Aunque lo que había hecho en su pasado era inexcusable, también sabía que la Isabella que conocí era diferente. ¿Podría alguna vez perdonarla por su pasado y seguir adelante?
Las horas pasaron lentamente mientras me sumergía en mis pensamientos. Me preguntaba si debía confrontarla de nuevo, si debía hablar con ella y tratar de entender su lado de la historia. Pero también me asaltaban las dudas y el miedo. ¿Cómo podía confiar en alguien que había ocultado algo tan importante?
El sol comenzó a ponerse, y me di cuenta de que tenía que tomar una decisión. No podía quedarme en este estado de limbo emocional para siempre. Tomé una respiración profunda y me puse de pie. Sabía que tenía que enfrentar la realidad y tomar una decisión sobre cómo proceder.
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Me quedé en el auto durante un largo rato, sumido en una confusión y tristeza abrumadoras. Cada recuerdo, cada momento que compartimos, se mezclaba en mi mente con la verdad que acababa de descubrir. Me sentía como si estuviera en un torbellino emocional, incapaz de encontrar un camino claro.
Después de un tiempo, levanté la cabeza y miré a mi alrededor. Estaba en medio de la nada, rodeado por la naturaleza, como si el mundo exterior no tuviera relevancia en ese momento. No sabía qué hacer, ni cómo procesar lo que acababa de aprender. ¿Era posible perdonar a alguien por algo tan grave?
Finalmente, decidí regresar a casa. Necesitaba tiempo para pensar, para reflexionar sobre todo lo que había sucedido. Cuando llegué, me quedé sentado en el auto por un momento antes de finalmente bajarme. Cerré la puerta con un suspiro pesado y caminé hacia la entrada de mi casa.
Mi mente estaba llena de pensamientos y emociones encontradas. No podía evitar recordar los momentos que compartimos, las risas, las conversaciones, los besos. ¿Cómo podría reconciliar esos recuerdos con la verdad que acababa de descubrir? Sentía una mezcla de rabia y tristeza, de traición y confusión.
Me dejé caer en el sofá y apoyé mi cabeza en mis manos. Cerré los ojos e intenté procesar todo. Mi corazón estaba roto, pero al mismo tiempo, me sentía atrapado en un dilema. Aunque lo que había hecho en su pasado era inexcusable, también sabía que la Isabella que conocí era diferente. ¿Podría alguna vez perdonarla por su pasado y seguir adelante?
Las horas pasaron lentamente mientras me sumergía en mis pensamientos. Me preguntaba si debía confrontarla de nuevo, si debía tratar de encontrar una manera de hablar con ella y tratar de entender su lado de la historia. Pero también me asaltaban las dudas y el miedo. ¿Cómo podía confiar en alguien que había ocultado algo tan importante?
El sol comenzó a ponerse, y me di cuenta de que tenía que tomar una decisión. No podía quedarme en este estado de limbo emocional para siempre. Tomé una respiración profunda y me puse de pie. Sabía que tenía que enfrentar la realidad y tomar una decisión sobre cómo proceder.
Agarré mi teléfono y lo miré por un momento. Sabía que no tenía el número de Isabella, y esa era la razón por la que nunca la había llamado durante todas estas semanas. Pensé en buscarla en las r************* o en algún otro lugar, pero algo dentro de mí me detuvo. La verdad era que no estaba seguro de si quería enfrentarla de nuevo, de si quería intentar arreglar las cosas.
Después de un largo suspiro, decidí dejar el teléfono en la mesa. Tal vez no había una solución clara en este momento. Quizás lo mejor era tomar un tiempo para mí mismo, para sanar y reflexionar sobre lo que realmente quería en mi vida. Aunque mi corazón estaba roto, sabía que también tenía que cuidar de mí mismo en medio de esta tormenta emocional.
Cerré los ojos y me dejé caer en el sofá una vez más. Sabía que había muchas preguntas sin respuesta y que tendría que enfrentar la realidad en algún momento. Pero por ahora, necesitaba dar un paso atrás y cuidar de mi propio corazón herido.
En cuanto llegué del taller a la celda, me sentía tan mal que vomité en el baño. Clara vino hacia mí enseguida y me preguntó:
- ¿Qué ocurre? - preguntó curiosa.
No pude evitar llorar y contarle:
- Perdí a Adam. Lo perdí por contarle mi pasado - dije con dolor.
Ella respondió:
- Si no te quería con tu pasado y todo, no vale la pena. Además, vas a ser libre, podrás conocer a alguien que te quiera de verdad.
Comenté entre sollozos:
- Me siento tan triste.
Clara me dio palabras de aliento y me consoló. Al día siguiente, al bajar del colectivo, miré con el rostro largo esperando verlo, pero él no apareció. No estaba su vehículo ni un rastro de él. El resto de los días fue igual, esperaba encontrarlo en la entrada o la salida, pero no venía. La agonía se apoderaba de mí y sentía que el tiempo se detenía en cada paso.
Hasta que un día, al pasar por los teléfonos públicos, no pude soportarlo más. Me acerqué a uno, tomé el tubo y marqué su número. El teléfono sonó y su voz resonó del otro lado:
- Hola - dijo.
Buscando las palabras adecuadas, respondí con una sonrisa tímida, pero la llamada se cortó. Lo volví a intentar, pero no atendió. Sentí una mezcla de confusión y tristeza.
Los días pasaron hasta que los dos meses llegaron. Mirándome en el espejo, sentí la emoción de la libertad. Un bolso lleno de mis pertenencias y de cosas para Melisa, mi amiga que aún quedaba un año en prisión. Caminé hacia las puertas de la libertad, el sol quemaba mi rostro, pero no me importaba. Era el mejor día de mi vida, sentía felicidad y esperanza.
No tenía un rumbo fijo, pero sabía que quería empezar por el centro del pueblo. Presenté mi currículum en varios lugares en busca de trabajo. Aunque había estudiado una carrera en la celda, mi pasado parecía alejar a los empleadores. Me sentí patética, sin dinero ni oportunidades. Me di cuenta de que tendría que haber ahorrado algo antes de salir.
Continué buscando oportunidades mientras caminaba por las calles del pueblo, sintiendo la incertidumbre y la esperanza en cada paso.
Un año después, llego apresurada, sosteniendo mi cartera bajo el brazo, y mis tacones resonando en todo el espacio. No estoy segura si llegaré a tiempo; para ser sincera, creo que no lo lograré. Mis ojos se posan desde afuera, como donde la luz penetra con tranquilidad en el pequeño patio. Camino rápido, cuidando de no apresurarme demasiado para no despeinarme. Al llegar, siento que todo está bastante revuelto. No comprendo qué está sucediendo hasta que Lara se acerca.
"Sí, también era muy bonita," comenta Lara, recordando cómo logró entrar en esa agencia. "El jefe ha venido," continúa, y yo la miro con intriga.
El jefe pregunta, y ella parece un poco desconcertada. Nos miramos mutuamente, confundidas. Después de todo, habíamos comenzado a trabajar hace poco en una de las agencias más importantes de la ciudad. Nosotras, en el vestuario, nos preparamos ya que el CEO importante había venido para evaluar exclusivamente cómo estaba funcionando la campaña en cada sucursal.