El chándal azul

1900 Palabras
El embrague del carro suponía un esfuerzo mayor. Tras la última reparación, tenía que aplicársele mucha fuerza para que la palanca de cambios funcionase y aun así entraban de manera incómoda. Mario conducía de manera tosca, apenas a cuarenta kilómetros por hora… había que realizar muchos ajustes mecánicos.     — ¿Le importa? — preguntó el doctor, señalando una caja de cigarrillos que mágicamente sacó del bolsillo de su chaqueta, como si de un mago se tratase.     — Me importaría saber — respondió con una saliente carcajada. ¿Subió los niveles de estrato?… ¿Qué es esa caja roja? ¿Innovando?     — ¿Ah esto? No quedaban más — asintió. Mismo veneno, diferente empaque. Ambos rieron. El olor a tabaco impregnó el espacio. El pasajero dirigió su brazo hacia el vidrio hasta alcanzar una palanca. La giró una y otra vez hasta que la ventana bajó y el humo salió lentamente como fina telaraña, imperceptible al ojo humano. La pelea contra la palanca de cambios continuaba. No retrocedía por más fuerza que le hiciera, se resistía a seguir en tercera. Al parecer el motor no estaba en horario laboral. Llevaban alrededor de una hora y quince minutos de viaje, cuando Arturo tomó un cable auxiliar que guardaba en su maleta y conectó su celular. Observó el portafolio que hace poco le había brindado su compañero y marcó el número que se encontraba anotado.  Timbró seis veces, pero no obtuvo respuesta.     — Insiste — declaró el hombre con el volante en las manos. Volvió a marcar el mismo número. Escuchó el mensaje de voz, pero no por completo. Apretó el botón rojo en la pantalla y automáticamente volvió a pinchar en un ícono de llamada telefónica.     — ¿Aló? — pronunció una voz delicada.     — Buenas tardes, ¿Hablo con la señorita Valentina? — inició de manera muy gentil.     — ¿Quién la necesita? — se adelantó ella.     — Mira me presento, soy el doctor Arturo Santafé, encargado del análisis forense del caso ocurrido hace unos años en Cajicá — mintió. Tengo entendido que usted tiene cierto conocimiento de lo ocurrido esa noche. Aunque no se encontraban frente a frente, pudo notar como bajaba saliva, impulsada por los nervios.     — No sé exactamente qué pasó esa noche, si necesita colaboración, con mucho gusto… lo haré — hablaba con pausas, el tema la incomodaba.     — Necesito que nos veamos lo más pronto posible — insistió. Deme su dirección y llegaré a su casa alrededor de las ocho, después de adelantar unas vueltas que tengo que hacer. En ese momento desconectó el auxiliar. Mario miró de reojo. Intentó forzar su rango de escucha para entender las encriptadas palabras que susurraba el teléfono. La llamada finalizó.     — ¿Y bien? ¿Dónde vive? — curioseó, guardando bien las apariencias, parecía desinteresado. No obtuvo ninguna respuesta.     — A qué horas nos atenderá? — insistió.     — Hermano — contestó mientras le dirigía una nueva mirada. No se vaya a emputar, usted sabe que en esto estamos los dos, pero… no es recomendable que usted vaya ¿Si me entiende? La intensidad del golpe, del dolor. La profundidad y el diámetro de la herida eran colosales. Todo esto lo sabía muy bien el médico. Sabía que el nuevo testimonio podría ahondar el sufrimiento, y la reacción que puede tener una persona así es estratosféricamente garrafal. Sus ojos reflejaban un sancocho de sentimientos: Melancolía, pesar, tristeza, incluso pavor. La imagen de su ahora compinche, apuntándose con un arma de fuego, era un fantasma recurrente en su cabeza, que aparecía para recordarle que la carne se pudo esfumar… o se puede esfumar en cualquier momento.     — ¡Malparido! ¡No puedo creerlo! — gritó con resignación justificada. Me parto el lomo averiguando ¡quién putas se paseó esa noche por ese hotel! ¿Y ahora me sale con que solo va a ir usted? Un torbellino de voces se apoderó del ambiente. El intercambio de insultos era apoteósico.     — ¡Por eso mismo no va a ir! — se alcanzó a escuchar en un pequeño intervalo. Tiene esa cabeza envenenada. Tengo miedo de que ella no nos cuente lo que quiere escuchar y usted resulte acabando con la pobre muchacha. ¡Así que se queda en el hotel! O va y se da una vuelta por el pueblo. El silencio fue el himno para los siguientes treinta minutos de viaje. Los cambios entraban fácilmente. El Marlboro rojo se convertía en algo exquisito. Bienvenido a Cajicá, indicaba un cartel de color verde oliva, escrito con letras blancas. Ingresaron al pueblo y se encaminaron rápidamente. Atravesaron el centro, en busca de un conjunto residencial llamado Tierrasosa, dónde alquilaron un apartamento por una semana. Descargaron su maleta y se apresuraron a subir tres pisos. Apartamento 303. Amplio, cómodo, con los elementos necesarios. Dos habitaciones, un baño, cocina y una pequeña sala que cumplía su cometido con un comedor confortable. Al entrar, ninguno pronunció una sola palabra y ambos se encerraron en distintas habitaciones. Eran las 7:15 de la noche. La puerta ubicada en el fondo a la derecha se abrió al son del ruido de su homóloga, que se encontraba en frente. Los dos hombres cruzaron palabras nuevamente.     — No diré más mi hermano — concluyó Arturo. Vaya y dese una vueltica por ahí, haga lo que quiera que la noche es joven. No voy a permitir ni que me siga, ni que cometa una locura. Así que, si me llego a dar cuenta de algún visaje suyo, me devuelvo y se queda solo en esta vaina.     — No se preocupe más por eso. Ya lo entendí — finalizó también, con resignación mientras agarraba una chaqueta de cuero negra que se encontraba encima de la mesa. Abrió la puerta sin decir nada. Bajó las escaleras y abrió su celular. “Bares en Cajicá” fue el resultado de la búsqueda que realizó en Google. Ya tenía su destino fijado. Databan las 7:55. El hombre de los dos metros doblaba una esquina. Un Ford fiesta blanco, parqueado frente a una casa verde, le indicaban que había llegado a su objetivo. Pensó en esperar. Milagrosamente no fumó. Se decidió a golpear. Tres veces. Al bajar un poco la mirada se encontró con el timbre. «Lo primero que va a pensar es que soy un imbécil» pensó jactándose de sí mismo. Una mujer de estatura baja abrió la puerta. Sus facciones eran caucásicas. Sus ojos color miel eran preciosos. Un lunar sobresalía por encima de su labio. Era sutil y pequeño. Su cabello se encontraba muy maltratado, sin brillo y con puntas abiertas.     — Pase, por favor — indicó ella realizando un gesto con su mano. Se ubicaron en el sofá de la sala. Pasados los actos de protocolo. La charla se tornó un poco tensa ante la resistencia a revelar información. Parecía que quería colaborar, pero algo mayor se lo impedía. En el reloj, la aguja pequeña apuntaba las 9 y la grande las 12.     — Estamos dando vueltas sin cesar — apresuró el hombre con cierto enfado en su tono. Le seré sincero, hasta ahora no tenemos absolutamente nada. Necesito que vaya al grano, apunte a donde tiene que hacerlo. ¿Hay algún detalle extraño de esa noche que particularmente recuerde?     — Ahora que lo pienso — murmuró pausadamente ante los ojos atentos de su entrevistador. Puede que haya visto a un hombre saltar de la ventana, al momento en que abrí la puerta. No supe quién era, pero recuerdo su vestimenta.     — ¿Si vio eso, porqué nunca se lo contó a la policía? — preguntó sorprendido.     — Lo hice, pero el cuento de ellos es que no querían formar un alboroto — el tono evidenciaba que los sollozos empezaban a asomarse. Lo hicieron ver como un suicidio y más nada, ahí yo no tengo velas. Un retrato hablado fue el paso siguiente de la conversación. Con el pasar de los minutos, Arturo se dio cuenta que era imposible caracterizar la cara. La única información eran las prendas que vestía ese día. Colores, características, nada más. No era contundente y parecía que no conducía a nada… hasta que los ojos de la mujer se abrieron del tirón, parecía haber recordado algo útil. Eran las 9:45. En el baño de una pequeña cantina Mario se miraba frente al espejo. Tenía una pequeña toalla en las manos, con la que se limpiaba la sangre que escurría de su brazo. Se mezclaron los tragos con el mal humor y acabaron involucrándolo en una nueva pelea, donde la suerte no caminó a su lado. Poseía diversos pedazos de vidrios enterrados, y un pequeño moretón sobre su mejilla derecha. Era su naturaleza, se sentía salvaje y aguerrido. Un taxi se estacionó ante la mirada de decenas de borrachos que se encontraban en el lugar. El hombre rubio, de gran estatura salía del vehículo. Momentos antes de abandonar la propiedad de la mujer, se comunicó con Mario para averiguar su paradero. Lo observó y solo suspiró. «Otro día en la oficina» retumbó en su cabeza.     — Solo obtuve esto — señaló mostrando un pequeño pedazo de papel con el torso de un hombre dibujado. El atuendo descrito era el siguiente: Un chándal color azul rey con el pequeño logo de un camaleón en el pecho. La imagen en sí era sosa y no brindaba absolutamente ningún dato… o eso creía. El hombre dueño del moretón, agarró la hoja y se apresuró a la salida, seguido por su compañero que se encontraba confuso.     — ¿Adónde va? — Quiso saber.     — Si el dibujo está bien — contestó. Creo que sé a quién ha retratado. El logo es inconfundible. Es de la marca de ropa que Sofía había creado. Arturo seguía desconcertado.     — Creó pocas prendas para su difusión — continuó. Y la única prenda de ese color se la regaló a Sebastián, mi hermano. Un escalofrío pasó por la espina dorsal de ambos.     — ¿Está seguro de eso? — titubeó.     — Sin ninguna duda, pero necesito que la señora — aclaró sin pestañear. Me responda ciertas dudas ahora que podemos tener una pista. Los nervios se estaban consumiendo al viudo. Sus rodillas temblaban y le costaba mantenerse en pie. La relación con su hermano no era la mejor, pero él se llevaba muy bien con su esposa e hija. No podría pensar ni por un momento que él hubiera realizado tal acto. Rápidamente y aunque su corazón quería desprenderse del pecho, se dirigieron de nuevo al hogar de Valentina. Esta vez timbraron. Una y otra vez, tanto a la casa, como al celular. La respuesta fue la misma siempre: Ninguna. Se percataron que la puerta se encontraba entreabierta. Entraron.     — Disculpe, ¡mi señora necesitamos saber algo más! gritó el doctor. Al girar la cabeza hacia abajo, un hilo rojo delgado, se arrastraba frente a sus pies. Decidió seguirlo. Cada paso rugía con intensidad. Las miradas estaban atentas y los pelos de punta. Un, dos, tres… Un, dos, tres… Un, dos, tres… La atmósfera se comprimía, la luz de la sala aparecía. Valentina Moreno yacía tirada en la sala. El hilo rojo nacía de un charco de sangre que ahogaba el cuerpo de la chica. Sus ojos se encontraban abiertos, desorientados. Le habían golpeado la cabeza de manera bestial. Observaron aterrados, impotentes. No creían lo que había pasado; nauseas, dolor y frustración. Ya nadie podría responder sus preguntas.
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