Eran las 6 am. El sonido predeterminado del mensaje de texto de un celular irrumpía violentamente la calma que reinaba en el hogar de Mario y Sofía.
Un brazo se posó inesperadamente en la mesa de noche, agarrando el celular. Era el del hombre. Se levantó de la cama medio dormido, con algo de baba seca posada en su rostro.
Rostro que resultaba endemoniado. Cerró la puerta sepultando totalmente la paz que se respiraba en aquella habitación. La mujer se percató rápidamente, pero su reacción fue tardía. Al caminar unos pocos pasos, se encontró con la puerta del cuarto. Caminó intentando averiguar con su sexto sentido donde se había metido su marido. Escuchó el crujir de vidrios, madera y quien sabe que otro material en el primer piso. Al dirigirse a las escaleras, sus oídos se percataron del tintineo provocado por unas llaves; la perilla de la puerta del baño principal giró marcando su nuevo estado: cerrado completamente.
La tensión se cortaba con cuchillo de mantequilla. Sin necesidad de pronunciar una sola palabra, Sofía sabía que la paciencia de su pareja había llegado a su fin.
«Espero que la niña no se levante» fue lo primero que llegó a su mente. El matrimonio llevaba arrastrando un problema grave, de nombre José Isaías Vargas.
Lo que se cocinaba dentro del cuarto cerrado, no era más que una de las tantas escenas de celos que solía tener él. A menudo agarraba el celular de su esposa, y revisaba los distintos chats que podía tener. Llevaba un buen tiempo con la sospecha de que ella andaba frecuentando de manera amorosa a su psicólogo. Rápidamente se dirigió a la barra de búsqueda, para ingresar la letra J.
«¿Jacinta? ¿Quién rayos es esta?» intentó recordar mientras abría un chat totalmente vacío.
Los nombres de John, un amigo de las épocas universitarias, Jairo el estilista, Jordan, sobresalían, pero todos se encontraban en la misma condición: vacíos.
¡Toc, toc!; ¡tras, tras!; crujía la madera. Ella impaciente temía de la reacción de su esposo a lo que pudiera encontrar. Aunque temía más por su hija, le aterraba el hecho de que presenciara algún otro acto de violencia.
Mientras tanto, Mario buscaba en los chats de todas las r************* . La letra J fue a parar en el buscador tanto de Messenger como de i********:. Sin resultado alguno, se resignó. «¿Fue una alarma?» se preguntó algo extrañado y al mismo tiempo apenado consigo mismo. Observó las llaves, tiradas en el suelo. Suspiró.
¡Toc, toc!; ¡pon, pon!; ¡Toc, toc!; ¡pon, pon!; ¡Toc, toc!; ¡pon, pon!; el ruido no cesaba.
Se agachó para recoger las llaves. Era un manojo de cinco, pero escogió la más pequeña. La incrustó en el ojo de la cerradura, cazando perfectamente. Giró hacia la derecha una vez, abriendo la primera cerradura. Imitó el primer movimiento y acabó por abrirse.
La cabeza del hombre se asomó agachada, amedrentado y totalmente acobardado.
Los ojos verdes femeninos se posaban de manera agresiva en él. Buscaba respuestas, pero sabía que no era el momento. Lo sabía… pero estaba cansada de la situación.
—Yo no le veo salida a esto — musitó, creyendo que podía manejar sus propios sentimientos. Pero dentro una bestia se alteraba cada segundo que pasaba. Tenemos que buscar el divorcio. Estoy cansada de tener que verte, actuando como un demente cada vez que me suena el celular. ¿Es que acaso no te das cuenta? Llegará el día, en que pierdas el control y terminarás cometiendo una locura. Busca ayuda Mario, tienes que pensar en la pequeña. ¿Cómo reaccionaría ella si se entera que su padre es un maltratador que le ha levantado la mano a su mujer? Estás como una cabra. Necesito buscar a mi mamá, a mi familia. Necesito ir con ellos un tiempo. No me importa lo que opines, lo que llegues a pensar, pero este no es el hombre del que me enamoré.
La posición de la cabeza del hombre seguía igual, mirando hacia el piso. De pronto, el tono cambió, al de alguien con un enredo gigante en la garganta.
— Tengo recuerdos. Recuerdos de la persona que eras — siguió, con el corazón abierto. Al principio era feliz. Pero maldigo el día en que acepté el anillo. Me quedo con todas las espinas que venían en aquellas rosas. No eres como…
Se interrumpió el monólogo con un puño certero en la pared.
— ¿No soy como él? — gritó Mario, relajando el puño, donde se podía observar un vasto hilo de sangre, que goteaba creando una melodía turbia. Claro, buscas donde proyectarme ¿no? ¡Maldita desgraciada!
La mano ensangrentada se levantó, con la misma fuerza que se había clavado anteriormente.
— ¿Mami? ¿Papi? — preguntó una débil voz. Suave y llena de ternura.
— ¿Lucía? ¿Qué haces aquí? — advirtió Sofía, mientras la mirada embriagada de locura del hombre disminuía y cambiaba de manera drástica. Ve a tu cuarto. Papá y yo tenemos algo de que hablar.
La niña subió a pasos de tortuga.
— Busca el abogado — le aconsejó el hombre. Actualmente no sé quién soy.
Habían pasado meses desde la pelea. Las cosas parecían haberse calmado y el invierno motivaba a la familia a salir de viaje a tierra caliente, para poder disfrutar de un chapuzón en un buen río. Su plan inicial era visitar la zona cafetera colombiana. El parque del café ubicado en el corregimiento de Pueblo Tapao parecía un lugar maravilloso. En caso de que aquel viaje no resultara como ellos esperaban, existía un plan b. Visitar los llanos orientales.
La idea no era del total agrado para él. Aunque los recuerdos de la infancia ya no lo acechaban, saborearlos nuevamente iba a ser una experiencia amarga.
El día llegó y la familia decidió optar por el plan alternativo. ¿Sus razones? Principalmente económicas.
Reservaron un alojamiento a las afueras de la ciudad de Villavicencio. Una cabaña pequeña con vistas a la llanura, bella como solo ella sabe serlo. El color verde del pasto se perdía entre el rojo anaranjado del atardecer mientras la luna relevaba del cargo a la estrella más grande en el sistema solar.
En la noche, los sapos vaqueros tocaban la melodía principal.
¡Oe! ¡Oe! ¡Oe! Se escuchaba.
— ¿Papi por qué me están llamando los animalitos? — preguntó.
— Quizás quieren que esta princesa los vaya a visitar, aunque se encuentran escondidos — aseguró mientras dirigía su dedo índice a la diminuta nariz, algo chata. La alzó en brazos y se dirigió a un sendero marcado con farolas.
— Yo solía pasear a estas horas de la noche con tu abuelo ¿sabes? — recordó. ¿Quieres que te cuente alguna de las historias que viví con mi papá?
La niña asintió asombrada.
— Por donde empiezo… ¡Ah sí! — parecía que había sido hace mucho tiempo. ¿Has oído hablar de la candileja? ¿No? Bueno, por estos lugares suelen correrse rumores, que con el tiempo se han convertido en leyendas urbanas. Pero… ¿y si te digo que los peores miedos de los llaneros son realidad?
La niña escuchaba con la mirada intacta.
— Mientras tu abuelo trabajaba como conductor de camión, transportando aceite de palma — continuó. Me pidió el favor que lo acompañara a uno de sus muchos viajes. Mis hermanos ya habían empezado a trabajar y yo era el único que mantenía constantemente en la casa, por lo tanto, decidí aventurarme. Una noche, salimos de una zona llamada Veracruz. Allí estuvimos cargando el camión para llevarlo a la ciudad de Cali. Arrancamos el viaje y aunque el trayecto estuvo opacado por neblina, logramos coronar. De vuelta, todo iba bien, tranquilo diría yo. Al entrar al Meta, cruzamos por una montaña que denominaban popularmente como la curva del diablo. Venía aguantándome mis necesidades…
— ¿Del uno o del dos? — preguntó Lucía desconcertada.
— Del dos — Su padre esbozó una sonrisa. Tenía que hacer del dos. Cuando le avisé a mi padre que no podía aguantar más, frenó en seco. La carretera era irregular y estaba llena de huecos, eso la hacía más peligrosa y como nos estaba agarrando la noche, creí que su preocupación era esa. Recuerdo muy bien sus palabras: Tiene dos minutos, ¡Eligió la peor zona para aparcarse a cagar hombre! Apúrele. Antes de agacharme, me dirigí hacia un árbol para arrancarle una hoja, bueno varias, para limpiarme. Cuál fue mi sorpresa cuando vi hacia delante, una pequeña luz se acercaba lentamente. No le di importancia, es más creí que estaba circulando algún otro vehículo y nos iba a hacer compañía. Ahora que lo pienso, en todo el trayecto de esa trocha no nos encontramos ni una sola persona.
— Entonces, ¿Qué era esa luz papi? — estaba intrigada. Porque hasta ahora no sé qué es eso de la cuculeja.
— Candileja mi amor, y ya te diré que es — prosiguió. Yo me encontraba fascinado por la luz. Tengo que admitirlo. Quería ir hacia ella, hasta que una mano brusca me jaló el hombro. Era mi padre y te lo juro Luci… jamás lo había visto atemorizado, no de esa manera. Me subí al camión por la puerta de copiloto. La luz estaba a unos 500 metros, pero parecía acercarse a la velocidad de una moto. El viejo ingresó la llave y la giró. El camión no arrancó. Me indicó con sus ojos que nos encontrábamos en problemas. El motor no funcionaba por alguna razón. La luz se había acercado lo suficiente, pero lo que creí que era una linterna en un principio, era una llama gigante. Quedé impactado al ver que dentro de ella se encontraban huesos humanos, clamando, danzando al son de las flamas. En ese momento mi padre gritó: ¿Se acuerda de todos los rezos que le he enseñado? Pues ni por el putas vaya a decirlos porque nos jodemos ¡Necesito que la insulte!
— ¿Quería que le dijeras groserías? — para ella nada tenía sentido. ¿Por qué groserías? Si se supone que Dios está de nuestra parte y rezar acaba con lo malo.
— Pues así no funcionan las cosas con la candileja — insistió, mientras la bajaba de sus brazos y agarraba su mano para continuar la caminata por el camino delimitado. Si tu rezas, la candileja se volverá grande y poderosa, en cambio si la insultas, se hará pequeña y se irá por donde vino. Eso hicimos. La volvimos pequeñita, entre más insultos le decíamos, los huesos se volvían transparentes ante nuestra mirada.
— Entonces la candileja es buena, porque si se hace fuerte con oraciones es porque quiere a Dios — contradijo a su padre.
«Estoy seguro de que estaríamos ardiendo en las llamas de ese infierno, vagando por la llanura si hubiéramos rezado» se cuestionó.
Al voltear su mirada, se encontraba su esposa asomada en la ventana de la cabaña, indicándoles con su brazo levantado que la cena estaba servida. Los dos buscaron el camino a casa, de la mano. Al pisar el tapete de entrada, un viento helado recorrió las vértebras de Mario.
La niña se dirigió hacia el comedor, pero él quedó perplejo.
¡Fiu fiu fiu! Sonaba.
¡Fiu fiu!
¡Fiu fiu fiu!
¡Fiu fiu!
Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re.
Sol, re, sol, re, las notas musicales que marcaron su infancia.
«¿Está aquí? ¿Cómo puede estar aquí?» se preguntaba. Había logrado exorcizar esa melodía de su mente. Se encontraba bajo llave en el rincón más apartado de sus recuerdos. ¿Cómo es posible que la escuchara de nuevo?
“Entre más cerca lo escuchas, más lejos está de ti. Entre más lejos lo escuchas, teme y corre por tu vida…”
El sonido se escuchaba demasiado lejos, lo cual era muy mala señal. Inmediatamente pensó en su familia, pero era algo que jamás había mencionado con su esposa. ¿Le creería? Seguramente lo trataría de loco esquizofrénico por darle vida a una leyenda que había escuchado en su infancia.
No entró. Decidió darse la vuelta y confrontar lo que sea que fuese ese ruido. Si era un ruiseñor cantando, se sentiría un imbécil, pero en el fondo de su corazón sabía que no lo era.
— ¿Y que era? — interrumpió Arturo el relato acerca de sus recuerdos.
— El mismísimo diablo en persona — respondió Mario.