CAPÍTULO 2 — Las puertas que eligen

3283 Palabras
CAPÍTULO 2 — Las puertas que eligen El portón se cierra detrás de nosotros con un suspiro antiguo. El eco corre por los muros como si alguien —o algo— hubiera contenido la respiración y por fin pudiera soltarla. Ares no dice “ya estás a salvo”. Solo me ofrece una cantimplora de cuero oscuro. —Bebe. Es agua de luna. —¿Eso es un nombre poético o…? —O. —Sus ojos brillan con una sombra de humor—. La recogen de la fuente interna; toca la piedra antes de filtrarse. Calma la marca. Obedezco. El líquido está frío sin ser helado, y cuando pasa por la garganta siento que la piel de la muñeca se enfría por dentro. El ardor no desaparece: cambia de idioma. Se vuelve un zumbido bajo, como una canción que puedo casi tararear. Ares me observa. No a la niña perdida, sino a la loba que todavía no sabe qué puede romper. —Bienvenida al Santuario —dice al fin—. Aquí no mandan los Alfas; manda la piedra. El corredor se abre a un claustro inmenso. Arcos romanos cubiertos de musgo, antorchas con luz azulada y, en el centro, una pileta circular de la que brota un hilo de agua que cae y vuelve a caer, paciente. Todo huele a tierra húmeda y salvia. El aire es más denso, más vivo. Siento una presión suave en el pecho, como si el lugar comprobara que respiro. —¿Quién lo construyó? —pregunto. —Nadie y todos. —Ares camina a mi lado, manos en los bolsillos, el paso de un hombre que conoce cada piedra—. Se levantó antes de que las manadas nos volviéramos reyes diminutos. Lo custodian los que recuerdan que la Luna no es un trono, sino una puerta. —¿Puerta a qué? —A ti —responde, y no me mira. Trago. No quiero admitir que me gusta cómo suena. De una galería lateral aparece una mujer de cabello cano recogido en una trenza gruesa. No lleva armas. Su presencia pesa más que un arsenal. —Llegaste tarde, Draven —dice, y cada sílaba me sacude. Tiene la voz de quien ha llamado a muchos por su nombre y ha despedido a más de los que quiso. —Llegué a tiempo —responde él sin enfado—. Nadia, Valeria. Valeria, Nadia. Sanadora del Santuario y mi conciencia cuando me olvido de respirar. Nadia me recorre con una mirada que no humilla. Es clínica y, a la vez, extrañamente tierna. —Muñeca —ordena. Extiendo el brazo. Cuando ve la marca, su ceja sube apenas. —No se está apagando —murmura. —No —dice Ares—. Se está encendiendo. Nadia me toma la mano y la acerca al agua de la pileta. La superficie vibra. Pequeños circulitos de luz nacen y mueren, como si lloviera desde abajo. —Siente —me pide. Cierro los ojos. Bajo los párpados, algo se abre paso: una costa negra, espuma que brilla bajo una luna enorme, un lobo blanco que no es un lobo, sino un trazo de luz. Abro los ojos de golpe. —¿Qué… fue eso? —Recuerdo prestado —responde Nadia—. El Santuario te huele y te devuelve lo que reconoce. —Me suelta—. Trae a la chica a la Sala de Ritos, Draven. Si la marca está mudando, tenemos que dejar que termine de hablar. —Primero ropa y algo de calor —dice Ares. Me doy cuenta de que tiritó. El vestido rasgado es poca cosa contra la humedad que se mete hasta el hueso. Ares me conduce por un pasillo más estrecho. Hay habitaciones pequeñas con puertas de madera y telas colgando del marco como cortinas. Al pasar por una, una runa se ilumina un segundo y luego se apaga. —Las puertas eligen a quienes las cruzan —explica—. Cuando aceptan, guardan. La tercera puerta titila cuando me detengo. Siento el cosquilleo de la marca, una respuesta. Ares no toca la manija; solo espera. Entro. La habitación es simple: una cama amplia con mantas gruesas, una silla baja, un baúl y un cuenco con agua humeante. El vapor huele a lavanda y algo más que no sé nombrar. —Deja que el cuerpo entienda que no lo van a empujar —dice Ares desde el umbral—. Tienes ropa en el baúl. Cuando estés lista, te llevo a la Sala de Ritos. —Hace una pausa—. Y come. Lo decidido con hambre pesa distinto. No me doy cuenta de que me estaba sosteniendo de él hasta que ya no está. Me visto con pantalones de lino oscuro y una camisa amplia que me cae como nube. El tejido parece hecho para el cuerpo de alguien que corre de noche. En el baúl encuentro pan de corteza crujiente, un queso suave, uvas negras. Como de pie, mirando la puerta como si fuera a desaparecer si parpadeo demasiado. No desaparece. Cuando salgo, Ares está apoyado en la pared opuesta, brazos cruzados, los ojos, otra vez, leyéndome sin prisa. —¿Mejor? Asiento. No me pregunta nada más. Agradezco cada cosa que no pregunta. —La Sala de Ritos —dice—. Luego hablaremos de las reglas. —¿Reglas? —alzo una ceja. —Aquí todos tienen derecho de asilo si la piedra los acepta —responde—. Pero ese derecho viene con obligaciones: no se caza dentro, no se pelea dentro, no se reclama a nadie dentro. —Me mira—. Especialmente eso último. —No pensaba… —No hablaba de ti. —Sus labios se curvan apenas—. Aunque el Alfa que te rechazó querrá venir a reclamar arrepentimientos. La rabia sube rápido, limpia. —Que se atragante con sus arrepentimientos. —Excelente. —Ares endereza la espalda—. Conserva esa energía. La vas a necesitar. Bajamos por una escalinata amplia. A medida que descendemos, el aire se vuelve más frío y… más claro. Es una sensación absurda, como si cada pensamiento fuera una vasija donde el Santuario sopla para ver si está limpia. Al final de la escalera, un salón circular con el suelo de piedra pálida nos espera. En el centro, una losa negra con vetas plateadas: parece una luna rota. Nadia ya está allí, junto a un hombre de piel castaña y ojos dorados que lleva un brazalete con la misma runa del colgante de Ares. —Bastian —presenta Ares—, Centinela de la Puerta Norte. Valeria, la casa no se sostiene sin él. Bastian asiente con la cabeza, respetuoso pero no servil. Su mirada me pesa y luego me suelta, como quien comprueba si un borde está afilado. Nadia me indica la losa negra. —Pon la mano. —¿Pasará algo… malo? —Pasará lo que tenía que haber pasado en ese claro —responde, y su voz no admite miedo—. La Luna no corrige; termina. Respiro. Pongo la palma. La losa está fría. Un frío que escucha. La marca responde con un latigazo dulce. No duele. Se abre. Siento capas de mi piel que no sabía que existían, como si la mano tuviera más manos por dentro, todas buscando encajar. Una vibración corre del suelo a mis costillas. La losa brilla en patrones que no entiendo; la luz se junta bajo mi palma, y mi media luna se desdobla. Gimo. No es dolor. Es choque. La media luna se parte —no en dos— sino en una corona de fragmentos que giran y vuelven a unirse formando una circunferencia incompleta: una luna con fisuras, un anillo quebrado que, sin embargo, cierra. —Qué demonios… —susurra Bastian, no como Centinela, sino como hombre que ve una ley nueva. Nadia inspira, temblorosa por primera vez. —Luna Rota. —Eso no existe —digo, y mi voz suena demasiado pequeña. —Decían lo mismo del Santuario —responde ella—. La Luna Rota no es destrucción. Es… memoria de lo que se rompió para abrir camino. Ares no se mueve. Me mira como si por fin lo que estaba buscando tuviera nombre. —Por eso te ardía —dice—. Intentaron forzar un rechazo donde el lazo no había terminado de escribirse. La piedra te está reclamando a ti, no a nadie sobre ti. La palabra “reclamando” se clava. En mi mundo, reclamar es un acto de poder. Aquí suena como un acto de reconocimiento. —¿Y ahora qué? —pregunto, con los ojos clavados en el anillo fisurado que brilla bajo mi piel. —Ahora decides si aceptas asilo formal —dice Bastian—. Si lo haces, el Santuario te cubre. Cualquier Alfa que te toque, se enfrenta a todos nosotros. —¿Y si no lo hago? —Sales por la misma puerta por la que entraste, con un nombre que otros intentarán usar para encerrarte. —Nadia me mira—. No te voy a mentir: aceptar asilo tiene un precio. Mientras la piedra te ampare, no puedes atacar ni reclamar. Si eliges a alguien, será fuera y por tu voluntad. —Eso suena… acertado. —También suena lento —dice Ares, y mis ojos lo buscan—. La política es lenta. La guerra no. —¿Esperas guerra por mí? —me escandalizo. —Los hombres que temen lo que no entienden hacen ruido. —Su tono es seco—. Y Damián ya debe saber que no te volviste ceniza bajo su “No la acepto”. El nombre me golpea sin el filo de antes. Solo queda un hueco. Tal vez la peor parte del dolor es que, cuando se va, deja lugar. —Acepto asilo —digo, antes de que mi cerebro empiece a contarse cuentos cómodos. Nadia asiente, satisfecha. Bastian aprieta el brazalete; la runa se enciende. Ares no se mueve, pero siento que algo en él se afloja. No la dureza, sino una contención que no sabía que sostenía. —Hay más —dice Nadia, mirando la losa—. La piedra quiere… hablar. La palabra me da risa nerviosa. —¿La piedra habla? —Las cosas viejas que han visto demasiado encuentran maneras —responde Ares—. Ponte aquí. —Se acerca a la losa y apoya su palma junto a la mía, sin tocarme. El calor de su cuerpo está, de pronto, demasiado cerca. El suelo vibra apenas. No es un terremoto. Es un corazón enorme que late muy hondo. La luz sube por los vetas plateadas, se enrosca en nuestras manos, y un susurro que no viene de ninguna garganta llena el salón: Hija de Mar, sangre de Luna. La grieta te nombra. No fuiste negada; fuiste apartada para ver. Trae tu nombre entero o el mundo te lo pondrá. Retiro la mano, mareada. “Hija de Mar”. Nunca me llamaron así. Mi madre murió cuando yo era pequeña; mi padre siempre evitó contar demasiado. —¿Valeria? —Ares me sostiene de los hombros, firme pero cuidadoso—. Tu pulso… —Estoy —respondo, con la voz en otro sitio—. Estoy. Nadia apoya su palma sobre mi cabeza un segundo. El mareo se disuelve como sal. —Tu linaje no es común —dice—. Sangre de agua y de luna. Pensaba que eran historias para cachorros, pero… aquí estamos. Me río sin humor. —Yo pensaba que hoy me iba a dormir comprometida y… ya ves. —A veces la Luna cambia de guion —murmura Ares. El silencio que sigue no es incómodo. Es denso. Sus manos siguen en mis hombros. Me doy cuenta y doy un paso atrás. Él no me retiene. —Debo avisar al Consejo del Santuario —dice Bastian, profesional otra vez—. Y preparar las patrullas. Si los Torres intentan presionar las puertas, quiero ojos en cada arco. —No pueden entrar si la piedra no los acepta —recuerda Nadia. —Pueden intentarlo —replica Bastian—. Y a veces eso basta para que otros se asusten. —Ve —ordena Ares—. Yo me encargo de… —me mira—. De presentarle la casa a Valeria. Bastian se va, sus botas apenas suenan. Nadia recoge algo del suelo —un pequeño disco de piedra n***o, gemelo de la losa, con una runa en el centro— y me lo entrega. —Es un sello de paso. No abre puertas; pide permiso. Si te pierdes, la casa te trae. —Me mira a los ojos—. No te pierdas. No lo dice como amenaza, sino como rezo. Asiento. Ares me guía por un corredor que se abre en balcones a desniveles distintos. Desde arriba, veo a otros: una mujer con cabello rojo afilando flechas sin punta —¿flechas sin punta?—; dos jóvenes practicando con bastones acolchados; un niño impulsando barquitos de madera en un canal estrecho con el dedo. —¿Viven muchos aquí? —pregunto. —No. —Se apoya en la baranda—. El Santuario no es un pueblo; es un ritmo. La gente viene, sana, aprende, recuerda… y se va. Algunos nos quedamos a sostener los muros. —¿Y tú? —No sé por qué pregunto, pero ya lo hice. —A mí me encontraron aquí. —Se encoge de hombros—. Cuando no tienes nada que perder, construir empieza a tener sentido. Me rasco la marca sin darme cuenta. Él lo nota. —Te duele otra vez. —No. —La miro—. Es distinto. Como si respirara por su cuenta. —Lo hace —dice—. Está terminando de encajar. —¿Encajar con qué? —Alzo una ceja. —Con lo que eres. —Su boca se curva—. Esa parte viene sin manual. Cruzamos a un jardín interior. Hay árboles pequeños cargados de flores blancas que parecen pedacitos de luna clavados en ramas oscuras. En el centro, una fuente de la que nace el hilo de agua que vi antes, arriba. Ares me deja sola con el gesto de alguien que no abandona, solo se aparta medio paso. —Tómate un respiro. Nadia vendrá en un rato a verte la marca. Luego, hablaremos de cómo quieres que se cuente tu historia cuando la pidan. —¿La pidan? —Noticias como la tuya corren. —Sus ojos se endurecen—. No dejaré que te conviertan en fábula a conveniencia ajena. —No necesitas… —empiezo. —Lo sé. —Inclina la cabeza—. Aun así. Se aleja. Lo sigo con la mirada, sorprendida por lo fácil que me resulta hacerlo. Cuando desaparece por un arco cubierto de hiedra, me siento en el borde de la fuente y meto los dedos en el agua. Fría, viva. La marca canta. Cierro los ojos. El jardín huele a lluvia que todavía no cae. Recuerdo la voz de la losa: Trae tu nombre entero o el mundo te lo pondrá. Nombre entero. ¿Cuál es el pedazo que me falta? Un golpe seco me saca del pensamiento. No proviene de dentro: viene, como un trueno, desde más allá de los muros. Levanto la cabeza. Otro golpe. Luego, una voz agrandada por la piedra: —Por orden del Alfa Torres, exigimos paso. Venimos por una loba de la manada Alba que abandonó el círculo. La sangre me sube a las mejillas, pura indignación. Nadia aparece por el arco, seria. —No pueden entrar —dice—. Pero pueden gritar hasta que el miedo haga el trabajo por ellos. ¿Quieres escucharlos o prefieres la Sala de Silencio? —Quiero escucharlos —respondo, sin pensarlo—. No voy a esconderme del eco de una mentira. Nadia me evalúa y asiente. Caminamos hacia el balcón más alto. Varios Centinelas ya están allí, quietos, observando como si miraran la lluvia decidirse. Más allá del foso natural que circunda el Santuario, los Torres han plantado estandartes. Damián no está; su Beta, sí. Sostiene un cuerno de llamada y repite, con voz de sentencia: —Exigimos paso. Traemos clemencia del Alfa. La palabra “clemencia” me entumece de rabia. Ares ya está en el borde del balcón, sin capa, sin insignias, sin necesidad de levantar la voz. —La piedra no reconoce exigencias —responde—. Y aquí la única clemencia que importa es la que cada quien se da a sí mismo. —Se llevaron a una de las nuestras —insiste el Beta—. Una hembra confundida a la que el Alfa perdona. —No soy de nadie —digo, y mi voz, aunque baja, llega. No sé si por la acústica o por la marca ardiendo como un faro. Un murmullo recorre a los Centinelas. Me doy cuenta de que acabo de plantar mi bandera y que no hay vuelta atrás. —Valeria —dice el Beta, con una dulzura aprendida—. Vuelve. Se te concederá lugar. El Santuario parece tensarse, como un gato que decide si salta. Ares me mira de reojo: no me dice qué decir. Solo está. —Mi lugar me lo concedo yo —respondo—. Y lo reclamo aquí. —Levanto la muñeca para que vean la marca—. La Luna decidió donde ustedes no supieron. —Blasfemia —escupe el Beta. —Cansancio —corrige Ares—. Vuelvan a su bosque. O quédense ahí afuera a ver si la piedra se gasta porque le gritan. El Beta duda. Da una orden corta. Los estandartes no se mueven, pero el cuerno se silencia. Saben que no entrar es no ganar. Nadia exhala. —Esto recién empieza. —Siempre —responde Ares. Estoy a punto de bajar la mano cuando la marca, de pronto, se calienta. No como antes: es un calor que sube del suelo, recorre mi brazo y se posa bajo la clavícula. Un brillo nace en la piel, un círculo incompleto como el de la losa, solo que más fino. Nadia ahoga un grito. —La piedra te está… sellando —murmura. —¿Eso es bueno? —pregunto, seca. —Eso es irrevocable —responde Ares. El brillo se apaga, dejando una sombra apenas visible bajo la clavícula. Una joya invisible. El Santuario responde con un gong suave, que nadie golpeó. Los de afuera también lo oyen. El Beta retrocede un paso. Sabe algo que yo aún no. —¿Qué significa? —le pregunto a Ares, la garganta apretada. Me mira con esa seriedad que no pesa; sostiene. —Significa que el Santuario te reconoce como portadora. —Deja que la palabra repose—. Y las portadoras no solo reciben asilo. Lo conceden. El mundo se me hace más grande y, al mismo tiempo, más estrecho. Siento la responsabilidad como un abrigo que no pedí y que, sin embargo, calza. —¿Conceden… a quién? —pregunto. Nadia y Ares intercambian una mirada que no entiendo aún. Ares me responde sin rodeos: —A quien tú elijas traer. A una manada, a un nombre, a una guerra… o a mí. El silencio se rompe con el aullido de los estandartes al agitarse en el viento. No sé si tiemblo por eso o por la forma exacta en que él dijo “a mí”. Trago. La luna, detrás de las nubes, parece más cerca. Y el Santuario, otra vez, susurra —no con miedo, con promesa: Elige bien, Valeria. Lo que entre por ti, se quedará.
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