La habitación 202

2081 Palabras
Los meses habían avanzado con total normalidad. Corría el año de 2017 y la armonía que adornaba el ambiente en la familia se había quebrantado. La noche del 31 de octubre, un disfraz de la princesa Blancanieves esperaba para que su hija hiciera gala en la fiesta de brujas. Al llegar del trabajo, se percató que la casa se encontraba en silencio total.     — ¡Sofi! ¡Lucy! Ya estoy aquí — el grito rebotaba de pared en pared. Hay que salir en media hora o llegaremos tarde. No hubo respuesta alguna. Subió las escaleras. «Deben estar en la tienda o algo» imaginó. Pasada una hora y treinta y nueve llamadas a su esposa que se desviaban a buzón, perdió la calma. Un detalle inesperado le permitió fijar su atención en la mesa principal en la sala. El computador portátil de Sofía se encontraba encima. En los meses de terapia había aprendido a desprenderse de los celos enfermizos que lo consumían. Pero su buen comportamiento tomaría una pausa esa noche. Rápidamente se levantó del sofá y encendió la laptop. Ingresó la contraseña “Lucy”. «Muy predecible» pensó. Se dirigió rápidamente a la aplicación web de w******p, pero no se encontraba vinculado ningún dispositivo a ella. Cerró la pestaña y se dirigió al correo electrónico, con la suerte de que no tuvo que ingresar ningún dato, la sesión ya se encontraba abierta. Información sobre extractos bancarios, notificaciones de f*******:, Youtube, LinkedIn, toda la bandeja estaba plagada de correos del mismo estilo. Se dirigió a las siguientes páginas, donde encontró más de lo mismo. Prosiguió con su búsqueda de alguna prueba, ya no buscando encontrar en donde se encontraba su esposa, sino espiando su privacidad para ver que había hecho durante los meses anteriores. Siguió navegando entre las profundidades, hasta que el encabezado de un correo llamó su atención: “¡José Vargas quiere conocerte! Haz click para establecer contacto con él.” Parece que las sospechas eran ciertas. Su psicólogo era todo menos eso. ¡Lo había conocido por una página de citas y estaban saliendo! Su temperamento empezó a cambiar, se podía apreciar en su rostro rojizo. La idea de buscar todos los mensajes que tuvieran la firma de esa página arribó de manera inmediata. Al realizarla, se encontró con el correo electrónico del supuesto profesional de la salud, en el que él había depositado su confianza, incluso para que lo tratara a él. En ese momento una lista de conversaciones salió a flote, y aunque no eran muy comprometedoras, el hecho de que se hubieran conocido en una página para tener sexo inmediato, lo llenó de ira. De repente, la cerradura de la puerta comenzó a girar. La reacción inmediata de Mario fue cerrar el computador, ocultando cualquier prueba de que estuvo ahí. A la velocidad de la luz se dirigió al sofá y pegó un salto que retumbó en toda la casa. Sofía, entró acompañada de su hija.     — ¡Hola, amor! Estábamos en el salón de belleza — afirmó la mujer. Su maquillaje, algo exótico, y los rizos de su cabello daban fe de la situación.     — Vale… cambia a la niña, las espero en el carro — respondió con un tono de molestia. Al otro día, una gran cantidad de dulces yacían en la calabaza de la chica. Muy temprano, la mujer se había levantado para arreglarse. Mientras se encontraba cambiándose, Mario se despertó.     — Cariño, tengo que decirte algo — empezó. Saldré de la ciudad hoy. Tengo que realizar un viaje a Medellín, para cubrir una nota sobre los precandidatos presidenciales. La mirada incrédula de Mario la acompañó, pero aun así, no discutió ni una sola palabra. Mientras ella alistaba su bolso, él con un movimiento casi imperceptible, secuestró su celular y se dirigió al estudio. Abrió el navegador de su laptop y vinculó el dispositivo al w******p web. Lo que para él había sido una operación perfecta, se empañó rápidamente. Los nervios hicieron de las suyas, y el móvil fue a parar al piso justo cuando lo iba a devolver.     — ¿Qué demonios? — demandó indignada. ¿Otra vez? ¿Qué demonios haces con mi celular? El cuestionario fue eterno. La mujer agarró sus cosas, y salió de la casa. Durante todo el día, la pestaña de w******p estuvo abierta en el navegador, esperando alguna noticia. Dieron las siete de la noche y un mensaje cayó como un baldado de agua fría. José había enviado un mensaje «¿Estás lista para irnos? ¿Tienes a la niña contigo?». Ella le respondió: «No, aún no, tengo que salir mañana para que él no sospeche. Tengo miedo de lo que pueda hacer. No escribas hasta que te dé una señal».     — ¡Degenerada! — gritó, quizás el grito más puro que había soltado en toda su vida. Sofi llegó aproximadamente a las diez de la noche. Despidió a su hija de un beso en la frente y se dirigió al cuarto.     — Cariño, ¿te molesta si me llevo a la niña conmigo? — disparó la pregunta. Tu sabes que siempre ha querido conocer Medellín quiero que esté conmigo.     — Perfecto — fue la única respuesta. Al otro día, alistaron maleta y se dirigieron al terminal de salitre. Cuando su esposo las llevó al destino, la mamá de Lucía llamó a quien le había propuesto el viaje. Mario estaba destrozado. Durante el regreso a casa, muchas cosas pasaron por su cabeza. Quería buscar de una vez por todas a los abogados para pactar el divorcio. Al entrar a la casa, se recostó en su cama. Horas después, un mensaje de su mujer lo sacudió terriblemente. “Un desconocido está intentando abrir la puerta de la habitación. SOS” Una ubicación en tiempo real acompañaba el mensaje. Se encontraba en la ciudad de Cajicá. Mario se subió en su auto y emprendió camino. Al llegar, un cordón policial adornaba un pequeño hotel llamado Colina. Sin hacerle caso a la fuerza pública, entró. Entró y subió las escaleras. La habitación 202, estaba plagada de sangre, con dos cuerpos tirados, cubiertos con sábanas blancas. Los identificó. Arturo mordió sus labios. No podía asimilar aún la historia que el recién conocido había comentado entre lágrimas los últimos 40 minutos. La cuenta regresiva para navidad estaba en 10, pero eso poco importaba.     — Yo aquí solo veo una cosa — respondió. ¡Un hombre que no puede asimilar la culpa de lo que pasó! Lo comprendo, por una parte, empezar de cero es difícil y más para alguien que lo tenía todo, Pero enserio cree que, arrebatando su vida, en el mismo lugar donde sus seres queridos se fueron, ¿va a conseguir paz? No hubo respuesta.     — Le voy a decir algo con todo respeto — siguió. Aquí solo veo un intento de ser humano, dando patadas de ahogado, porque no pudo con su vida. ¿Ha visto Matrix? Mario asintió con la cabeza.     — Le tengo las píldoras roja y azul para su situación — continuó de manera enérgica. Hace lo que tenía pensado desde un principio o resuelve las cosas como un maldito hombre, con sus propias manos, encuentra a los perros que acabaron con su familia y descarga este tambor completamente contra ellos.¿Qué píldora se quiere tomar?     — Pero ya le dije que la investigación no dio con nadie — replicó con resignación. La respuesta colmó la paciencia del rubio, quien agarró fuertemente el revólver de su acompañante, mientras una pequeña sonrisa de satisfacción se asomaba en su rostro. Descargó el arma, no por completo, apenas permitió que una bala se quedara.     — Ya que tiene muchas ganas de bailar en el limbo, vamos a hacer algo interesante — manifestó. Señor Mario, tiene un 17% de posibilidades de matarse al accionar el gatillo. Entonces ¡Vamos a jugar! La cara estupefacta del viudo lo decía todo. Pero en el fondo, quería tomar esa píldora roja. Aun así, no podía creer que había dado con alguien que irradiaba locura desenfrenada esa noche. Cada palabra que salía de la boca de quien acababa de conocer, le punzaba el corazón, pero al mismo tiempo, aceleraba sus latidos. Si moría él, concretaba su misión. Si moría el desconocido… ¿Se iría a la tumba cargando su cruz? El juego de la ruleta rusa comenzó. Como acordaron, el habitante del cuarto 209 empezó. Sostuvo el arma entre sus manos, dudando aún si lo que estaba haciendo tenía sentido. Tardó mucho tiempo observándola. Los dedos impacientes y juguetones del otro hombre comenzaban a moverse.     — ¿Hasta el mundial? — cuestionó entre risas. Amagó con quitarle el arma, pero finalmente ésta se alzó hasta la cabeza del jugador número uno. Activó el gatillo y un soplo de aire leve, seguido del sonido de un tambor sin música, invadió la sala. Primera ronda, a salvo. Sin ningún tipo de esperas, el creador del juego agarró con seguridad el artefacto que podía acabar con su vida. Apuntó a su propia cabeza, accionó el martillo, y sin titubear activó el gatillo. La probabilidad de que la bala saliera disparada se reducía un 17% más.     — Es curioso, entre más quieres acabar con tu vida, esta te conduce por un abismo distinto — aseguró mientras a su boca llevaba un cigarrillo, marca Caribe para variar. Lo encendió. Me pregunto, que te generaría más placer, ¿Ver a alguien morir frente a sus ojos? ¿O que su vida se apague en un simple juego? Todo es relativo, pero que rabia te daría que la llama que se apague no sea la tuya. El silencio era tangible. Segunda ronda, a salvo.     — El olor a nicotina quemada me fastidia, no lo soporto — interrumpió Mario, mientras agarraba el arma con más confianza. Respeto que cada uno se mate, más rápido o lento que los demás. Pero preferiría que una bala me alcanzara, a morir lentamente consumido por el vicio. La sonrisa del fumador lo dijo todo. De nuevo el frío de la muerte invadía su humanidad. Repitió el proceso para poder accionar la pólvora. Accionó el gatillo. Las respiraciones se escucharon al unísono, cortándose una antes de la otra. Un suspiro de alivio retumbó entre las 4 paredes. Tercera ronda, a salvo. Sin titubear, el hierro se posó en una parte nueva del cuerpo; el pecho era el nuevo objetivo, aunque afortunadamente (o desafortunadamente) la bala no estuvo en la ranura correcta. Cuarta ronda, a salvo. La moneda tiene dos caras. Siempre habrá una ganadora y otra perdedora. La acción de apostar conlleva a que, entre más se gana, más se quiere abarcar, pero así mismo será el riesgo de perder. Generalmente, las personas suelen pensar que lo que se pierde, se suele recuperar invirtiendo aún más, lo que los lleva muchas veces a caer en ruina, por no saber controlar sus impulsos. Pero y ¿Cuándo lo que nos estamos jugando es la vida? Cara o sello. Dos tiros, una bala. Podría salir en la siguiente, evocando sorpresa, o reservarse para la última, asegurando un disparo certero.     — No suele ser así de aburrido — comentó Arturo de manera jocosa. Si quieres puedo tomar tu turno. «¿Qué le pasa a este loco?» pensó. Cedió su turno, aunque la seguridad del tipo lo hacía pensar que el destino le sonreiría. Quería acabar la pesadilla viviente de una manera u otra.     — Hazlo de una vez — gritó. Aunque el hombre tomó el smith & wesson, le dio varias vueltas al tambor primero.     — ¡Esto no es justo! — gritó nuevamente indignado. Apuntó a su hombro izquierdo, con una sonrisa, que se desdibujó al oír el plomo saliendo como alma endiablada. Quinta ronda, la bala se abrió paso. Un charco de sangre estaba adornando el piso encerado del lugar. Aunque ambos se encontraban expectantes, ninguno pensó que el momento llegaría. Mario sostuvo a su compañero y lo ayudó a bajar rápidamente las escaleras, ante la sorpresa del recepcionista que no pudo vocalizar palabra alguna. Lo subió a su automóvil mientras intentaba parar el sangrado.     — ¿A dónde se supone que nos dirigimos ahora? — preguntó apresuradamente.     — ¡Tense IPS! — susurró. Usted tenía planeado visitar el infierno hoy, pero cambio de planes. De vuelta a la actualidad, los dos hombres seguían cara a cara en el consultorio.     — ¿En qué está pensando viejo? — demandó el doctor.     — En la vez que nos conocimos — aseguró su amigo.
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