La confesión

1619 Palabras
En una pequeña casa en el sector sur de Bogotá, un perro guardián ladraba con repulsión. Encerrado entre rejas, intimidaba a las personas que pasaban cerca. No existía en la propiedad ningún aviso de que el animal era peligroso, aunque era casi imposible que saliera de ahí fácilmente.  Gruñía y torcía su cara para demostrar rabia. La mascota era r**a rottweiler. Lucía su pelaje n***o, con algunas manchas cafés.  Gruñía y gruñía, mostraba sus grandes colmillos y trazaba la mirada a sus objetivos. La puerta de la residencia se abrió y Sebastián caminaba apurado. Al ver a su dueño, Lucas, como lo llamaban, agitó su cola. Su ferocidad se desvaneció. Ahora, pasó a tener una expresión en su cara que conmovía hasta a la persona más odiosa. El hermano de Mario sostenía el celular en su mano y daba pasos certeros. Ni siquiera le prestaba atención a su imponente mascota, que en esos momentos se había convertido en un pequeño cachorrito que sólo quería jugar con su pelota. Desde la ventana, Elisa observaba atenta cada movimiento de su compañero. Su comportamiento al recibir esa llamada no le daba buena espina.     — Entiendo ¿Podrías darme unas horas más? Me encuentro alejado del lugar — aseguró el hombre mientras sostenía su frente con la palma de su mano desocupada, en este caso la derecha.     — La idea es realizar su funeral aquí y que los pocos que ella consideraba sus amigos asistamos — se escuchaba a través del móvil. De verdad siento llamarte en estas circunstancias, ninguno de nosotros merece esto.     — No te preocupes. Tú sabes que Margarita era como una hermana para mí también. Me voy a alistar y enseguida arranco para tu casa. Colgó sin prisas. Juntó sus manos y se sacudió la cara. El perro hacía sonidos para que su mejor amigo lo sacara a pasear. Lastimosamente, no era el momento. Sebastián irresoluto, caminaba en círculos. Portaba una bata de baño negra. Arrojó sus chanclas sacudiendo sus pies y volvió a su hogar. El rottweiler aun sacudiendo su cola se posó al frente suyo. Jadeó rápidamente e insistió.     — Lucas qué más quisiera yo. Pero ahora no es el momento. Ahora, en la fachada de la casa, se encontraba un canino triste. Entró y se dirigió a su cuarto. Elisa lo seguía con la mirada. Poco le importó. Se quitó la bata y procedió a abrir su armario. Agarró una camiseta color blanco, un jean y su ropa interior. Se encontraba cambiando cuando la puerta rechinó y se desplazó hacia adelante.     — Es de mala educación lo que estás haciendo — aseveró el hombre, sin tacto en sus palabras.     — Te noto algo preocupado. ¿Todo está bien?     — Está perfecto. ¿Algo más? — la quería evitar a toda costa. Ella se acercó. Levantó sus manos y las cruzó en el brazo del hombre atrevidamente. Apretó fuerte.     — Tengo muchos problemas como para que ahora pienses en abandonarme — alzó la voz mientras le dirigía una mirada asesina.     — ¿Por qué te apresuras a sacar conclusiones? El perro aún se encontraba en el mismo sitio, moviendo su colita, con la esperanza de poder perseguir aquella pelota. Mientras tanto, en Choachí, los dos hombres y la mujer conversaban. La lluvia se encontraba en su punto más débil y muchas personas habían salido ya a la calle a retomar con normalidad sus actividades.     — Muy astuta, lo tengo que admitir — dijo Mario, mientras observaba su reflejo distorsionado en el vaso de agua.     — No había de otra, sino inventaba algo de ese calibre, Sebas nunca hubiera aceptado venir — aseguró Iris con algo de culpa en su corazón. Espero que Margarita me perdone.     — Lo que no entiendo — Arturo fijó su mirada en su compañero. Es la paciencia tan absurda que tienes. ¿Esperar hasta la noche? es un suicidio de nuestra parte. Tengo que admitir que a veces se te va la olla, pero hoy estás rompiendo récord. La sala quedó en silencio. El doctor se levantó de su silla, en busca de algo más cómodo. Caminó hacia el fondo de la casa, repleta de pinturas y obras extrañas, con un tinte esotérico. Había varios cuartos completamente vacíos. Ingresaba de uno en uno buscando una cama en dónde recostarse. Llegó al patio. Miró para todos los lados. Era amplio, con zonas verdes y un corral con gallinas. Observó un quiosco y se refugió bajo su techo. Dentro, una hamaca extendida de lado a lado lo esperaba. Se recostó, sin importarle el frío que lo hacía tiritar. En el comedor la conversación seguía en pie. Mario apenas había probado el agua que le habían ofrecido. La mujer estiraba sus dedos. Tronaron fuertemente.     — Te diré algo y no quiero que te lo tomes a mal — pronunció ella, con cautela. Te noto distinto. Tu mirada emana tristeza, soledad, depresión...     — ¿Cómo si me faltara humanidad? — interrumpió él. No te preocupes, no eres la primera que me lo dice. Hace tiempo que no sé lo que es disfrutar de la vida. Voy de bar en bar, buscando problemas, sin tener algún indicio de lo que hice la noche anterior. Las amaba mucho. Se fue mi vida por la borda después de eso. Aún puedo recordar como el mantel blanco las abrazaba, acostadas, frías.     — ¿Por qué no vuelves a acudir a tu papá? Él junto a tus hermanos te podrían ayudar a sobrellevar ese dolor. Mira que no hay nada más lindo que el cariño de una familia.     — No... no está en mis planes — agachó la cabeza desviando la mirada. Automáticamente, Iris notó incomodidad en él. Llevaban muchos años de haberse conocido como para no darse cuenta de que se guardaba algo y tenía mucho miedo de descubrir qué era.     — ¿Está todo bien? — preguntó ella.     — ¿Por qué lo dices? — respondió, con una pizca de intranquilidad que se traducía en sus palabras débiles.     — Mario. Te conozco desde hace mucho tiempo. Tal vez en el fondo creas que tienes un don para la manipulación o algo por el estilo. Pero descubrirte una mentira... ¡Es tan fácil! El hombre frunció el ceño con incredulidad en su cara.     — Mira — continuó. Siempre que te preguntan algo y quieres responder con una patraña respondes con un ¿Por qué lo dices? así tienes tiempo para pensar la respuesta perfecta. Él quedó asombrado. Nunca se había percatado de su patrón de respuesta. Pensó un momento que mentira añadir, pero ya no tenía ninguna escapatoria.     — Es algo complejo de explicar — pausó un momento. Necesito que no me juzgues por lo que te voy a contar. Sólo te pido eso. La mujer asintió con su cabeza.     — En mi vida — comentó Mario sin ninguna mentira planeada en su mente. He tenido muchos episodios de violencia. Es difícil de explicar y puede que no me creas. Pero, hay momentos donde simplemente pierdo la razón y al mismo tiempo el control sobre mi cuerpo. Mi mente queda en blanco y cuando me doy cuenta, le he hecho daño a alguien... o me lo hacen a mí. Omitió la parte más importante por miedo a que no lo tomara en serio. Segundos antes de perder el conocimiento, siempre escuchaba: ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! ¡Fiu fiu fiu! ¡Fiu fiu! Tres, dos, tres, dos. En son de sol, re, sol, re.     — Como sí...     — Como si alguien poseyera mi cuerpo — demostró confianza en sus palabras. Termino con resaca, con heridas en mi cuerpo... o con daños aún peores a las personas que quiero. Ésto último la dejó helada.     — Ve al grano Mario. ¿A qué te estás refiriendo?     — Iris. En uno de esos episodios, entré en razón minutos después de sentirme poseso. Cuando abrí mis ojos, mi padre yacía muerto. Fui el causante. La habitación quedó muda. La mujer abría la boca, pero ningún grito salía. No lo podía creer. A kilómetros de distancia, Sebastián sostenía una maleta pequeña mientras Elisa lo perseguía, sin soltar su brazo.     — Es una broma ¿no? — discutía la mujer, con desesperación marcada en su cara.  El hombre ni siquiera le prestaba atención. Necesitaba empacar lo más pronto posible para ir al supuesto funeral de su amiga.     — Qué pasa si aparece la policía ¿Seguro quieres que hable de la desaparición de las dos viejas? ¿Eso es lo que quiere? ¿Qué suelte la boca? Sebastián se detuvo un momento. Su mano izquierda sostenía el mango para abrir la puerta del automóvil. «Es cierto. No puedo dejar un cabo suelto así de gordo» aseveró para sí mismo. Aunque tuvieran el mismo objetivo en común, nada le aseguraba que no lo iba a vender a las autoridades en caso de que la atraparan. Se dirigió hacia la puerta del copiloto y la abrió.     — Sigue — le indicó. La mujer entró al auto sin dudarlo y abrochó su cinturón antes de que su compañero se subiera.     — ¿A dónde vamos? — preguntó ella.     — Ya lo verás mientras vayamos avanzando. Lucas lloraba en su puesto. Ya no batía su colita. Aunque su tazón estaba lleno de comida y un vecino quedaba encargado de él, extrañaba a su amo. El carro salió de la propiedad con destino a Choachí. En el municipio donde la lluvia había cesado, Mario e Iris se miraban fijamente. El silencio embriagaba la casa.     — Nunca has considerado... — musitó la mujer. Que en uno de esos ataques de ira o posesiones... ¿Hayas matado a tu esposa y a tu hija? Mario tembló fuertemente. Nunca había contemplado esa posibilidad.
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