El día que mi vida cambió.

2281 Palabras
Hace 20 años —¡Lucas por el amor a Dios! ¿Puedes bajarte del auto de una buena vez? No importa las horas que permanezcas dentro. Aun así nos quedaremos. Este es nuestro nuevo hogar —mi madre me gritaba por millonésima vez desde que llegamos. No sabía por qué no entendía que no quería estar aquí. Anhelaba mi antiguo vecindario, con mis antiguos amigos y mi antiguo instituto. —¡No voy a salir! —le grité por millonésima segunda vez. A ver si en esta ocasión decidía prestarme atención. Menos mal tenía mis muñecos de acción, así no me aburría tanto. Observé por la ventana del auto el nuevo vecindario y no me gustaba para nada lo que veía. Todas esas casas tan iguales, tenían una uniformidad de revista que detestaba. Con sus paredes color huevo y su césped recién cortado. Cada una era igual a la anterior, por donde la miraras. Me agradaba mi antigua casa, mucho más que esta. Aquí todos parecían mirar a los otros por encima del hombro. Gente rica con sus estúpidos modales y reglas. No entendía por qué al jefe de papá se le ocurrió ascenderlo y mandarlo a este lugar. Una nueva ciudad en la que a donde quiera que miraras todos actuaban de una manera muy extraña, tan acartonada, casi innatural. El clima no estaba mal. No soportaba el calor que hacía en el centro. Sin embargo, venirnos a un extremo del país, para vivir en medio de todas estas personas de papel. Eso no lo entendía. Quién en su sano juicio querría eso. Al cabo de un rato ya me había entrado hambre. Sólo me quedaban un par de mis galletas preferidas, oreos de chocolate. Comenzaba a oscurecer y mis padres no tenían la menor intención de venir a buscarme, sería una larga noche. Aun así me mantendría firme; así tuviese que dormir en el auto, lo haría. Yo aquí no viviría. Olía a huevos revueltos, también tocino y pan recién horneado. Un delicioso desayuno,. Mi estómago gruñó, me moría de hambre. —Me voy a levantar para lavarme los dientes e ir a desayunar. —Un momento —abrí los ojos de golpe. —¿Cómo rayos he llegado a mi habitación? —me levanté de la cama como si hubiese kriptonita en ella. Mi habitación ya estaba arreglada, luciendo exactamente igual que la de nuestra casa, con las paredes en azul marino y gris. Todos mis juguetes reposaban en el estante junto a un armario con puertas de madera pintadas de n***o. Mi viejo escritorio estaba junto a una ventana y mi cama pegada a la pared a un costado de la puerta. Se habían esforzado porque luciera lo más parecida posible —No es mi habitación y esta sigue sin ser mi casa —murmuré azotando la puerta con fuerza para ir a encarar a mis captores. Bajé las escaleras malhumorado, en dirección a la que ahora era nuestra nueva cocina. Antes no tenía que bajar o subir escaleras para ir a mi habitación. Todo estaba cerca, al alcance de mi mano. No entendía el interés de los adultos por tener casas de dos, tres, veinte pisos. Lo único para lo que podía servirte era para distanciarte del resto de tu familia. —Buenos días, cariño. —Mamá plantó un sonoro beso en mi frente y me limpié de inmediato. Siempre me llenaba de ese labial rosa que tanto le gustaba usar. —¿Cómo llegué a mi habitación? —Ni siquiera me interesé en corresponder sus buenos días. Me sentía violentado. En este país todavía existía la libertad de expresión. Se suponía que podemos protestar por nuestros derechos y aquí estaba yo siendo arrastrado a esta casa, al otro lado del país, en contra de mi voluntad. —Cuida el tono que usas con tu madre, Lucas —me reprendió mi padre quien ya está sentado en la cabecera de esta extensa mesa de diez puestos. Qué hipócrita al decirme eso. Yo no podía usar ese tono cuando estaba luchando por mis derechos. Él si podía usar uno diez veces peor al discutir con mi madre mientras pretendíamos que no los escuchaba. —Siéntate a comer, Lucas. —Mi madre colocó el plato con la comida en la mesa y yo me senté aún malhumorado. Como dije casas más grandes lo que traían era mayor distancia entre los miembros. Para muestra un botón, estaba sentado al otro extremo de la mesa. Cuando antes comía al lado de papá. —¿Dónde está Aaron? —Miré a todos lados, sin ver a mi hermano mayor. Él tiene once años ya y es el hijo favorito porque siempre hace lo que le dicen y carece por completo de personalidad e identidad propia. —Ha ido a jugar con un vecino al béisbol. Tú deberías hacer lo mismo. Salir a hacer amigos —Intenta animarme mi padre. Quién desde que decidió que nos mudaríamos, intenta comprarme con cualquier cosa para que mejore mi humor. Yo no necesito su estúpido dinero. Antes no lo necesitábamos. —No necesito amigos. —Me dediqué a desayunar a ver si de esa forma se olvidaban de mi presencia, como ya habían hecho en otras ocasiones. —En casa tenías muchos amigos. Jugaban al béisbol. —Mamá se sentó junto a mí acariciando mi cabeza como si aún fuese un bebé. —Soccer —corregí apretando los dientes. El de béisbol era Aaron, al igual que la natación y atletismo. Claro de él si se recordaban, el hijo estrella. —Lo que sea. Tu madre lo que intenta decir, es que eres un niño y necesitas amigos. —No los necesito. —Hice la comida a un lado y salí de la casa casi que corriendo. Estaba harto de su falso interés. Durante nueve años le importó poco lo que quería, para ahora mostrar un repentino y forzado interés por mi vida social, cuando nunca les interesó conocer a mis amigos, ni saber dónde pasaba tanto tiempo durante las tardes. Me detuve al llegar al jardín. —¿A dónde voy? ¿A dónde huiré cuando mis padres discutan? O ¿Cuándo mamá me castigue porque no hice mi tarea? —murmuré. Aquí no tenía amigos, no conocía a nadie. No estaba Andrew, José, Mathew o Leo. Estaba solo. Antes no me sentía tan solo gracias a mis amigos. Ellos no me gritaban todo el tiempo porque no podía estarme quieto, o porque me iba a los golpes por defenderlos de los brabucones. ¿Ahora quién los defenderá si no estaba con ellos? Me senté en el césped al borde de la calzada sintiéndome impotente. A mis padres no les importaba lo que quería. No me preguntaron ni una vez si quería venir aquí. Sólo lo subieron todo a un camión un día y lo notificaron como si cambiaran de vida al mismo ritmo que cambian de calzones. —¡Esto es una mierda! —vociferé arrojando pasto a todos lados. —¿No crees que estás un poco chico para decir esas palabrotas? —escuché la voz de una niña que no sabía de dónde rayos había salido. Levanté la vista y ahí estaba con su rubia cabellera recogida en dos trenzas que caían por sus hombros. Tenía unos ojos muy extraños, por más que intentaba descifrarlo no lograba dar con su color. ¿Eran grises? ¿Verdes? ¿Amarillos? Un poco de todos, quizás. Llevaba un short de mezclilla y una camiseta blanca de Hello kitty. —Ese no es tu problema. No te conozco. —Soy Violeta. —Extendió la mano que tiene libre mientras en la otra sostenía un recipiente plástico. —Soy Lucas. —Desvié de nuevo la mirada, continuando con mi tarea de arrancar todo el condenado pasto del jardín. —Eres nuevo aquí. —No era una pregunta, era más bien una afirmación. Al ver que no dije nada se sentó junto a mí a una distancia prudente, no demasiada, como mi papá y yo en la mesa del comedor. —Sí. No planeo quedarme mucho tiempo. —¿No? ¿A dónde iras? —preguntó sin quitarme la vista de encima. Esta niña era una cotilla. No entendía el genuino interés. Bueno, nadie más se interesó en hablar conmigo, hasta ahora. No estaba tan mal hablar con alguien si me detenía a pensar sobre ello. —A casa. —Esta es ahora tu casa, Luke —dijo en un tono demasiado familiar, a pesar de habernos conocido hace tan solo unos minutos. ¿Luke? Eso suena a nombre de perro y a mí no me gustaban los perros. Cuando tenía cinco años uno me mordió en el tobillo y tuvieron que llevarme a urgencias de inmediato. Cinco puntadas requerí. Cinco, gracias a ese rabioso animal. —No me gusta. Prefiero mi otra casa. —De seguro era bonita. ¿Tenías muchos amigos? Yo solo me mudé una vez. Tenía cinco años cuando llegué aquí y tardé bastante tiempo en hacer amigos porque se metían conmigo y me halaban de mis trenzas. —Se sostuvo una de las trenzas en la mano y vi como frunció el ceño recordando a esos brabucones. Conocí muchos de esos en mi antiguo vecindario. Yo me los cargaba a todos. —Tenía amigos —respondí encogiéndome de hombros. No era el más popular de la escuela, con mis cuatro amigos me bastaba. Los demás me veían como problemático, sólo porque no me llevaba muy bien con los límites y las reglas—. Ahora ya no están y no conozco a nadie en este maldito lugar. —Me conoces a mí. Somos amigos ahora. —La miré perplejo ante su respuesta. No sabía de dónde había salido esta niña. Violeta, me dijo que se llamaba. Ella era del todo inmune a mi mal humor y a mis claras señales que indicaban que no quería a nadie cerca. Aunque algo en ella que me agrada. Tal vez era el hecho de que me viera cuando nadie más lo hizo. Varios niños pasaron frente a mí jugando y ninguno se detuvo siquiera a mirarme. —¿Somos amigos? —pregunté sin poder creer que haya oído bien. A veces mis padres se quejaban de que no escuchaba lo que decían, quizás esta vez sucedió lo mismo. Me miró como si fuese un lento, en mi defensa necesitaba preguntar para estar seguro. Nunca antes pude hacer amigos tan rápido. Tardé más de tres meses en primer grado, siendo el niño solitario y problemático en el colegio, hasta que un día, ellos vinieron a jugar conmigo. Andrew, era un año mayor que yo, iba en segundo. José, aún estaba en el jardín de infantes; nos hicimos amigos cuando el pasó a primero. Mathew era de otro salón y Leo se mudó cerca de donde yo vivía hace un año. Y conozco muy bien como soy, estoy harto de escuchar a todos decirlo todo el tiempo, algo tenía que escuchar. Así que no conseguía entender cómo después de lo mal que la traté de entrada y esa “actitud de puerco espín”, como le ha llamado mi mamá tantas veces, cómo después de eso ella seguía aquí sin la menor señal de querer marcharse a otro lugar. —Claro, tonto. Eres el primer niño que tengo como amigo. Creo que será divertido. ¿Quieres una galleta? —Destapó el recipiente que llevaba y me ofreció una galleta de chocolate que tenía los bordes un poco quemados. Aun cuando en otra situación, me habría burlado de sus galletas y despreciado sus inexistentes habilidades culinarias. No dije nada por temor a que se marchara y nunca regresara. Aún y con los bordes chamuscados, eran las mejores galletas que había comido en mi vida. —Cuando mamá y nosotras nos mudamos aquí, recuerdo que odié este lugar. No por mucho tiempo —Se giró dándome un guiño que me hizo sonreír—. No tenía amigas y al entrar al jardín de infantes se metían conmigo —dijo ella y me dan ganas de saber sus nombres para caerle a trompadas—. Después de unos días me hice amiga de un par de niñas que lucían igual de aterradas que yo. Ese fue el día que aprendí que todos sentimos miedos, sólo que pocos son lo suficiente valientes para demostrarlo. Ella se encogió de hombros y yo no tenía palabras. No sabía si esto último lo dijo por mí, lo que sí sabía era que no sonaban para nada como las palabras de una niña de nueve años. Quizás era cierto eso que decían de que la edad de las niñas se medía diferente a la de los niños, algo como que las niñas maduran más rápido, lo que sea que significara eso. Pudiera ser que estuviese relacionado con lo que ella dijo. —¿Estás diciendo que estoy asustado? —pregunté un tanto enojado— Yo nunca me asusto —añadí. Desde que tenía memoria nunca demostraba cuando estaba asustado o herido, lo aprendí de mala manera, al darme cuenta que mi hermano Aaron siempre tendría prioridad para mis padres, así que debía aprender a resolver mis emociones con lo que tenía. —Estoy diciendo que todos lo estamos. Aún cuando no lo demostremos. Y eso te incluye a ti, Luke —dijo tocando mi hombro con su dedo índice— A mi no puedes engañarme. —Sonrió entregándome otra galleta dando el tema por terminado. Eso fue todo lo que necesitamos. Una galleta fue el símbolo en el que nuestra amistad quedó sellada. Y más adelante se convirtió en una tradición, nuestra tradición.
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