POV Esmeralda. Han pasado dos meses desde que la mansión dejó de ser un campo de batalla y se convirtió en un hogar. Los niños se despiertan sin sobresaltos, desayunan sin gritos, hacen sus tareas sin que nadie les grite que “mamá está ocupada”. Yo me despierto antes que todos, como siempre: abro las cortinas, enciendo la cafetera, preparo el almuerzo de Samuel, corto la fruta de Lucía en trozos pequeños para que no le cueste masticar, dejo una nota en la mochila de Mariana que dice “te quiero, campeona”, y dibujo un sol en la servilleta de Sofía. Son pequeños rituales que llenan huecos que nadie más ve. Alexander llega a la cocina cuando el sol apenas entra por la ventana grande. Lleva la camisa arrugada de la noche anterior, el cabello revuelto, la mirada cansada pero más ligera que

