Mientras camino por el pasillo, mis zapatos repiquetean suavemente en el piso de mármol, el vestido barre el piso más pulido que los días pasados.
Admiro los cuadros que cuelgan de la pared, recorro los grandes pilares y el techo de vitral construido en lo alto. De perfil ojeo a las chicas vestidas con el típico traje n***o y blanco de sirvientes.
Desde el día que él apareció todo cambió. Por arte de magia los sirvientes aparecieron y comenzaron a atenderme, se peleaban por ayudar a vestirme o lavarme, siempre huyo de ellas. Todas las mañana las esperó bañada y con la ropa interior puesta, antes que estén al pie de la cama dispuesta asistirme.
No quiero que me toquen o vean.
No hay día que no desayune —obligada— con él. Ya sea en los jardines o patio trasero, comedor, piscinas o en su alcoba. Tengo que aguantar las miradas furtivas, en otras aterradoramente frías, a veces oscuras hasta llegar a ser tétricas, no puedo seguirle el ritmo. Tampoco puedo con su n***o o sus chistes extraños que llegan a ser siniestros.
Incluso tuve que ver como asesinaba a alguien frente a mí. Como sus ojos brillaron al ver la sangre deslizar por su cuerpo y la sonrisa macabra.
Ese día huí.
Continuó moviendome, el fuego de las antorchas se apagan repentinamente debido al fuerte viento, oscureciendo todo alrededor. Las sirvientas no están a mi espalda para cuando me doy cuenta. Vuelvo la cabeza al oscuro y vacío pasillo.
Pensé que conocía el castillo lo suficiente para no perderme, que tonta fui al creerlo. Golpeo mi frente con la palma de la mano, avanzando sin mirar atrás, enfoco la vista en lo poco que logro ver.
Dos caminos diferente dividen el pasillo. El corazón repetiquea contra mi pecho mientras más avanzó por el lado izquierdo. Con todos los sentidos alerta volteo hacía atrás solo para escuchar un aullido parecido al de perros, mucho más fuerte.
¿En que momento me perdieron las doncellas? Siempre están encima de mí. Ni los piojos eran así.
Quedo inmovil al escuchar una voz profunda a mi espalda, doy media vuelta para encontrarme con él. Hay algo intimidante en la forma en que me mira, una oscuridad aterradora detrás de sus orbes brillosos.
—¿No te has adentrado mucho en el castillo? —Incluso con la falta de luz a su alrededor, podía ver sus ojos llamativos debido a la proximidad.
Un pequeño jadeo escapa de mis labios cuando sus brazos me acorralan contra la pared, una sonrisa juega en la comisura de sus labios.
—No creo que estés lista para soltar eso todavía, Cherlize.
Trato de mantenerme firme viendo directamente a sus ojos iridiscentes ocultando el miedo en mi rostro, cuando en realidad mis piernas tiemblan y pronto cedería a su intimidación.
—Veo las pinturas. ¿No puedo?
—No hay restricciones para mirar.
—Que bueno, porque no estaba pidiendo permiso.
Continuo a paso acelerado, quiero alejarme lo más que pueda de él, y de su mirada.
—Por aquí —señala—. No quieres ver mi habitación ¿Correcto?
—Si —eleva una ceja—. No, quise decir no.
—Quisiste, más no lo dijiste.
De un momento a otro me encuentro sobre su hombro tal cual costal de papas.
—Te echaré agua bendita si me llevas ahí. Ten en cuenta que eres un ser maligno. ¡Maldito demonio!
Abro la boca en exageración cuando su mano se posa sobre la tela de mi vestido masajeando mi trasero.
Bruscamente caigo sobre la cama, suelto un gemido de la impresión ¿Acaso no puede ser normal?
—No puedes retenerme aquí.
—¿Por qué no? —cerró la distancia entre nosotros, mirándome obstinadamente.
—¡Porque no soy tuya, soy una persona, no una muñeca!
—Eres mía para quedarte, mía para cuidarte, y te mantendré el tiempo que quiera.
—Primero muerta.
—¿Por qué muerta cuando hay tantas cosas que hacer con tu cuerpo? Definitivamente no te querría muerta —levemente sus orbes cambian de color, volviéndose un naranja difuso—. He tenido muchas mujeres en mis brazos, pero la necesidad de abrazarte —baja su tono de voz— me vuelve loco, mi dulce cachorro satánico.
Dejando un mechón de cabello tras mi oreja sale dejándome con el corazón en la mano.