena conducta", comento, mientras finalmente levanto mi pantalón y quito la bota gruesa que ocultaba mi pulsera. En ese momento, sus ojos se abren enormemente.
"Bájate de mi vehículo", comenta Adam. Lo miro con sorpresa.
"Adam, yo soy Isabella", intento explicar.
"Bájate, reclusa", dice mirándome con desdén y asco. Abro la puerta, él acelera, suelta el freno y se aleja de mí. Empiezo a llorar amargamente, sintiéndome pequeña y tonta en ese momento. Había esperado que él pudiera comprender, pero no fue así. Tenía razón, las personas no cambian, y la mayoría odia a los reclusos como yo. Sigo llorando, sintiendo que no solo se me caen las lágrimas, sino que mi mundo entero se desmorona y lo único que quiero es desaparecer.
Adán.
Luego de todo este tiempo, finalmente estaba en mi auto, esperando a Isabella. Sentía un nerviosismo en mi estómago que no podía ignorar. No importa cuánto tratara de mantenerme tranquilo, la realidad es que la extrañaba mucho. Cada día que pasaba desde la última vez que la vi, se sentía como una eternidad. Sabía que había algo que no estaba bien, algo que ella no me estaba contando, y eso me atormentaba.
Finalmente, la vi salir del taller. Su cabello oscuro y sus ojos castaños brillaban bajo el sol. Mi corazón dio un salto cuando me abrazó con fuerza, sintiendo su calor contra mi pecho. Era como si el mundo exterior dejara de existir en ese momento. "Te extrañé tanto", dijo con sinceridad, y yo no pude evitar sonreír mientras la abrazaba aún más fuerte.
"Yo también te extrañé", respondí, sintiendo un alivio inmenso al tenerla nuevamente en mis brazos. Nos besamos con suavidad, saboreando cada momento como si el tiempo se hubiera detenido.
"Hablemos entonces", dijo ella, y asentí. Conducí hacia un lugar apartado, donde pudiéramos hablar sin interrupciones. Aparqué el auto y apagué el motor. Nos miramos, y pude ver la tensión en sus ojos. Sabía que había algo importante que quería decirme.
Comenzó a hablar, y escuché con atención cada palabra que salía de sus labios. Mientras hablaba sobre su pasado, sobre su padre y los crímenes en los que se vio involucrada, mi sorpresa e incredulidad aumentaban. ¿Era posible que la chica que estaba frente a mí, la misma a la que había llegado a conocer y amar, hubiera estado involucrada en todo eso?
Pero entonces, mencionó algo que me dejó helado. "Yo era aquella niña", murmuró. No podía ser verdad. Isabella, la chica que estaba abrazándome, no podía ser la misma que había disparado a mi madre y a la empleada. Mi mente se negaba a aceptarlo, pero ella siguió hablando, contándome todo.
"Estoy presa, salgo a los talleres por buena conducta", admitió. Mi mente luchaba por asimilar toda la información. Era demasiado para procesar en ese momento. Las lágrimas empezaron a nublar mi vista mientras intentaba entender la magnitud de lo que estaba escuchando.
"Bájate de mi vehículo", dije, sintiendo una mezcla de confusión y dolor. Ella parecía confundida, intentando explicarse, pero no quería escuchar más. Arranqué el auto y me alejé de ella, tratando de procesar todo lo que había aprendido.
Conducía sin rumbo fijo, sintiendo una mezcla de emociones abrumadoras. La ira, la tristeza, la incredulidad... todo se mezclaba en mi mente. ¿Cómo podía haberme enamorado de alguien así? Me sentía traicionado, herido y confundido.
Finalmente, me detuve en algún lugar apartado. Las lágrimas caían por mis mejillas mientras apoyaba mi cabeza en el volante. La mujer que había ocupado mi mente y mi corazón no era quien yo pensaba. Sentía que todo se había derrumbado a mi alrededor, y no sabía cómo seguir adelante. El dolor que sentía en ese momento era inmenso, y no tenía idea de cómo iba a superarlo.
Me quedé en el auto durante un largo rato, sumido en una confusión y tristeza abrumadoras. Cada recuerdo, cada momento que compartimos, se mezclaba en mi mente con la verdad que acababa de descubrir. Me sentía como si estuviera en un torbellino emocional, incapaz de encontrar un camino claro.
Después de un tiempo, levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Estaba en medio de la nada, rodeado por la naturaleza, como si el mundo exterior no tuviera relevancia en ese momento. No sabía qué hacer, ni cómo procesar lo que acababa de aprender. ¿Era posible perdonar a alguien por algo tan grave?
Finalmente, decidí regresar a casa. Necesitaba tiempo para pensar, para reflexionar sobre todo lo que había sucedido. Cuando llegué, me quedé sentado en el auto por un momento antes de finalmente bajarme. Cerré la puerta con un suspiro pesado y caminé hacia la entrada de mi casa.
Mi mente estaba llena de pensamientos y emociones encontradas. No podía evitar recordar los momentos que compartimos, las risas, las conversaciones, los besos. ¿Cómo podría reconciliar esos recuerdos con la verdad que acababa de descubrir? Sentía una mezcla de rabia y tristeza, de traición y confusión.
Me dejé caer en el sofá y apoyé mi cabeza en mis manos. Cerré los ojos e intenté procesar todo. Mi corazón estaba roto, pero al mismo tiempo, me sentía atrapado en un dilema.