16

2403 Palabras
"¿En qué piensas?" preguntó Clara mientras estábamos a punto de probar una ensalada de algo. "No lo sé," murmuré, apoyando mi brazo en la barra. Olivia me miró con atención y dijo: "Di algo. Es solo el pasado. Nosotros somos tu presente, y estamos aquí para ti." "Gracias, amiga," murmuré, y poco a poco, la tristeza que había sentido se empezó a disipar. Comenzamos a hablar de cualquier cosa sin sentido, tratando de alejar los pensamientos pesados. Decidimos ver películas y al día siguiente, la mañana llegó. Debíamos ir a la empresa no solo como modelos, sino también para que nos tomaran medidas y nos prepararan la ropa de acuerdo a nuestros cuerpos. Por lo tanto, teníamos que empezar a trabajar a las 8 de la mañana, como demandaba la agenda. Además, teníamos prácticas en el escenario, sesiones de fotos y mucho más trabajo del que la gente imaginaría que tiene un modelo. Las cuatro tomamos nuestras bicicletas, vestidas con ropa deportiva, y nos dirigimos hacia el edificio. No quedaba lejos, a unas 18 cuadras exactamente desde donde estábamos. Pasamos por una avenida principal y cruzamos exactamente cuatro semáforos en verde, luego doblamos por la siguiente calle hasta llegar finalmente. Entramos por una puerta un poco angosta, estacionamos las bicicletas por las dudas, a pesar de estar en el interior, ya que los empleados se movían con mucha confianza. Luego subimos por el ascensor o a veces por las escaleras para quemar las calorías del desayuno, como solía decir Olivia. "Chicas, aquí quemamos las calorías," comentaba Olivia, y las otras cuatro la seguimos riendo. Me sentía tan feliz y agradecida por todo lo que la vida me ofrecía. Tenía un buen trabajo, buenas amigas y un techo sobre mi cabeza. Eso era lo más importante, y lo mejor de todo es que nadie me juzgaba. Suspiré mientras ingresábamos y saludábamos a todos. Lo bueno era que el ambiente laboral también era excelente. Incluso nuestro jefe, quien era gay y siempre mostraba entusiasmo, aplaudía y decía: "Mis cuatro niñas maravillas, llegando temprano. ¡Eso sí que es raro!" "Oye, como siempre llegamos puntuales," protestó Olivia. "Sí, jefe, no exagere," comentó Clara, y nos abrazamos mientras compartíamos risas en un ambiente lleno de camaradería. "Y tú, niña, ¿cómo has estado?" me preguntó directamente, sentándose enfrente. Las demás chicas habían ido a hacerse las medidas y a trabajar, pero el jefe me retuvo. "Bien," respondí dudosa. "¿Por qué preguntas?" "Vi lo mal que te sentiste ayer, no quise interrumpir, pero dime, ¿hay algo que te esté pasando? ¿Necesitas unos días de descanso?" preguntó con preocupación. "No, no es necesario," protesté, tratando de evitar pensar en la posibilidad de descansar, lo que significaría tener tiempo para pensar. "Tranquila, si no quieres descansar, estarás aquí. Pero en serio, te vi muy mal. ¿Qué pasó?" El jefe ha sido mi amigo durante meses, además de ser mi jefe. Pero hay cosas que creo que no puedo contarle. "Bueno, amor, es cierto, no podría contarte un romance que he tenido," pensé en Eliseo. "Tranquila, en algún momento me lo contarás cuando estés preparada. Además, lo importante es que tú estés bien." "Lamento..." susurré, pero no tenía ganas de llorar. De pronto, él se pone de pie, y veo que la mayoría de los empleados también lo hacen. Hagan, ingresa con ese aire de superioridad, cruzando todo a su paso con una sonrisa autosuficiente, y su peinado perfectamente arreglado hacia atrás con gel. Sus ojos finalmente se encuentran con los míos. Ya no es el mismo chico delgado y alto, ahora es musculoso, con piernas bien formadas y una barba reciente. Esos ojos, antes suaves, ahora parecen estar prendidos en llamas hacia mí. No sé si aún me odiará, pero me da igual. Desvío la mirada, pero también me pongo de pie. Quiero evitar tenerlos cerca, me cae mal. "Bueno, les voy a comentar que voy a estar un mes aquí con ustedes. Quiero ver cómo va la campaña, y he decidido elegir este lugar para que se inicie la línea de ropa y para que venga la televisión a firmar." Todos empezaron a aplaudir en cuanto dijo esas palabras. Es menos tiempo del que imaginé, pero tenerlo aquí sería una tortura. Quise gritar que no, quise decir algo, pero no podía. Como líder de las esperanzas de mis amigas y yo, no sería la que se opusiera a eso. Quedé en silencio y comencé a escuchar todas las propuestas que le seguían, todas sus palabras, pero no me importaba. Empecé a tomar mi teléfono mientras él hablaba y comencé a hablar con mi mejor amigo, Juan, que estaba a distancia. Con Juan, llevábamos hablando seis meses. Éramos amigos virtuales, pero prácticamente hablábamos todo el día juntos. Sabía que estaba soltero y yo también lo estaba, pero nunca habíamos pensado en vernos de otra manera, siempre como amigos. Él estaba comentando que había aparecido mi ex y se me rompió el corazón hace un año. Él me decía que no me preocupara, que seguramente estaba arrepentido, y yo le respondía que no me importaba, que por mí se fuera a la mierda. De repente, una voz preguntó: "Señorita, ¿hay algo más entretenido que escuchar a su jefe hablar?" Levanté la vista asustada. Era como cuando los profesores te retan por hacer alguna travesura. Así me sentí en ese momento. Sentía que todos los ojos estaban puestos sobre mí. Bloqueé el teléfono y lo observé. "Lo lamento, señor," comenté, mirándolo a los ojos. "Bien, continuaré," dijo con un tono serio. Siguió hablando, pero yo lo seguí ignorando. No me interesaba en absoluto. No volví a tomar el teléfono, porque era lo último que quería. Odiaba sentir sus ojos posados en mí. Odiaba que me observara. No quería tener ningún tipo de contacto con él. Creo que él lo sabía. Cuando terminó de hablar, y de irritarme, me alejé del lugar. Fui a la parte de las medidas para que tomaran mis medidas. Suspiré mientras mis amigas me miraban preocupadas desde el otro extremo. Sin embargo, teníamos que trabajar. Ahora que el jefe estaba aquí, nos exigía muchísimo más que nunca. No solo la línea de ropa de esta temporada, sino también la nueva línea plus que estaríamos llevando nosotras. Era todo un espectáculo, y todas las modelos estaban emocionadas excepto nosotras cuatro. Sabía que mis amigas podían sentir mi angustia, a pesar de que en el fondo probablemente también estaban contentas. Esto no solo nos traería fama, sino que también duplicaría nuestro sueldo y posiblemente lo triplicaría. Sin embargo, no me importaba en lo más mínimo. Lo único que quería era mantener mi paz mental, tal como lo había hecho durante todos estos meses en los que me había sentido feliz. "¿Bueno, niña? ¿Cómo vas a tener que hacer dieta? Estos rollitos no pueden estar," comentó el costurero, haciendo que suspirara. "¿Tú quieres que desaparezca?" le preguntó Guido, mirándolo de mala gana. "Niña, tienes que mantener tu silueta. ¿Has ido al gimnasio?" continuó. "Sí, cariño," le respondí mientras rodaba los ojos. "Bueno, tienes que mantenerte. Por favor, no engordes más. No vas a entrar en este vestido que es sumamente ajustado y perfecto." Suspiré y me dirigí a la parte de las fotos, donde me estaban maquillando. Fue en ese momento cuando él pasó. Comenzó a hablar con todas las maquilladoras, y cuando su mirada se posó en mí, bajé la vista. No quería que me reconociera. "Hola, soy Adan," comentó hacia mi maquilladora, quien siempre estaba conmigo. "Yo soy Sofía," murmuró, mientras comenzaban a hablar acerca de cómo se manejaban aquí. No me importó nada. Estaba a punto de ponerme de pie cuando su voz me detuvo. "Entonces, tú eres modelo," preguntó, apoyándose en el tocador y mirándome. "Sí," murmuré, mirándolo y esperando que dijera algo más. "Nos dejas a solas, por favor," le pidió a Sofía, quien asintió y se fue. Quedé sola con él. "¿Qué quieres?" murmuré, sin mirarlo, observándome en el espejo. "Hablar," dijo. "No tengo nada de qué hablar contigo." "Claro que sí. Fuimos…" "No fuimos nada," interrumpí, dejando en claro que no quería revivir esos recuerdos. "¿Puedes escucharme?" preguntó. En cuanto miré sus ojos, pude ver una chispa de lo que había amado durante todo ese tiempo. Pero enseguida recordé cómo me había dejado abandonada, en medio de la nada. Cómo se olvidó de mí. "No hay nada de qué hablar. No tengo nada que hablar contigo. Todo quedó claro en este momento. Tú fuiste el que me dejaste tirada, un miserable con rencor, exponiéndome," dije, poniéndome de pie y queriendo irme, pero él me detuvo. "Quiero pedirte disculpas," murmuró. Para mi sorpresa, no podía creer que me estuviera pidiendo disculpas. Había llorado por él, esperando que me buscara durante todo un largo año. Cada día me despertaba con la esperanza de recibir su mensaje, de que me hubiera encontrado en las r************* que había creado a propósito, pero nada. Incluso lo había empezado a seguir en i********:, pero él no me siguió de vuelta. Toda esa espera había roto mi corazón cada vez más. Ya ni siquiera sabía si todavía lo tenía intacto en mi pecho. Lo observé durante breves segundos, suficientes para que todas las ganas de escupirle en la cara por idiota me invadieran. "Acepto tus disculpas," comenté y me quise ir. "Lo siento en serio," susurró. Sus palabras me hicieron suspirar. "Adán, ya está. Me da igual. Eres mi jefe," dije, dándole un empujón para soltarme. "Isabela, por favor," murmuró Adán. Yo suspiré, mirándolo de reojo. "No me llames por mi nombre, llámame por mi apellido," dije, saliendo sin entender sus intenciones. Me había hecho daño, ¿qué más quería de mí? Con esa duda, llegué a mi casa y entré antes de que no pudiera soportar más su presencia. Suspiré, refugiándome en un enorme sofá, sumergida en la soledad de mi hogar. Fue entonces cuando escuché las llaves y supe que era la señora que vivía con nosotros. La señora Sofía ingresó junto con su bastón, que era más decorativo que funcional, ya que caminaba con perfección. Además, tenía un cuerpo de infarto. En cuanto me vio, se sentó a mi lado y me miró. "A ti te pasa algo," dijo. "Así es," murmuré, y ella continuó. "Niña, dime qué te pasa. ¿Volvió un viejo amor? Y encima, es tu jefe," protesté, dejando caer mi espalda hacia atrás y apoyando mi cabeza en el borde del sillón. "Así que estás complicada," murmuró divertida. Yo suspiré. "Quiero morirme, es lo único que me falta," dije. "Niña, no tienes que rendirte," dijo, animándome. "Quiero rendirme, creo que debo rendirme," murmuré, sintiéndome con el corazón roto y bastante desganada. Ella se rió. "Tranquila, es normal que dure mil años el dolor, pero uno lo supera.” “Pues yo creo que sí. La verdad es que no sé qué voy a hacer." Me sentía perdida y con el corazón roto. Ella me miró y dijo, "Mírame, importante es que sepas que, a pesar de todo, siempre vas a tener a tus amigas. Me tienes a mí también." "Lo sé, por eso siento que lo mejor es olvidarlo," dije. "Perfecto, por algo se empieza," comentó, y nos abrazamos. Al día siguiente, cuando llegué al trabajo, lo hice acompañada de mis amigos, como siempre. Sin embargo, cada uno tenía sus tareas asignadas y nos tocaba separarnos, algo que no se podía evitar. Nos miramos con curiosidad desde lejos, y en mi mente pensaba si Adán vendría a saludarme. Para mi sorpresa, así lo hizo. Llegó, saludó a todos los empleados y, sobre todo, vino hacia mí. "Hola," murmuró nuevamente. El costurero se apartó. "Hola, Adán," respondí sin mirarlo, y empecé a quitarme el vestido. Ya estaba acostumbrada a hacerlo en público, ya que era una práctica común en este ambiente. Nos quedamos en ropa interior, ya que aquí no importaba quién entrara; todos estábamos acostumbrados a verlo de esa manera. Era algo normal. Pero en cuanto hice lo mismo con el vestido, pude notar que sus mejillas se tornaron rojas. Volví al diálogo, "Lo lamento." "Es una costumbre de aquí," susurré mientras me cambiaba. "Estás muy bonita," susurró, y me reí. "Mi costurera no concuerda, me dice que adelgace," murmuré con voz burlona, como si no le gustara su comentario. "No, estás perfecta así," agregó. "Es decir, tienes todo en su lugar." "Date la vuelta si quieres," comenté, y de nuevo abrí la boca sin necesidad. "Eso es lo que quería saber," susurré. "¿Qué cosa?" murmuré, cruzándome de brazos. "Quería saber si... olvídalo," comentó, desviando la mirada y desapareció casi corriendo. Sus mejillas seguían rojas, y pude notar que su cuello también. Él era extremadamente blanco, y cuando se ponía rojo, parecía invadirlo completamente. Suspiré y pude ver en él al niño delgado y tímido que había conocido hace un año, mirándome con alegría. En ese momento, sentí que en parte lo extrañaba, y hubiera dado todo por abrazarlo, pero no podía. Los días pasaron y Adán no se acercó a mí, lo cual agradecía enormemente. Ya no sabía cómo controlar mis emociones cuando estaba cerca de él. Había pasado exactamente una semana, y me faltaban tres más para que él se marchara. Era lo único que deseaba cada día. Mis amigas estaban pendientes de mí y me sentía bien. Es decir, todo iba bien, excepto por mi ex amor que me había roto el corazón. Suspiré y me encontraba en esa mañana hablando sin parar con Juan. Como la máquina maquilladora estaba ocupada, habían postergado la sesión de fotos. Yo estaba libre, sentada en una silla giratoria frente al tocador. Hablaba sin parar, riéndome mientras conversaba con Juan. "Juan, eres un tonto, pero te quiero," susurré y me reí. Unos pasos me hicieron dar la vuelta y casi dejé caer mi teléfono al suelo. "¿Con quién hablas, un tal Juan?" preguntó Adán, mirándome de manera extraña. "Sí, ¿qué pasa?" pregunté sin entender sus palabras. "¿Tienes un novio llamado Juan?" preguntó Adán. "Sí”, mentí. Juan es solo un amigo," aclaré, pero del otro lado pude escuchar a Juan decir: "¿Quién preguntó eso? Oye, ¿estás ahí?" "Me alegro mucho por ti. Al parecer, has vuelto a reiniciar tu vida y me alegra," comentó Adán.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR