Hay días en que lo imposible se hace posible.

3421 Palabras
    Las detonaciones cesaron y el sonido aturdidor de las bombas al explotar contra las superficies, es reemplazado por un silencio sepulcral. Matt me hizo señas indicándome que era tiempo de entrar. Teníamos que buscar sobrevivientes y trasladarlos a nuestro campamento para ser atendidos. Observé al resto de la tropa desplegarse como hormigas a través de las calles, emitiendo apenas sonido al hacerlo, era algo que solo lograbas con entrenamiento duro y años de práctica, en especial cuando tu vida solía depender de ello lograbas hacerte bastante bueno en ello.     Con cada pisada escuchaba los distintos ruidos de mi pie al rozar el suelo y los escombros. El crujir componía una especie de canción al ritmo de los latidos de mi corazón, sin importar cuanto tiempo transcurriera, la adrenalina seguía siendo la misma, cada minuto que pasábamos aquí era un minuto en el que retábamos a la muerte, podrían regresar en cualquier momento y en ese instante el caos se desataría. Todo podría acabar en cuestión de minutos.     Caminé cuidando mis pisadas, atento al mínimo movimiento. Era muy difícil ver dentro de la espesa nube de polvo que había en los restos de las casas. Lo era aún más que alguien sobreviviera al bombardeo. Continué mi tarea y por la esquina de mi ojo izquierdo observé un movimiento, casi imperceptible. Levanté mi arma y me acerqué con cuidado, podría a tratarse de un enemigo, siempre existía esa posibilidad.     Levanté con dificultad un trozo de pared que se vino abajo sobre una mesa y entonces la vi. Mi corazón se comprimió al verla encogerse abrazando un sucio muñeco. Tenía los ojos vidriosos y en su rostro inocente se dibujaron los caminos por los que las lágrimas corrían en sus mejillas. El rostro cubierto de tierra y humedad, el cabello oscuro recogido en un coleta despeinada y el temor tatuado en su mirada. No debía tener más de seis años, era tan pequeña, ningún niño tendría que quedar en medio de tanto odio, dolor y muerte.     —Vengo a ayudar —me esforcé por hacerme entender en árabe y ella no pareció entender, así que probé con otro idioma, mi persa no era muy bueno, así que repetí la misma frase viendo un atisbo de alivio en su mirada.     —Déjame ayudarte... —le  pedí colgando mi arma a un lado; le ofrecí mis manos para ayudarle a salir de debajo de la mesa.     Ella dudó mirando alrededor, lucía muerta de miedo, creo que era mayor su miedo a quedarse aquí, sola. Así que sujetó una de mis manos y con la otra apretó el muñeco para que no se cayera. La sentí temblar en mi mano cuando consiguió salir. Ella continuaba mirando alrededor horrorizada al ver todo convertido en escombros. Esa debía ser su casa, era frustrante no poder ayudar más.     —Anuar… —murmuró.     —¿Qué dijiste pequeña?     —Anuar.. Anuar... —comenzó a repetir cada vez más alto buscando a su alrededor. Debía tratarse de su hermano al que buscaba con insistencia.     —¿Es tu hermano, Anuar? —Me puse de cuclillas para estar a su altura.     —No... —ella negó— Es mi amigo… Anuar... ¿Dónde está Anuar? —Sujetó con fuerza el muñeco, ahora que lo tenía cerca se trataba de un Batman un poco desgastado por el paso de los años.     —Volveré a buscarlo.. Pero, por el momento, necesito sacarte de aquí —le dije con pausa y ella comienza a negar.     —Anuar... No puedo dejarlo... Dejó a Batman para que me protegiera, debo devolverlo. ¿Quién protegerá a Anuar? —preguntó con lágrimas en los ojos y yo tuve tomar un para de respiraciones profundas para recordar todo mi entrenamiento.     —¡Te prometo que regresaré a buscarlo tan pronto te lleve a nuestro vehículo! Anuar querría que estuvieras a salvo —estás últimas palabras las dije con toda la calma que fui capaz de transmitir, ella pareció entender, asintiendo.     —¿Volverás por Anuar? —preguntó de nuevo implorándome con la mirada; yo ya no estaba ahí, viajé en el tiempo hace veinte años. Esta pequeña niña me recordó a ella, a su determinación por siempre salvarme, por no dejarme solo. ¿Qué sería de mi vida de no haberla conocido?     —No debo irme por ahí.—me dije en voz alta y la confusión en la mirada de la pequeña me regresó a la realidad.     —¿Cuál es tu nombre, pequeña?     —Samira.     —Bueno, Samira. Ahora vamos a salir de aquí. Te llevaré a un lugar seguro y después regresaré a buscar a Anuar. Lo prometo.         La tomé en brazos saliendo de la casa con precaución, cuidando mis flancos y evitando quedar al descubierto. Sus manos se clavaron en mi uniforme, ancladas como si fuese su única balsa de salvación. Su corazón latía tan fuerte que era capaz de sentirlo a través de su ropa, ningún niño debería tener que pasar por esto.     Divisé el jeep a unos metros, así que me moví con rapidez al ver a Matt salir de él.     —¿Algún sobreviviente? —le pregunté dejando a la niña en el asiento trasero.     —No. Deberíamos irnos.     —Debo regresar.     —¡Estás Loco, L! ¡Mientras más tiempo permanezcamos aquí, mayor es el riesgo!     —Hay un pequeño niño cerca de donde la encontré. —La señalé con la mirada. —Le prometí que iría por él.     —L… —Me observó negando.     —Si, escuchas a alguien venir, vete y regresa cuando todo se haya calmado. Estaré bien. —Me marché antes de que la cordura volviera a mi mente, consiguiendo detenerme.     Me acerqué con rapidez cuidando mis pisadas y fui revisando casa por casa.          —Anuar… —lo llamé en voz alta al revisar casa por casa.         Levanté un par de escombros, buscando alguna señal de aquel niño. No tenía la menor idea de cómo lucía, pero era una promesa que debía cumplir. Pensé en ella, en cuando éramos niños, si aquello me hubiese sucedido, si la hubiese perdido… no sé qué habría hecho.     Continué mi búsqueda y  no había señales de ningún sobreviviente. Me repetí en mi mente que esto pasaba, estábamos en medio de una guerra, había muchos Anuar enterrados debajo de los escombros, Samiras gritando sus nombres al vacío y los seguirán existiendo, no había nada qué hacer al respecto. Pero aquella mirada, esa pequeña niña se metió dentro de mi, destapando una bóveda que llevaba seis años cerrada.     Ya no sabía cuántos escombros había levantado, tenía la percepción que cada casa era una que minutos antes revisé, todo parecía una jodida espiral. Así que me senté en una esquina sujetando mi cabeza con las manos. ¿Cómo decirle a aquella niña que no lo encontré? ¿Cómo decirle que su Anuar ya no volvería?     La garganta se me cerró, no podía siquiera tragar. No podía partirle el corazón a esa pequeña. Me levanté de nuevo para continuar con mi tarea, seguiría buscándole hasta que cayera el sol, ese sería el momento de regresar al campamento.     Aseguré mi arma entre mis manos y salí de la casa para continuar con el recorrido,entonces vi un rostro familiar. Spock corrió hacia mi cuidando sus flancos. Lo bautizamos con ese nombre porque el primer día no dejó de hablar de ese personaje, fue imposible hacerlo callar.     —L. es tiempo de volver. El capitán pidió la retirada.     —Tengo que...     —Buscar a un niño iraní —terminó mi frase.     —Si. Aún no puedo regresar.     —Rogers lo encontró. Ahora debemos volver.     Esas palabras me llenaron de un gran alivio, escucharlo fue como poder soltar una mochila muy pesada que no sabía que llevaba cargando.     —¿De verdad?     —Si. Matt se lo llevó en el primer equipo de retirada hace unos minutos. Así que mueve tu culo porque hoy no es mi día para morir. —Sonrió de forma burlona, haciendo ese gesto de unir los dedos formando una especie de tres dedos nada más, algo que hacían los nerds.     —Volvamos al campamento —dije entre risas negando con la cabeza, nunca dejaría de parecerme gracioso.     Mientras nos acercábamos al campamento, mi corazón dejaba de martillar mis tímpanos, al tiempo que la sensación de seguridad va regresando a mi cuerpo.      Al entrar al campamento fui a la sección de enfermería sin mediar palabra con nadie. Quería asegurarme que los niños estuvieran bien. Los busqué entre las camas, sin lograr dar con ellos. Resoplé comenzando a perder la paciencia cuando divisé las piernas de Batman.     —¡Samira! —grité su nombre y todos me observaron confundidos. No me importaba, solo quería saber que estaba bien. Corrí los últimos metros hasta la camilla cubierta por cortinas, encontrándola ahí dormida. El temor había desaparecido de su rostro y ahora lucía como una niña común descansando después de un día ajetreado.     Entonces reparé en su mano, estaba sujeta a otra pequeña mano que pertenecía a un niño descansando en la camilla de al lado; debía ser Anuar. Llevaba vendada la cabeza y un cabestrillo en su pierna izquierda, además de eso, parecía estar bien, ambos lo estaban.     —Gracias… —escuché la voz de Samira. Ahora tenía los ojos abiertos y estaba sentada en la cama. Llevaba ropa limpia que le quedaba un poco grande, su cuerpo ya no estaba cubierto de polvo, ahora olía a jabón.     —No es necesario…     —Gracias —repitió—, por traer a Anuar.     Yo asentí porque no era capaz de decir nada más, un nudo estaba atrapado en mi garganta.     Ella se inclinó en la camilla sujetando el Batman entre sus manos y lo extendió en mi dirección con una sonrisa en su rostro.     —Batman me protegió cuando Anuar no estuvo. Ya tengo a Anuar de nuevo, no necesito que me cuiden. Ahora él cuidará de ti.     —Ustedes lo necesitan más, pequeña.      —¿Quién cuidará de ti?     —Ya me las apañaré. Hasta ahora no me ha ido tan mal. —Sonreí colocando una mano en su cabeza.     —Batman te cuidará ahora.. —dijo con determinación extendiendo sus brazos con el muñeco entre sus manos.     Pensé negarme de nuevo pero vi sus ojos, esos ojos en los que la veo a ella, así que mis fuerzas flaquearan aceptando sin renuencia su regalo.  Me gustaría regresar en el tiempo tan solo un minuto y absorberlo todo. De saber que la perdería, lo viviría más, cada minuto hubiese sido como beber de un elixir. Éramos tan ingenuos, pensando que teníamos todo el tiempo del mundo y eso era lo que menos teníamos, tiempo.     —Cuídense mucho, el uno al otro. —Me despedí dejando un beso en su frente, marchándome de ahí lo más rápido que las piernas me lo permitieron. Continuar en ese lugar era seguirme exponiendo a la posibilidad de quebrarme y no podía permitírmelo, no aquí.     —Llegas justo a tiempo —dijo Matt al verme entrar al comedor.     —¿Qué sucede? —Los vi a todos muy felices, no podía evitar preguntarme ¿qué me perdí?     —¡Volvemos a casa! —Tamborileó en la mesa de aluminio con rapidez.—¡Volvemos a casa, L!     Esas palabras fueron un bálsamo para mis heridas. Hacía casi dos años que no iba a casa. Nos dijeron que podríamos regresar a Norteamérica para Navidad, nunca creí que sería posible disfrutar de Acción de Gracias con mi familia.        —Volvemos a casa. —Sonreí sin poder creerlo.      Hoy había sido un día de posibilidades, de esos que a veces ocurren, cuando el cielo se abre y lo imposible, se vuelve posible.     Aquella distancia nunca me pareció tan corta como en ese momento. Veinte horas de vuelo, sin contar las escalas que hicimos. Fue necesario descansar en la base ese día, aunque mi mente no consiguió dormirse del todo. Hacía muchos años que la ansiedad de volver a casa desapareció y ahora parecía la primera vez que regresaba después de una misión; desconocía los motivos de mi estado. Bueno, eso no era del todo cierto. Observé el muñeco de batman en mis manos. Intenté en varias ocasiones dejarlo en mi valija, fue imposible.      —¿Aún sigues con eso? —Matt me observó frunciendo el ceño, me estuvo observando todo el trayecto sin decir una palabra, ahora que teníamos una hora de espera a que llegara el vuelo hacia Rochester había decidido no mantenerse callado—. No se si debería comenzar a preocuparme, L.     —Estoy bien. Es solo que Samira me recordó a alguien que conocí…. —mi voz se apagó y su rostro apareció como una imagen borrosa.     —Una chica, eso es seguro —dijo él sonriendo de forma socarrona.     —No fue de esa forma... —Presioné el muñeco con ambas manos, clavando las uñas en él, no me di cuenta hasta que los dedos comenzaron a doler.     —Nunca es de esa forma.     —¿Estás seguro que tu familia no te extrañará esta Acción de Gracias? —pregunté desviando la atención, no quería hablar de ello. Hacía muchos años entendí que la mejor manera de vivir con ello era pretender que esa parte de mi vida nunca sucedió. Era casi misión imposible, pero “casi”, sobreviví durante estos últimos seis años, así que debía estar funcionando.     —No lo sé. No quiero escuchar a mi tía Patty preguntar cuándo llevaré una chica, a mi madre llorar porque quizás esta si sea la última Acción de Gracias juntos, mi hermana hará enojar a mi madre como siempre escapándose en mitad de la cena. Viajaré al día siguiente.     Matt siempre nos contaba de como todas sus reuniones familiares terminaban en discusiones de una forma nada placentera. Me hacía recordar todas las cenas en casa mientras mis padres estuvieron juntos, era una tortura, en especial por mi padre. Dialogar con él, nunca fue sencillo.      Para cuando abordamos el avión, los nervios regresaron, mis manos sudaban y tenía mariposas en el estómago, era como ser adolescente de nuevo, no lo entendía. No era la primera vez que regresaba a casa, transcurrieron muchos años desde que perdí esa parte de mi. ¿Por qué sentía esto de nuevo? ¿Por qué esta vez era diferente?     Hora y media, eso duró el vuelo, hora y media que se convirtió en un día entero. Los minutos se volvieron horas, la aguja del reloj en mi muñeca parecía tener un efecto de slow motion.     —Me estás comenzando a poner nervioso —dijo Matt cuando arribamos —¿Me puedes decir que mierdas te pasa, L? Pareces un puto crío.     —Vayamos por un auto. —Me apresuré sin decir nada más. Necesitaba ponerme en movimiento.     Mientras me acercaba a la casa todo lucía igual que hace dos años. Buscaba algún detalle, algo que me confirmara que esta vez algo era diferente no lo encontraba por ningún lugar.     Aparqué frente a la casa y mi mirada se fue de forma automática al otro lado de la calle. Todo parecía seguir igual. Detallé la casa y algo parecía diferente, entrecerré los ojos buscando eso que me hizo dudar. Algo falta…  Entonces lo vi, no había nadie en casa. Durante todos estos años las ventanas que daban a la calle siempre se encontraban abiertas, podían verse las cortinas bailar con el viento, aventurándose a asomarse de a poco, curiosas para ver que había en el exterior. Hoy todo estaba cerrado, inerte, sin vida.     —¿Qué ocurre? —preguntó Matt siguiendo la dirección de mi mirada.     —Nada... —Negué con la cabeza apagando el motor del auto—. Entremos. Bienvenido a Rochester —le dije saliendo para enfrentarme otro año más a la dura realidad.     —Y esto es como vivir en los suburbios en Nueva York —le escuché decir cerrando la puerta del copiloto.     Entramos y el olor a café inundaba toda la casa, podía sentir también el aroma de la calabaza en el aire. Aún me resultaba extraño sentir estos olores en la casa de mi madre.     —¡Estoy en casa! —grité dejando la valija en el suelo. Le hice un gesto con la cabeza a Matt para que me siguiera a la cocina— ¿Mamá?     Ella se encontraba tarareando una canción, llevaba los audífonos en sus oídos mientras mezclaba algo. Me acerqué con cuidado tocando su hombro un par de veces hasta capturar su atención. Giró la cabeza y al verme dio un salto sorprendida. Retiró los audífonos y cerró sus brazos en mi espalda.     —¡Lucas! Creí que no te veríamos hasta Acción de Gracias. ¿Por qué no  nos has avisado? Le habría dicho a tu hermano que fuese a buscarte —dijo con un atisbo de reproche.     —¿Aaron está aquí?     —Si, llegó hace un par de días. Está en una reunión en casa de Steve Mcwayer. ¿Lo recuerdas?     —Por supuesto, mamá. Estuve fuera dos años, no desarrollé demencia en este tiempo. —Me separé de ella, retrocediendo para que tuviese una vista de Matt quien nos observaba desde la entrada de la cocina—. Traje visita, mamá. Él es Matt, uno de mis compañeros de pelotón y un gran amigo.     —Es un placer, señora Millar. —Se acercó un par de pasos extendiendo su mano.     —Hotch —le corrigió mi madre limpiando sus manos en el delantal para después cerrar su mano en la de Matt— Cuando me divorcié del padre de Lucas, volví a usar mi apellido. —Le dio un par de palmaditas de reproche en la mano y Matt solo asintió con una sonrisa nerviosa.     —Voy a llevarlo a la habitación de huéspedes y nos asearemos un poco. ¿Necesitas que te ayude en algo? —pregunté recuperando la atención de mi madre, antes de que comenzara a hablar de todos los errores de mi padre y lo mucho que sacrificó ella por su matrimonio.     —No. Ustedes vayan tranquilos. No les esperaba, así que hice planes de cenar con Marcus —dijo ella con arrepentimiento.     Marcus era su novio. Hace cuatro años le conoció en el club, jugaron al tennis y de ahí no pudieron separarse. Él enviudó hacía dos años y mi madre se separó nuevamente de mi padre un año atrás. No tenía nada en contra del sujeto, de hecho apenas y le conocía, lo único que pedía era que no hiciese lo mismo que el cabrón de mi padre y la engañara. Al parecer eso no había sucedido.     —Dale mis saludos a Marcus. Iremos con Aaron, no te preocupes.     —Estará muy contento de verte. Deberías venir este domingo al club y jugar al tennis con Marcus, Lucas.     —Ya veremos eso, mamá. Nos vamos. —Retrocedí empujando a Matt fuera de la cocina.     Cada vez que regresaba siempre intentaban hacerme jugar al tennis. No terminaban de aceptar que lo odiaba, como el señor perfección practicaba todos los deportes, siempre esperaban que yo hiciera lo mismo, aun después de veintiocho años.     —Tu madre es… —comenzó a decir Matt mientras subíamos las escaleras.     —Especial. Lo sé —terminé la frase por él—Este es el tuyo. —Abrí la puerta frente a mi habitación para Matt.      —Muchas gracias, L. Está de lujo —dijo dejándose caer en la cama.      No teníamos oportunidad de disfrutar de muchas comodidades en el ejército, así que entendía muy bien lo que estaba sintiendo Matt en ese momento. Yo vivía lo mismo cada vez que regresaba.        —Nos vemos más tarde, iremos a una fiesta —dije cerrando la puerta.        Estar en mi habitación se sentía irreal. En todos estos años todo seguía igual cada vez que regresaba, parecía salido de una máquina del tiempo. Me otorgaba cierta paz y al mismo tiempo un extremo vacío en el lugar donde ella ya no estaba, era como haber perdido una parte de mí, como si me hubiesen amputado un brazo.     Caminé hasta la ventana y tuve que sacudir la cabeza, mi mente comenzaba a jugarme una pasada. Casi podría jurar que la ventana de su habitación se encontraba abierta, era imposible; ella nunca regresó en todos estos años. Si aquel día ella no se hubiese acercado, mi vida sería muy diferente y a pesar de los años, aún recuerdo cada día que pasamos juntos, como si fuese hoy.
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