15

1329 Palabras
Suspiro y veo mis ojos grises mirándome en el reflejo del vidrio. Trago saliva y sonrío. Aunque esa sonrisa no llega a mis ojos, no me importa. Es suficiente para darme la vuelta y saber que debo seguir adelante pase lo que pase. Mientras camino con mis tacones altos, que estilizan mi cintura y mis piernas, llego al escenario. Sonrío, mostrando mis dientes blancos y resplandecientes. En ese momento, puedo jurar que nunca podré ignorar ese sentimiento, mientras mis nervios se disipan paso a paso. La pasarela se ilumina, como siempre. Hay varios técnicos, ingenieros de moda y otros protagonistas observando para asegurarse de que todo esté perfecto, ya que la presentación de la nueva línea de ropa de la compañía será mañana. Cuando todos quedan en silencio y el bullicio desaparece, escucho a Diego decir: "El jefe ha llegado." Debemos disimular como si eso no nos afectara. A diferencia de las otras modelos, a mí me gustaba sonreír. La mayoría iba seria y caminaba con solemnidad, mientras que yo prefería sonreír y mirar a todos con una amplia sonrisa. Aunque me habían criticado por ello, no me importaba. Si no les gustaba que sonriera, que me reemplazaran. En cuanto lo vi, me quedé perpleja. Por primera vez, aquella sonrisa se borró y un año entero sin verlo me dejó paralizada. Sin embargo, lo disimulé a la perfección en un segundo y di un giro para volver a entrar en mi papel. Pero en cuanto llegué al vestidor, empecé a hiperventilar. Clara se acercó rápidamente y me dijo: "¿Lo viste?" comentó, y yo apenas pude asentir, sintiéndome abrumada. Estaba al borde de un ataque de pánico y Clara me abrazó, tratando de calmarme. "Tranquila amiga, no pasa nada," me susurró, y eso intenté creer mientras luchaba por controlar mis emociones. Entre sollozos, logré decir: "Amiga, si lloro, capaz que nos despidan." Clara intentó calmarme, levantando las manos en un gesto de tranquilidad. Respiro hondo y exhalo, repitiéndolo varias veces mientras Clara me alienta a seguir haciéndolo. Entré al vestíbulo y me cambié rápidamente. Me puse un vestido rosa que se ajusta al cuerpo. Me miré en el espejo y pensé que me veía bonita, aunque no fuera del todo de mi agrado. En ese momento, lo importante era estar acorde con la moda de ese momento, y eso era lo que contaba. Di una vuelta y continué caminando hacia la enorme pasarela. Sus ojos traviesos están sobre mí, pero no quiero devolverle la mirada, porque sé que me derrumbaré. Siento un fuerte impulso de llorar, pero me contengo. Me siento valiente, capaz de atravesar toda la pasarela sin derramar una lágrima. La primera vez que empecé a modelar, me sentía suavemente nerviosa, pero poco a poco el miedo desapareció. Mis amigas me abrazaron, conocían mi historia y Clara les había contado quién era el CEO para mí. Nos habíamos convertido en cuatro amigas inseparables. No solo estaba Clara, sino también Olivia y Camila. Las chicas me habían aceptado con mi pasado y todo, y les agradecía enormemente por ello. Compartíamos un gran departamento entre las cuatro; éramos más que amigas, éramos hermanas. Camila, con su típico acento argentino, comentó: "Vos tenés que ignorarlo, es un boludo. Mira la mina que se perdió." Eso me hizo sonreír, recordándome que estaba rodeada de personas que me apoyaban y valoraban. "No lo sé, tengo tanto miedo de verle," le dije en un susurro. "Patrañas, tú eres una diosa, niña," comentó Olivia con su tono característico en español. Suspiró y me abrazó mientras caminábamos por el lugar. Tenía tanto miedo de tropezarme frente a él que bajé la vista, pero un cuerpo sólido me hizo frenar y levantar la vista. Era él. Adán. Me estaba mirando con una ceja levantada, sosteniendo una carpeta en sus manos y vistiendo un impecable traje azul. Nunca lo había visto tan elegante y no podía negar que lucía sorprendente. Mi boca se abrió, asombrada por la belleza que irradiaba. No podía negar que en ese instante sentí lo mismo que aquel día en que mi corazón latió con fuerza. Me mordí los labios e intenté desesperadamente no llorar. "Hola," murmuró, y su voz, que había visitado mis sueños una y otra vez, regresó. "Hola, Adán," respondí rápidamente. Pronto, todas las modelos se congregaron a su lado, sonriéndole y aceptando a mis amigas. Me tomaron de la mano y me alejaron de allí. No sabía cuándo ni si sería la última vez que lo vería, pero no quería estar cerca de él. Con el tiempo, me di cuenta de que no me había querido a pesar de mi pasado, tal como Clara había dicho. Me había juzgado solo por eso, por mi pasado que yo ni siquiera podía controlar siendo tan solo una niña. Una niña que no sabía lo que estaba haciendo. Él me había decepcionado a mí, y no quería pensar si yo también lo había decepcionado a él. Me daba igual. Desde aquel momento, no había salido con ningún hombre. Me había concentrado en estudiar y en mi carrera como modelo. Había perfeccionado mi... Me gustaba ser modelo; además, era lo que mejor dinero me generaba. Estaba ahorrando porque quería comprarme un terreno y quedarme con mi propia casa. Ahorrar no era fácil, pero juntaba cada centavo que gastaba y anotaba cada gasto en un cuaderno rojo. En ese momento, estaba a punto de darme un gasto extra, ya que si no íbamos en colectivo o en bicicleta, iríamos en taxi. Las cuatro nos subimos en silencio. Olivia y Clara se sentaron detrás, y Camila comenzó a hablar con el joven chofer. "¿Qué andan haciendo ustedes tan bonitas a esta hora?" preguntó curioso el taxista. "Somos modelos, ¿no te das cuenta con nuestra facha?" comentó divertida. Yo no pude evitar reírme. "Pues sí, están muy buenas," continuó el taxista. "Vos tenés que decir que somos bonitas, no que estamos buenas," corrigió Camila con un poco de enojo. La conversación continuó, y al parecer, Camila no estaba muy contenta con el taxista. "Entonces, ¿qué edad tienen?" preguntó curioso. "Eso no te importa," protestó Camila, empezando una discusión con el taxista que duró hasta que llegamos. Me divertía mucho con mis amigas; eran especiales y las adoraba. Una vez llegamos, el taxista preguntó cuánto era para poder pagar. Sin embargo, Camila se encargó de pagar, protestando que yo no iba a pagar nada. Obviamente, una de las cuatro tenía más dinero, y esa era Camila. A pesar de ser hija de padres ricos, ella prefería trabajar y no depender de ellos. Le habían dado una asignación para gastar. Finalmente, el taxista dijo en tono jocoso: "No me llamarás, ¿verdad?" Camila negó con una risa nerviosa. "Di algo," exclamó él, y ambos rieron. "Te conquistaré en línea," comentó mientras aceleraba. Camila revolvió los ojos mientras caminábamos hacia el interior del apartamento. Dejé las llaves en la mesita de noche y apagamos las luces. El lugar era bastante agradable, con un gran barro en el centro donde a las cuatro nos gustaba desayunar juntas. La mesa era de madera clara, y la mayoría de los muebles en la sala eran blancos. Había unos sillones de color gris, de tres cuerpos, dispuestos en forma de 'L', y también un pequeño sillón en un rincón. Además, una hamaca tejida colgaba del techo, aunque me daba un poco de pánico pensar que alguien podría caerse de ahí. Había un pequeño tramo de escaleras que llevaba a las cuatro habitaciones. Sí, como les dije, el lugar era grande. Aunque no era propiedad de Camila, a pesar de tener dinero, habíamos alquilado entre las cuatro. Habíamos encontrado una anciana muy amable que nos había dado un buen precio a cambio de que ella también viviera aquí. Así que en realidad, éramos cinco. Aunque, en realidad, Camila pasaba muy poco tiempo en casa, ya que le gustaba mucho viajar por el mundo. Ella tenía dinero, después de todo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR