Podía oír ruidos metálicos, incesantes ruidos metálicos, era como si taladraran mi cabeza. No podía entender ¿quién en su sano juicio haría una cosa semejante? Abrí los ojos encontrándome con mi habitación muy iluminada. Me senté en la cama llevándome una mano a la cabeza. Dolía, era más bien como si el corazón latiera en mi cabeza.Cada movimiento de mi cuerpo se sentía como si lo hiciera en cámara lenta, mi cuerpo pesaba una tonelada y el maldito ruido no paraba. —¡Puedes parar! —grité poniéndome de pie. Trastabillé al hacerlo recordando mi pie malo. —¡Rayos! Entonces las vi, junto a mi cama reposaba un par de muletas. ¿En qué momento llegaron ahí? No recordaba tenerlas, debía ser obra de él. Suspiré con tristeza, si nuestra historia fuese diferente aquel gesto alegraría a mi corazón,

