CAPÍTULO 9 — Juicio de Puertas La campana de la losa no es sonido: es forma. Se siente en los dientes y en la nuca, en el bolsillo donde uno guarda los hábitos. Cuando cae, todo el Santuario endereza la espalda. Nadie corre. Nadie habla más alto. Se abre un silencio que no es vacío, es sala. —Juicio de Puertas —repite Yara, y su voz pone el borde. La pileta del claustro, que hace un momento olía a salvia y sopa, se oscurece por tercera vez como si la hubiera lamido un carbón. En el n***o pasan reflejos que no son de antorcha: líneas de humo dibujan un arco mal pronunciado en algún pasillo de piedra. Una mano con un anillo opaco —un sello sencillo, sin blasón— tantea la grieta. No dice nombre. No lo piensa. —Abrió sin tres —informa Sira, seca, ya con la pluma lista—. Eso no es “error

