La cita
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Abril, Londres – Inglaterra
Perhaps, perhaps, perhaps (Doris Day)
**************** Amélie *****************
—Eeesooo… ¡muy bien! —exclamo sin dejar de marcar los pasos a mis alumnos y alumnas— ¡Sensuales, chicas! ¡Sensuales! —preciso al dejarme llevar por la música—. Recuerden que ustedes son las reinas de la seducción —añado al acercarme más a mi pareja— eh, eh, eh, don Juan… la mirada es hacia arriba —le digo cuando veo que este se ha entretenido en ver mi busto, lo cual me hace sonreír al ver la forma apenada en la que sonríe el hombre de 80 años—. Asiiií… muy bien —agrego cuando este ha levantado su mirada hacia mis ojos—. ¡Vamos! Un poco más de fuerza… seduzcamos a nuestras parejas —indico—. ¡Y ustedes, señores! recuerden que acorralan a sus presas cuales fieros —me río y comienzo a llevar un ritmo más apresurado con don Juan (mi pareja de baile)—. ¡Con más fuerza! —exclamo al dar pasos hacia atrás, dejándome acorralar por el paso firme de don Juan—. Eh, eh, eh… sin sobre exigirse —señalo sonriente al ver que alguien estaba haciendo ello—. ¡Ya vamos por los pasos finales! —anuncio y me preparo para ello…
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********* Alexandre ********
—¿Y eso? —cuestiona Luca de manera divertida al entrar a mi habitación.
—Se llama cha cha cha —respondo desinteresado mientras continúo arreglándome frente al espejo
—Yo no preguntaba por la canción —indica sonriente y burlón—, sino por la sonrisa y tanto arreglo.
—Pues qué crees —contesto al verlo por el espejo y este solo se limita a sonreír y negar con la cabeza mientras se echa en mi cama y coloca unos papeles sobre ella.
—¿Y eso? —pregunto interesado
—Es el tema que deberás trabajar en la siguiente nota —me informa a la vez que toma uno de los papeles y empieza a leerlo.
—Ya veo… —digo cuando me dirijo a mi armario para tomar una corbata que haga juego con mi camisa.
—¿Corbata? —interroga mi amigo verdaderamente extrañado al verme sacar una.
—Dicen que a las francesas les encanta los hombres en traje y corbata —comento mientras trato de hacer un buen nudo—. ¿Y? —pregunto al girarme— ¿Qué te parece? —añado al abrir mis brazos y bajar mi mirada hacia la corbata.
—Pues si a las francesas les gusta… —es lo único que dice de forma desinteresada para después volver su atención al documento que leía.
—No ayudas —respondo cuando me giro nuevamente para terminar de echarme perfume, ponerme mi reloj y tomar las llaves del departamento para salir de aquel rumbo a mi cita a ciegas con la bella francesa que conocí en línea.
«Solo espero que sea igual de linda que la de la foto» —pido en mi mente mientras termino de cerrar la puerta de mi casa.
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********* Amélie ***********
—¡Muy bien! —felicito a mis alumnas y alumnos—. Bueno, yo ya me tengo que ir —les aviso—. Pero ustedes se pueden quedar practicando si así lo desean —puntualizo—. Y coqueteando— agrego pícara al tiempo en que les vuelvo a poner la misma canción—. ¡Ahí les dejo la música!
—Merci, mademoiselle Amélie —me sorprende Juan con su despedida en mi idioma natal.
—Merci, don Juan —contesto coqueta y sonriente; y después, el hombre se retira para sacar a bailar a doña Wine (la mujer que le gustaba)—. Merci a todos— me despido y me dispongo a salir rápido del salón.
—Merci, Amélie —escucho la voz de la dulce Mery—. Mucha suerte en su cita —expresa emocionada y las demás hacen ruidos como para molestarme (esos típicos ruidos que hacen tus amigos cuando te vas a encontrar con el chico que te gusta).
—Son imposibles —les digo con una gran sonrisa y al negar con la cabeza—. Pero muchas gracias —les digo animada y al hacer una reverencia de ballet— ¡Cuídense todos! —finalizo y tomo mi pequeña maleta en la que traía mi ropa de cambio y salgo del lugar cuanto antes para ir a mi casa (la cual estaba a pocas cuadras del salón) para ducharme y vestirme para ir a mi cita a ciegas con el guapo londinense que había contactado en línea.
«Ojalá no sea un idiota» —pienso mientras termino de bajar las escaleras y salgo del pequeño edificio en el que daba clases de baile a adultos mayores para que se relajasen. Inmediatamente, tomo mi bicicleta y empiezo a pedalear para llegar cuanto antes a mi casa, ya que estaba contra el reloj.
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******** Alexandre *********
Salgo del edificio donde vivía y camino en dirección al paradero del bus mientras me coloco mis audífonos. Aún tenía tiempo de sobra; sin embargo, detestaba llegar tarde.
«Es mejor llegar con anticipación» —me recuerdo en la mente sin dejar de caminar a paso firme.
—Es religión de todo londinense —señalo orgulloso en voz alta.
—¡Alexandre! —escucho de pronto una voz que logra sobresaltarme.
—¡Max! —respondo alegre al ver al niño de 10 años que se había convertido en mi amigo y juntamos nuestras manos en una palmada cómplice—. Señora —saludo elegantemente a la madre de Max al hacer un gesto de estar quitándome un sombrero imaginario.
—Tan galante como siempre —añade la mujer de forma sonriente y yo le correspondo de la misma forma.
—¿De nuevo vas a conquistar chiquitas, Alexandre? —interviene Maxi con su pregunta de manera repentina y con mucha naturalidad
—¿Qué dices? —cuestiona su madre al fruncir un poco su ceño y mirar a su hijo.
—Chiquitas… mujeres —le aclara su hijo de forma inocente; y aquella respuesta parece sorprender a Lorey.
«¡Vaya! Este niño sí que no es nada discreto con lo que le cuento» —pienso en silencio y sonrío; sonrisa que se me borra al ver el gesto serio de Lorey hacia su hijo.
—Bueeeeno… yo me hago tarde —señalo para poder retirarme de la incómoda situación como todo un cobarde—. Mademoiselle… —menciono al ladear mi cabeza con elegancia—, yo me retiro —preciso—. ¡Adiós, Maxi! —añado y luego, me voy lo más rápido posible.
—¡Hey, Alexandre! ¡Detente! —escucho la voz de Lorey y no sabía si voltear o no.
—Lo lamento, Lorey —grito a lo lejos—, pero se me hace tarde —le preciso al señalar mi reloj de pulsera—. Tal vez mañana los acompañe a cenar —digo gentil y me giro para seguir con mi camino.
—¡Alexandre Stone! —vuelvo a escuchar su voz— ¡Que sea la última vez que le cuentas a mi hijo cosa de grandes! —me advierte a lo lejos y; ante ello solo cierro los ojos y niego con la cabeza sin dejar de sonreír ante la muy graciosa situación.
Ante ello, decido acelerar un poco más mi paso a la vez que me dispongo a escuchar algo de música.
—Tal vez, algo para la ocasión —murmuro para mí mientras busco algún tema en francés—. Mmmm… supongo que este estará bien —determino sonriente al haber elegido “Je ne veux pa travailler” de Sympathique—. Mmm… comienza bien —expreso sorprendido al escuchar sus primeras notas.
Sigo caminando al tiempo en que camino al ritmo de la canción hasta que me detengo al ver a una señora vendiendo flores.
«Tal vez unas flores me sumen puntos con la francesa» —pienso astutamente.
—Puede parecer mucho… —pienso un poco en si comprarlas o no— ¡Oh! ¡Pero vamos, Alexandre! —exclamo sorpresivamente y me gano la atención de las personas a mi alrededor—. La chica viene de la ciudad del amor; así que esto ayudará —concluyo y me dispongo a tomar dinero de mi billetera para comprar rosas rosadas.
Al terminar de comprar, sigo caminando como bailando hasta que llego al paradero y tomo el bus que me llevará a la cafetería en la que acordé encontrarme con la guapa desconocida.
—Buena tarde —saludo a la chofer del bus y luego, voy tomar el último asiento libre.
«Los franceses tienen buena música» —preciso en mi mente, ya que estaba disfrutando mucho del tema que había puesto cuando busqué “Lo mejor de la música francesa”.
—Oh, perdón —digo de pronto al pararme de mi lugar y mirar a una mujer parada—. S'il vous plaît, madame —le digo al ponerme a un lado para ofrecerle mi asiento.
—Merci —contesta sonriente y toma mi lugar—. Tu parles français? —cuestiona y yo solo le sonrío y niego.
—Solo algunas frases —contesto con sinceridad y ella me sonríe.
—Entiendo —responde de forma gentil y después, cada uno vuelve a lo suyo. Ella lee un libro y yo espero paciente hasta llegar a mi destino con rosas en mano.
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**********Amélie ***********
—¡Amélie! —oigo la alegre voz de Maynard
—¡Señor, Maynard! —exclamo—. ¡Buena tarde! —lo saludo a la vez que estaciono mi bicicleta en su lugar de forma apresurada.
—¿Apurada? —interroga sonriente
—Siiiii… —respondo apenada mientras termino de encadenar mi bicicleta para, inmediatamente, dirigirme hacia la entrada del pequeño edificio en el que vivía—. ¿Por qué? ¿Necesita que lo ayude en algo? —pregunto expectante y el hombre niega con su cabeza.
—No, tranquila —señala—. Solo ve a hacer lo que debas —demanda—. ¡La puntualidad, Amélie! ¡Lo que más valoramos es la PUNTUALIDAD! —expresa al remarcar la última palabra.
—Sí, sí, lo sé — contesto sonriente—. Por eso es que tienen un enorme reloj en la ciudad —bromeo y este me sonríe divertido.
—¡El Big Ben no está por la puras! —señala entre risas—. Pero bueno, ¡Ya ve, muchacha! —exclama—. ¿Qué haces aquí todavía? —interroga y, ante sus palabras, reacciono y entro rápido al edificio para subir a mi piso (no sin antes haberle deseado buena tarde al señor Maynard).
Al llegar a la puerta de mi departamento, saco mis llaves, la abro y entro velozmente.
—Bien, bieeeen —digo cuando termino de entrar—. ¿Qué hago? ¿Qué hago? —pregunto a la nada mientras entro a mi habitación y dejo mi maleta de deportes a un lado de la puerta para después dirigirme a mi armario y abrirlo.
Al hacer ello, suspiro pesadamente al observar toda mi ropa.
—¿Y ahora… qué me pongo? —susurro para mí a la vez que empiezo a revisar cada rincón de mi clóset.
—Mejoooor… primero me baño —determino y es lo que procedo a hacer. Saco unas toallas limpias y me dirijo a la ducha—. Eh, eh, eh —expreso al regresar a mi cama y tomar el pequeño parlante inalámbrico que tenía sobre la mesita que estaba a un lado de aquella—. ¡Por dios, Amélie! —me reclamo—. ¿Cómo pensabas ducharte sin música? —me cuestiono indignada al regresar a mi cuarto de baño y encerrarme en él.
Para mí, la música era parte esencial de mi vida; la adoraba, pues era una salida a cualquier problema y; además, se convertía en el complemento perfecto para una refrescante ducha de agua fría después de haber bailado.
Luego de haberme relajado un poco con el agua fría al recorrer todo mi cuerpo, salgo de mi cuarto de baño y vuelvo a observar toda la ropa que tenía en mi armario al tiempo en que disfruto de las melodías de “La mer” de Laura Fygi.
—Mmmm… ¿esto? —me cuestiono al sacar el bello vestido rosa que tenía—. Mmm… creo que no —menciono al regresarlo a su lugar y tomar otros—. ¿Y este? —me pregunto al abrir completamente una puerta de mi armario para observarme en el espejo que estaba enchapado en aquella —Este está bieeen… creo —digo no tan convencida y vuelvo a ver el interior de mi armario —¿Y esteee…? —expreso curiosa al sacar otro vestido (el cual ni siquiera sabía que tenía) de uno de los rincones de mi guardarropa para, inmediatamente, mirarme en el espejo como probando qué tal me quedaba—. Este. Este es —expreso segura y sonriente a mi reflejo—. Este es el indicado —determino y procedo a colocármelo con rapidez.
Después de cambiarme, secar mi cabello, peinarme y maquillarme; tomo mi cartera y estoy lista para salir, pero antes decido observar qué tal me veo frente al espejo.
—Veamos —digo al abrir la puerta de mi armario y mirarme fijamente en el espejo—. Ooooh… ¡Vaya! —expreso sorprendida—. Me encanta —señalo feliz y en medio de un suspiro—. Hermosa como siempre —puntualizo para mí y, sorpresivamente, escucho la alarma de mi reloj de cabecera, la cual me recordaba que ya eran las 5 p.m. y que solo tenía 10 minutos para llegar a mi cita en una de las cafeterías más bonitas de esta ciudad (no era de las más exclusivas, pero era igual o más encantadora que cualquier otra de mejor nivel).
Salgo rápido de mi departamento con mi cartera y llaves en mano; y bajo las escaleras a toda velocidad. Al llegar a la salida de mi edificio, voy rápidamente hacia la acera y paro un taxi, ya que, a estas alturas, no podía ir caminando, pues estaba con el tiempo en contra.
—¿No podría ir más rápido? —pregunto apenada, minutos después de haber tomado el taxi, y el chófer me sonríe.
—Tranquila, señorita, llegaremos en 4 minutos —precisa sonriente y yo le respondo igual.
—Gracias —murmuro y me quedo en silencio el resto del camino mientras disfrutaba una y otra vez de “La mer” y es que yo era así; tenía la manía de escuchar una canción varias veces hasta que me cansara y aquella aún no lo había hecho.
Y tal como el amable conductor del taxi había mencionado, llegué en cuatro minutos a la cafetería.
—Muchas gracias, que tenga un muy buen día —me despido del hombre con una sonrisa al terminar de pagarle.
—Gracias a usted; buen día —precisa y se va.
—Bueno —susurro al dejar salir un suspiro—. Ya llegó el momento de conocer al guapo londinense —me señalo y, sin quererlo, una sonrisa perversa se dibuja por sí sola en mi rostro.
«Pero cómo no iba a sonreír de esa manera si el hombre estaba sumamente…»
—Ya, Amélie —me digo de pronto al negar con mi cabeza para despejar esos pensamientos lujuriosos…
—¡Ay! ¡Pero a quién engaño! —exclamo muy fuerte—. Si la cita es para eso —me indico de manera obvia y sonriente—. Bueno, bueno; será mejor cruzar la pista —me demando y es lo que hago de forma inmediata.
Al terminar de cruzar la pista, me dirijo hacia la entrada de la cafetería y abro la puerta para entrar. Ya en el interior del lugar, busco con mi mirada al hombre.
—¿Dónde está? —susurro para mí al pasear mi vista por el lugar.
—Perdón, señorita —se hace oír una voz de forma repentina, la cual me distrae de mi tarea de encontrar a mi cita—. ¿Puedo ayudarla en algo? —pregunta gentil—. ¿Desea que la ubique en una mesa? —agrega y yo niego rápidamente.
—No, no —le sonrío— Yo… —hablo nuevamente al tiempo en que he vuelto a buscar al hombre con mi mirada— estoy buscando a alguien —le informo—. ¡Ah! —exclamo al aplaudir una sola vez— ¡Ya lo encontré! —articulo contenta— Muchas gracias —le digo al amable mesero y voy hacia la mesa donde estaba mi cita.
—Mmm… —me aclaro mi garganta— ¿Hola? —lo saludo sonriente y este se gira a verme y se para tan rápido como pueda
—Ah… hola —me sonríe también.
—Ah… Amélie, mucho gusto —me presento de la manera más gentil y le extiendo la mano…