Iris lucía el cabello rubio. Tatuajes en todo su brazo derecho, el izquierdo estaba limpio. El que más destacaba era un lobo con relieve realista en su antebrazo. Los demás formaban una mezcla confusa de colores. Vestía un overol azul. Debajo portaba una camiseta completamente blanca. Sus labios eran muy delgados, lucían desnudos, sin pintalabios. En cada dedo de su mano se podía observar una letra tatuada. Las cinco formaban "peace", la palabra anglosajona de paz.
Una cola de caballo era el peinado elegido para ese día tan gris, tan apagado.
El médico estaba frente a la calle, simulando que hablaba por teléfono. No quería entrar por si las moscas. Su naturaleza era desconfiar de todo el mundo. Según su criterio, todos eran unas ratas de alcantarilla que venderían a su familia por unos cuantos pesos.
Siempre fue una persona de trato amable, carismático y sensato. Pero esa fachada la había construido a través de los años. Por dentro ardía. El odio hacia la sociedad era profundo. Nunca le gustó tratar con nadie. Le daban asco los protocolos sociales, pero siempre los toleró.
Nació en cuna de oro. Su padre, dueño de una multinacional, le regaló siempre lo mejor. Estudió en los mejores colegios del país, donde aprendió hasta dos idiomas externos al español.
A pesar de eso, su padre nunca estaba en casa y la madre pasaba del pequeño Arturo.
Eso no fue impedimento para desarrollar una personalidad arrolladora. En su adolescencia siempre fue extrovertido. Poco le importaba lo que pensaran los demás. Era atrevido con las mujeres. Nunca le faltó una novia. Pero con el tiempo, una actitud más retraída se fue apoderando de él.
A sus dieciséis años, se graduó de bachiller. Su plan de vida inicial era tomarse un año sabático, para descansar un poco de la presión estudiantil. Aunque sus padres le negaron la petición alegando que el mundo se movía muy rápido como para retrasar las cosas.
Fue inscrito (en contra de su voluntad) a la universidad más prestigiosa del país, para iniciar sus estudios en la carrera de ingeniería mecánica.
Siempre había sido amigo de las matemáticas, física y todas las materias que incluyeran fórmulas y cálculos en su pensum.
Quizás fue la desmotivación que tenía por no haberse ido de viaje o un simple capricho adolescente. Perdió cuatro materias, lo que le costó el semestre. A él poco le importó.
Sus padres, cansados de su actitud, cedieron a sus artimañas.
Santafé fue enviado a Estados Unidos, donde aprendió a desenvolverse fácilmente en inglés.
Allá adquirió un par de mañas más. Adquirió el maldito hábito de fumar, algo que sería parte de su vida hasta la actualidad.
Durante su estadía en el país americano, tuvo la oportunidad de trabajar como mesero, dónde conoció a Mike. Un médico neurocirujano que se convirtió en su mejor amigo. Después de muchas conversaciones, quedó fascinado por las experiencias vividas por el extranjero. Cada historia le llegaba al alma como si la mano de Dios le hubiera tocado el corazón. El viaje renovó su espíritu. Se había encontrado a sí mismo y ya tenía claro lo que quería hacer.
Quería ayudar a la gente, no por sus intenciones altruistas, sino por los conocimientos que podía adquirir acerca del funcionamiento del cuerpo humano. Estaba obsesionado con el tema.
Estaba dispuesto a tragarse el amargo sabor que para él significaba ayudar al prójimo.
En Colombia ingresó a otra universidad un poco modesta para sus estándares. De allí se graduó con honores teniendo el mejor promedio de la promoción.
El entender como funcionaban las enfermedades mentales le quitaba el sueño. Por eso, le pidió a su padre que le pagara la especialización en psiquiatría. Él accedió, orgulloso de la persona de éxito en la que se estaba convirtiendo su primogénito.
A pesar de que las mujeres nunca lo rechazaron, durante su vida profesional nunca tuvo una novia oficial. Le aburría la interacción y aparte, no quería depender de alguien emocionalmente. Solo buscaba la interacción social para descubrir y analizar el comportamiento de la gente.
Finalizó su especialización, peleado con su asesor de tesis por diferencias conceptuales.
Meses después ejerció en Tense IPS, donde los casos que trató, fuera de traumarlo, le causaban intriga, curiosidad, analizar el cómo algunas mentes se degeneraban a tal punto, que no parecían pertenecer a un ser humano.
Una vez, trató a un paciente con demencia senil. El tipo era uno de los pocos colombianos que practicaba la lucha libre amateur. Junto con sus amigos, había montado una promoción llamada Colombian Hardcore Wrestling. Se presentaban al menos 6 chicos en un ring hecho con madera de mala calidad y ofrecían el espectáculo por diez mil pesos. Poco más de quince personas entraban a verlos.
En las luchas, el chico llamado Jota, se volvía un animal peleando. Usaban sillas hechas de un metal muy pesado, nada que ver con los materiales que se usan profesionalmente. A su vez, utilizaban tachuelas que clavaban en su espalda e incluso cara. Lámparas largas, que al romperse generaban fragmentos que se clavaban en la piel de los muchachos. Usaban incluso alambre de púas para rayarse la cara.
Al menos dos años recibiendo golpes directos a la cabeza, movimientos mal ejecutados que terminaban en desgarros o lesiones. La violencia en su oficio le llegó a causar incluso pérdida temporal de la visión por esquirlas hundidas en su retina.
Los estudios realizados al hombre, arrojaron que poseía el cerebro de un anciano de noventa años con alzhéimer.
El paciente se comportaba de manera normal aparentemente y asistía a sus tratamientos sin ninguna novedad. Hasta que intentó arrojarse de un tercer piso.
Afortunadamente sobrevivió y fue internado. Privado de sus sentidos para que no pudiese hacer daño.
Arturo había quedado fascinado por los estudios. Tenía un fetiche inexplicable por tratar con personas que habían de una u otra manera, perdido la cordura.
Ahora, en Choachí, no le apetecía seguir por el mismo camino. Le había agarrado cariño a su amigo, pero cada día lo catalogaba más como un loco desquiciado. Exponerse a Iris quizá era perder tantos años de trabajo, estudios y experimentos concretados.
Dio la espalda, caminó y se refugió en un andén.
Al mismo tiempo, Iris abrazaba a su ex cuñado.
Llevaba años sin verlo, pero estaba al tanto de todo. Por unos instantes se devolvió al pasado y lo consoló. Aquel estrecho abrazo que jamás pudo brindarle.
— ¿Cómo has estado? — preguntó la mujer.
Tomó su brazo y lo entrelazó con el de su amigo. Por un momento, al hombre se le olvidó lo que había venido a hacer. Entraron a la casa y se ubicaron en el comedor.
Ella se levantó y emprendió rumbo a la cocina. Sirvió un vaso de agua y se lo obsequió a su invitado.
Lo recibió. Bebió poco y la dejó encima de la mesa.
— Todo ha sido... muy distinto desde que ella no está — se pudo palpar la tristeza en su interior. Tú sabes cuánto las amaba. No me he podido levantar desde entonces.
— Sebastián me platicó lo duro que fue. Disculpa que te pregunte, pero ¿Aún nada?
— No, nadie lo sabe.
— ¿Alguna pista, algún comportamiento extraño? ¿Nada?
— Le descubrí unos mensajes comprometedores, con el terapista. Querían irse de viaje...
— ¡Lo dices tan tranquilo!
— No es eso. Cuando le comenté a las autoridades, no encontraron nada acerca del tipo, en ningún lado. Revisamos los archivos de Sofia y al parecer no estaba vinculado a ninguna organización de salud. Sus consultas eran personales, pero como te he dicho, la cédula no existe, la dirección no existe y el nombre era falso aparentemente.
— Y.…si fue él, escapó y borró cualquier rastro de su existencia.
— Al principio emprendí este viaje buscando al tipo. Pero poco a poco las pruebas me alejan de él y me llevan a... Sebastián.
— ¿Cómo dices? — abrió los ojos sorprendida. Aparte ¿Cómo que este viaje?
— Desde hace un tiempo, investigo por mi cuenta, con ayuda de un amigo, todo lo que pudo pasar esa noche. Así que préstame atención ¿Has sabido algo de Sebas? ¿Cualquier pista que nos lleve a él?
— Te seré sincera. Hace mucho que no le hablo. Tuvimos nuestras diferencias, nos seguimos frecuentando, pero tras la muerte de tu familia, nada volvió a ser igual. Nos distanciamos y es entendible, estaba más pendiente de ti que de otra cosa en el mundo. Por eso, se me hace extraño que me digas eso.
— Hace poco, dimos con el paradero de la persona que estaba de turno. Mi compañero logró obtener información. Cuando me la comentó, fuimos de inmediato a buscarla, pero desafortunadamente apareció muerta. Llevamos un tiempo siendo perseguidos, por algo que no hicimos. No podemos dar tanta papaya en estos momentos.
— Aún no me has dicho quién está contigo.
— Ah, un psiquiatra que conocí en una noche algo peculiar. Pero eso no importa. Supongo que está fuera haciendo una ronda de vigilancia. Está algo paranoico.
— Bueno... no me has respondido ¿Por qué tu hermano?
— La chica describió perfectamente la ropa que portaba un hombre que salió por la ventana. El chándal azul.
— ¿El mismo que Sofi le regaló?
— Exactamente.
El lugar se llenó de incertidumbre. La mujer se perdió en su mente. Los recuerdos de su ex novio, momentos vividos, todo llegó de golpe. Incluso Lucía y Sofía. Todos, absolutamente todos seguían más que presentes en su memoria. No lo podía creer.
— Así que — el tipo fue al grano. Necesitamos llegar a mi hermano. No me hablo con él desde hace mucho y no responde el teléfono. Quizás... si tú lo intentas.
— Pero... Mario. Si quieres hablar con él, serán bajo mis condiciones.
— ¿Por qué? Acaso ¿No confías en mí?
— No es eso, pero lo que me estás diciendo es muy delicado. Personalmente no creo que se hubiera atrevido a tanto, no tenía razones.
— ¡Yo tampoco! Solo quiero que me diga ¿Que hacía esa noche en el hotel? ¿Por qué no me dijo una sola palabra?
— Yo sé, yo sé hombre. Pero alguno de los dos puede reaccionar mal y no quiero que su relación se quiebre por completo.
Afuera, el hombre retorcía sus medias para escurrirlas. Sus pies descalzos, en el pavimento frío, temblaban. Observó la casa en donde se encontraban los dos conocidos y procedió a avanzar. Estaba cansado de esperar. No sabía en qué momento podía caer la ley.
Caminó hacia allí y cruzó la puerta. Al llegar, escuchó una voz femenina.
— ¿Sebastián? — preguntó la chica por teléfono.
Una voz profunda se escuchó entrecortada por el altavoz del móvil.
— ¿Quién es?
— Iris...
— Cuánto tiempo — estaba en shock.
— Necesito tu ayuda.
— ¿En dónde estás?
Esa mujer era su debilidad.