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Sujeta mi mano

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destinado
de amigos a amantes
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tierra realista
crush de la infancia
first love
amistad
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Descripción

Toda nuestra vida invertimos energía en encontrar a nuestra otra mitad, esa persona que nos complementa, el amor de nuestras vidas. Estamos tan desesperados que saltamos de persona en persona, sintiendo como el reloj continúa avanzando y el tiempo parece escurrirse entre nuestros dedos.

¿Qué pasaría si esa persona que estuviste buscando está más cerca de lo que piensas? ¿Qué pasaría si el amor que está destinado para ti, siempre estuvo a tu lado y no lo notaste? ¿Acaso será demasiado tarde cuando por fin te des cuenta?

Esta es mi historia o mejor dicho, nuestra historia. Dos vidas destinadas a estar unidas para siempre por algo mucho más fuerte que la sangre. Nunca imaginé que aquel día unas galletas con los bordes ligeramente quemadas marcarían el momento que cambiaría el curso de nuestras vidas.

“Si tu sangras yo sangro”

Hay promesas que duran para siempre, aunque a veces hay para siempre que no duran toda la vida. ¿o si?

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EL PASADO SIEMPRE REGRESA
—¡Regresa! —desperté en medio de un grito. Lo vi, con sólo unos segundos más esa sombra se convertiría en él. Hacía mucho tiempo que no tenía este tipo de sueños, un par de años para ser más exacta, desde que conocí a James. Ahora que él ya no estaba, los sueños regresaban. El sonido aturdidor de las granadas, el polvo cubriéndolo todo, el olor a cuerpos descomponiéndose, junto con tierra y miedo; porque si, el miedo tenía un olor característico, casi imperceptible, pero real. Desde que él se marchó, me volví una experta en reconocer esa esencia. Como en todas las ocasiones, corría aterrada en medio del caos, entre escombros y explosiones. Escuchaba los gritos, sin poder detectar su voz en medio de todo aquello y por más que lo intentaba no lo encontraba, nunca lo hacía. Intenté dormirme, sin embargo en estos momentos mi almohada era más aterradora que aquellas granadas, así que tomé una profunda respiración y salí de la habitación en busca de algo que me ayudara a calmarme. —¡Maldición! —mi dedo pequeño del pie derecho golpeó una de las cajas que estaban desperdigadas en el pasillo. No veía nada sabía que todo el corredor era un campo minado. —Debo comenzar a devolverlas —estuve diciendo lo mismo, cada noche de este terrible mes. Llegué hasta la nevera observando su interior, un jugo de naranja que exprimí hace unos días era lo único que me aguardaba. Suspiré exasperada, debía recordar hacer las compras mañana. La luz en el contestador llamó mi atención cuando me disponía a volver a la habitación. No recordaba haberlo visto al volver a casa, aunque claro, después de trabajar un turno de catorce horas creando el nuevo menú para el restaurante, era de esperarse que mi atención estuviera algo dispersa al regresar. —Hola, Violeta. Es mamá. —Se escuchó la voz animada de mi madre en el contestador—. No hemos tenido noticias tuyas desde hace tres días. Tus hermanas y yo nos preocupamos, espero no estés trabajando demasiado. Carlie cada día es más hermosa y se parece más a ti. —sonreí al recordar las imágenes que Lily me envió de mi pequeña sobrina esta mañana, era hermosa con su cabello castaño ensortijado en las puntas. —Te recuerdo que en una semana la agente inmobiliaria irá a la casa para prepararla para la venta. Es tiempo de regresar, cariño. Odiaría que perdieras todos esos lindos recuerdos de tu niñez y adolescencia. Lucy me dijo que no pediste tus vacaciones, considera este el momento perfecto y después ven a visitarnos a tus hermanas y a mi a la costa este. Te extrañamos. No olvides que te amo. —Se despidió y todo lo que quedó fue el silencio de nuevo en la sala. Pensar en regresar me helaba la sangre. Aún recordaba la última vez que volví a casa sin saber que sería la última vez. No tuve el valor de volver y enfrentarme a su ausencia. Transcurrieron seis años desde entonces. Caminé hasta la ventana de la sala observando las luces de la ciudad. Podía escuchar el tráfico a la distancia, aún cuando me esforcé por atenuar los ruidos. Ni siquiera el constante caos de la ciudad que nunca duerme, fue suficiente en las noches solitarias cuando los recuerdos conseguían asaltarme. Me quedé dormida observando las luces, escuchando las bocinas junto a los camiones que llegaban a descargar la carne del día para el restaurante del otro lado de la calle. Dejando que Nueva York me prestara cobijo como lo hizo desde que huí de ahí, esperando que la distancia lo borrara todo o al menos pusiera un velo que mantuviera a raya los recuerdos de esos años, los mejores de toda mi vida. Desperté sintiéndome consternada, sólo bastó aquel mensaje de mi madre en el contestador para que lo trajera de nuevo a mi vida, como si nunca se hubiese marchado. Sorteé las cajas del pasillo camino a la cocina para prepararme un té y un par de tostadas para desayunar. De forma involuntaria mi mirada se detuvo en el contestador, ahí donde el color rojo anunciaba la presencia de un mensaje guardado, siempre marcaba uno, porque nunca fui capaz de terminar de escuchar ese mensaje, tan pronto oí su voz al otro lado, no volví a contestar a un número desconocido por un largo rato, y aunque no constaté que ese mensaje fuese suyo, tenía la certeza que me daba mi instinto que sería su voz la que ahí encontraría. —¿Te tomarás vacaciones? ¿Por cuántos días? Violeta no estoy segura que podamos hacerlo sin ti. ¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Ahora tendré que buscar un reemplazo! No creo que alguien esté disponible hoy mismo. —Comenzó a decir de forma atropellada casi sin respirar. —Lucy, respira —me reí—. Todo saldrá bien. Y si en algún momento sientes que te sobrepasa cierra por unos días. —¿Cerrar por unos días? ¿Quién demonios eres y qué hiciste con mi socia? —Respira... —repetí— Nada me ha pasado, sólo hay un asunto que debo resolver lo más pronto posible. —Está bien, nos la apañaremos sin ti. Solo trata de resolver lo que sea que tengas que resolver lo más pronto posible, por favor —le escuché rogar. —Lo haré. Te llamo tan pronto sepa cuando volveré. Adiós. Colgué la llamada sorprendida por mi repentina decisión. La primera vez que mamá lo mencionó recuerdo pensar que prefería perder todos aquellos recuerdos que regresar. ¿Qué cambió desde entonces? El sueño, eso cambió. Durante tres años las pesadillas desaparecieron, se que eso se lo debía en gran parte a James, desde que vivíamos juntos no hubo una noche en la que no descansara con serenidad. El día antes de que todo regresara, le devolví la sortija de compromiso y él fue a buscar el resto de sus cosas al apartamento, fue la última señal de que todo terminó. La primera noche durmiendo de nuevo en soledad, sin un guardaespaldas que velara mis sueños y él había regresado. —¿Alguna vez saldrás para siempre de mi vida? —pregunté a la habitación vacía, sentándome en la cama suspirando. Una de mis manos rozó mi rodilla desnuda, tocando la porción de piel donde una fina línea irregular se mostraba imperturbable como una respuesta obvia a mi pregunta. No, aquello nunca sucedería. Y sin dejarme embargar por la sensación de pesadez y tristeza que empezaba a arremolinarse en mi pecho, llené mi valija con la ropa necesaria para pasar unos días en el que durante muchos años fue mi hogar y dentro de poco sería el de alguien más. El camino a Rochester fue más largo de lo que recordaba. Desde hace seis años no ponía un pie en aquella ciudad. Mis hermanas tuvieron mucho que decir al inicio, porque aunque ya no vivían en la ciudad, tuvimos que trasladar las reuniones familiares a Nueva York y a Los Angeles, donde vivían mis dos hermanas. Aunque no regresé en todos esos años, no me atreví a mudarme más lejos, creo que en el fondo tenía la esperanza de saber que había regresado. Una ilusa fantasía. Me tomó siete horas llegar a Rochester, en un punto imaginé encontrar un problema en la vía y tener que volver a Nueva York, para decir “Yo hice todo lo posible, el destino así no lo quiso”. Aquello no fue más que un sueño y en este momento me encontraba entrando a la ciudad que me vio crecer. Fui observando con detenimiento todo el camino hasta la casa, viendo un par de tiendas que no estaban ahí la última vez que estuve aquí, así como otras tantas que habían cerrado. Mi corazón comenzó a latir con fuerza a medida que la distancia se acortaba, gotas de sudor frío cayeron desde mi nuca hasta mi espalda. Cuando apagué el motor frente a la casa, podía escuchar los latidos de mi corazón como si se tratara del bajo de un estéreo. No me atreví a mirar al otro lado de la calle, no podía hacerlo, ya era demasiado doloroso regresar aquí, como para dejarme inundar por todos los recuerdos vividos en esta calle. Bajé del auto con determinación sin mirar atrás. —Todo lo que tienes que hacer es entrar, guardar todo en cajas y mañana al final del día estará todo listo —me dije a mi misma mientras entraba la llave en el cerrojo—. Luego conducirás de regreso a Nueva York y tomarás un avión a Los Angeles para pasar Acción de Gracias con tu familia. Se convirtieron en nada más que palabras, al poner un pie dentro de la casa. Vacío y pesadumbre me golpearon al encontrarme con una sala vacía. —Hablaba en serio cuando dijo que solo quedaba mi habitación —murmuré observando el espacio donde una vez estuvo el sofá en el que me acurrucaba los días de nieve, junto a la chimenea, disfrutando del chocolate caliente y las galletas de avena. Subí las escaleras un peldaño a la vez, viendo las paredes vacías donde antes colgaban las fotos familiares. Me detuve al llegar arriba y ver que la foto de nuestra graduación ya no estaba, se negó a usar corbata aún tratándose de un día tan especial, no encontré manera de convencerle que la dejara atada en su cuello. —¡Mantente enfocada! —me reprendí avanzando a mi habitación al final del pasillo. Abrí la puerta temerosa y al girar el pomo fue como retroceder en el tiempo. Todo lucía igual. Mamá no cambió una sola cosa desde la última vez que estuve aquí. Supongo que debió pensar que en algún momento regresaría y no lo hice. Me senté frente al escritorio detallando los lápices de colores y cuadernos de notas. Incluso el unicornio que ganamos en la feria de diversiones del último año seguía ahí. Revisé en los cajones y mis manos retrocedieron como si fuese radiactivo. Todas las fotografías estaban ahí golpeándome una y otra vez. —¡Lo dejaré de último! —Cerré de golpe el cajón retrocediendo—. No estoy lista para esto aún. El sonido del móvil causó un estruendo en la habitación distrayéndome de la pesadez que había comenzado a abrumarme. —Hola, mamá. —Hola, cariño. La señora Thompson llamó diciendo que había un sedán plateado frente a la casa. ¿Cuando has llegado? —había un deje de preocupación en su voz. —No hace mucho. El tráfico estaba fatal. —¿Cómo te sientes? Debes estar exhausta. Me gustaría estar ahí para ayudarte. —Sabía lo que de verdad quería decir era que le gustaría estar aquí por si me quebraba, para consolarme y cuidarme como había hecho desde que se fue. —Estoy bien. Es mucho más sencillo de lo que imaginé —le mentí— Al parecer el monstruo solo estaba en mi cabeza —agregué con aras a ser más convincente. Esperaba haberlo conseguido. —Me alegra. Debo admitir que estaba muy preocupada. No creí que volverías a casa. Pensé que tendría que pedirle a la señora Thompson que empacara todas tus cosas. —Aún no descartemos esa posibilidad... —murmuré por lo bajo. —¿Qué dijiste? —Que es mejor que comience ahora si quiero estar con ustedes para Acción de Gracias. —¿De verdad? Creí que tendríamos que volar a Nueva York a última hora. —No le haría eso a Lily con los niños. Estaré en Los Angeles para Acción de Gracias. Te aviso al terminar aquí, no creo que me tome más de un día. —Esta bien, cariño. Es mejor que te deje para que puedas avanzar. Te amo. —Y yo te amo a ti, mamá. Dale mis saludos a las chicas —me despedí y de nuevo todo lo que quedó fui yo y una habitación desbordando de monstruos de los recuerdos. Así que hice lo único que podía hacer para evitarlos, darle play a la lista de reproducción que utilizaba para limpiar, donde Marron 5 y Megan Trainor se encontraban en ella y comenzar en la tarea de forma automatizada, apilando libros para ser posteriormente guardados en cajas. Me avoqué a la tarea hasta que el sol empezó a ponerse, en ese momento me detuve frente a la ventana para observar los colores rojizos que pincelaban el cielo y sin querer me encontré mirando en dirección a aquella casa. El césped estaba verde, igual que ese día. De hecho la casa lucía exactamente igual, nada había cambiado, sólo faltaba él. Y sin poder alzar a tiempo las barreras en mi mente, me dejé arrastrar a aquel día, hace veinte años a el día en el que todo comenzó justo en ese lugar. —¿Qué tal te fue, cielo? —tan pronto me escuchó cerrar la puerta se aventuró mamá a preguntar. —Tengo un nuevo mejor amigo. Su nombre es Lucas. Yo le digo Luke —me senté en uno de los taburetes de la cocina para verla mientras cocina el almuerzo. Olía delicioso. —¿Tú nuevo mejor amigo? ¿Y qué pasa con Silver y Marie? —Ellas también son mis mejores amigas, mamá. No sabía cómo no podía entender, que tenía espacio en mi vida para todos. —¿Qué tal es este Lucas? —Es un poco gruñón, me agrada. Había algo en él que no era capaz de explicar. Lo vi desde mi habitación sentado en el césped, luchando con algo, quizás con él mismo y me dí cuenta que me necesitaba. Y de alguna manera yo lo necesitaba a él, como dos piezas que forman parte del mismo rompecabezas. —Se acaba de mudar a un vecindario nuevo, hija. Es normal sentirse algo amenazado por lo desconocido. —Por eso las galletas fueron una buena idea. Se las devoró todas —respondí sonriendo. Al principio creí que diría algo por su expresión al dar el primer bocado, después parecieron gustarles porque no dejó una. —De seguro que sí, tesoro —dejó un beso en mi cabeza y continuó haciendo la comida. —¿Y Jazmín y Lily? Mi mamá tenía el síndrome de la florista, así que quiso tener sus propias flores. Como consecuencia mis dos hermanas y yo, teníamos nombres de flores. A veces me preguntaba qué habría sucedido en caso de tener un hijo varón, porque ahí no sé qué nombre le hubiese puesto; quizás algo como Cactus o Cardón. Al terminar la comida decidí ir a espiar un poco a mi nuevo amigo. Mamá de seguro se pondría molesta, si no lo sabía no importaba. Trepé a mi casa del árbol subiendo por la escalera que mamá hizo para mí. Desde allí tenía una vista perfecta de las casas al otro lado de la calle, incluida la de Luke que estaba justo frente a la nuestra. Podía ver la ventana de la que parecía ser su habitación, lo vi sentado cubriéndose las orejas con las manos, no lucía nada feliz. Me entristeció verlo de esa manera. Él no demoró en salir por la ventana, deslizándose a través del techo hasta llegar a un árbol cercano por el que bajó hasta el suelo. Miró hacia atrás y después comenzó a caminar alejándose en dirección al parque. Me quedé viéndolo hasta que se convirtió en un pequeño punto n***o incapaz de distinguir. Después de eso, me senté en el piso algo molesta. Sus padres ni siquiera notaron que se marchó, nadie salió a buscarle, nadie se preguntó a dónde se fue. Él era nuevo aquí ¿y si llegara a sucederle algo? ¿Si se perdiera? Pensé en ir tras él, sin embargo, tan pronto pusiera un pie lejos, mamá lo sabría, siempre era así. Regresé hasta la ventana determinada a montar guardia hasta comprobar que Luke regresaba a casa sano y salvo. La silueta de un niño comenzó a verse casi a las siete de la tarde. Empezaba a anochecer cuando Luke atravesó la ventana de su habitación. Sus padres al parecer nunca supieron que salió de casa, ni se preocuparon por asegurarse que se hallaba en su habitación. Comenzaba a entender por qué Luke quería regresar a casa con sus amigos, debía sentirse muy solo sin ellos. Al día siguiente mamá nos llevó a clases muy temprano. Tenía la esperanza de verlo ahí. Pasé la primera parte de la mañana ansiosa, sin tener idea de lo que dijo la señorita Harrison, limitándome a copiar lo que escribió en el pizarrón; como decía mi mamá, se quedó en el papel porque a mi mente no llegó, no pasó el puente. Comencé a pensar al salir de clases en llevar a Luke a mi lugar favorito. Yo lo usaba cuando estaba triste quizás él se sintiera triste por que dejó a sus amigos y a su casa. Él dijo que le gustaba mucho. Así que podría prestarle mi lugar, podría sentirse mejor. Me uní a Silver y Marie en la cafetería de la escuela, las vi observando a un niño que estaba solo en el columpio. —¿Qué ven? —pregunté plantándome junto a ellas. —Es el niño nuevo. Es muy raro y dice muchas palabrotas —me explicó Silver dándole una mordida a su sándwich. —Sí, dicen que se acaba de mudar cerca de tu casa, Violeta —Marie me miró y yo observé al niño del columpio. Tenía el cabello castaño claro un poco desordenado cayendo hasta sus ojos. Su piel era blanca como la mía. Lo vi jugar con esas figuras de acción que conocía y una profunda alegría me invadió al reconocerlo. —Hablamos luego —me despedí y fui hacia donde estaba. Las escuché gritar a mi espalda, no me detuve, todo lo que quería era hablar con Luke. —Esperaba verte aquí. —Me senté en el columpio de al lado. Aunque sabía que lo más probable era verlo por la cercanía de nuestras casas. —Es el más cercano a casa. Así puedo volver andando. —No se veía nada feliz. Definitivamente lo debía llevar a mi lugar secreto. —Podemos volver andando juntos. —Él levantó la mirada y detallé sus ojos por primera vez, eran los ojos más azules que vi en mi vida, un azul profundo. —¿De verdad? Todos hablarán de ti y te mirarán extraño porque andas con el niño nuevo y raro. —No me importa. Eres mi amigo. Además, tienes suerte. Me gusta lo raro. —Comencé a mecerme fuerte en el columpio y lo vi sonreír. No sonreía mucho, pero cuando lo hacía se marcaban dos hoyuelos en sus mejillas y ya no lucía tan gruñón. Intentaría hacerlo reír más a menudo. —Eres rara. —Mira quien lo dice —me reí bajando del columpio—. Quiero mostrarte un lugar cuando salgamos de clase. Es mi lugar secreto. —¿A mí? —se señaló un poco sorprendido y yo no hice más que reír. Podía imaginar lo difícil que debía ser no tener amigos y que te trataran mal en tu nuevo hogar. Estaba convencida que debía demostrarle que podía ser divertido estar aquí. Así no extrañaría tanto su casa ni estaría tan triste. Al sonar la campana salió a todo lo que daban mis pies hasta la entrada de la primaria. Vi a Luke esperando, mirando hacia todos los lados, un poco incómodo. Los demás lo observaban y hablaban de él. Corrí a su encuentro y lo tomé del brazo para marcharnos juntos, sintiendo la mirada de todos, incluida Marie y Silver, quienes boqueaban como peces, en una expresión un tanto graciosa. —¿A dónde vamos? —preguntó intentando respirar mientras corríamos a través del parque. —Ya casi llegamos. Queda detrás de mi casa —lo llevé a través del jardín, pasando la cerca de madera que mamá mandó a colocar para separarnos de ese matorral, como ella dice. —Llegamos —extendí mis brazos mostrándole unos cuantos árboles que crecieron entrelazados, creando una especie de cueva o refugio dentro. También se podía trepar, porque no eran muy altos, hasta la improvisada casa del árbol que mi tío Phillip, junto con mamá me construyeron la Navidad pasada. —¿Es tuyo? —paseó alrededor de los árboles tocando sus troncos y las ramas que alcanzaba con los dedos. —Sí. Y ahora también es tuyo. —¿Mío? —giró sobre sus pies mirándome como si tuviese un payaso en mi cabeza. —Sí. —¿Por qué? —Porque ahora somos amigos. Así cuando te sientas triste o enojado puedes venir aquí para estar solo. O puedes buscarme allá arriba —le señalé la casa del árbol sobre nuestras cabezas—. Siempre podrás contar conmigo. —¿Te dije que eres rara? —sonrió y volví a ver esos pequeños hoyuelos. —Si —me encogí de hombros sonriendo también. —Supongo que por eso eres mi amiga. Ten —me entregó sus dos figuras de acción y yo las miré sin saber qué hacer con ellas. Nunca jugué con figuras de acción, hasta ahora. —¿Por qué? —Si ahora somos amigos, todo lo que tengo también es tuyo. —Cerró mis manos alrededor de las figuras. Nadie nunca antes me ofreció eso. Ni siquiera Silver o Marie. Con mis hermanas siempre peleaba cuando una usaba las cosas de la otra. De ahora en adelante Lucas… ¿cuál era su apellido? Era mi mejor amigo. —¿Cuál es tu apellido? Si somos mejores amigos que comparten todo. Debería saber tu nombre completo. —Soy Lucas Daniel Millar Hotch. —Y yo, Violeta de la Rosa Prentis. —No puede ser —se carcajeó al punto de tener que sujetarse la panza. . —Si, mi mamá es una florista y quiso tener su propio jardín. Ya puedes terminar de reírte. Además, mis abuelos vienen de España. Estoy acostumbrada a este tipo de reacciones, al inicio me molestaba con mi mamá, por su creatividad (si a eso puede llamársele creatividad), no paraban de molestarme en el jardín de infantes, después lo superé. —¡LUCAS! —escuché llamar a una mujer. —Es mi mamá. Nos vemos mañana. Y… —se me quedó mirando como si estuviese atragantado y no salieran las palabras. —De nada. —No necesitaba que lo dijera porque ya vi como brillaron sus ojos cuando decidí compartir este lugar, para mí eso era suficiente—. Hasta mañana, Luke —le di un beso en la mejilla que le costó aceptar y ambos volvimos a casa. Sabía que no era el niño más amigable del mundo. Sin embargo, cuando le conocí sentí algo, no sabía muy bien que era; escuché a mi mamá muchas veces decir que era buena espina, así que tal vez de eso se trataba. Lo que sí sabía con certeza, era que Él necesitaba un amigo y yo nunca le negaría la amistad a nadie. Además, creía que en el fondo a pesar de que quisiera aparentar que nada le importaba, fingiendo que los comentarios no le tocaban, en el fondo, si lo hacían, y si fuese yo quien estuviera en su situación, no me gustaría estar sola. Algo que siempre decía mi mamá, era que es más fácil enfrentar los problemas cuando somos dos, de esa forma toda carga es menos pesada y todo camino menos difícil, si teníamos compañía. Yo sería su compañía.

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