El secreto

1615 Palabras
Sumergido en un sueño profundo, Arturo roncaba en la hamaca. Sus ronquidos eran acompañados por un movimiento leve de lado a lado... de lado a lado, hasta que una mosca se posó en su nariz. Le fastidió la existencia. Sacudió su mano para espantarla, pero en vez de eso, logró llamar la atención de un par de insectos más. Uno batía sus alas sobre su oreja izquierda y el otro bailaba en su hombro. Sacudió todo su cuerpo. Ardía en llamas. Gritó furioso. El sonido retumbó en toda la cuadra.     — ¿Escuchaste algo? — preguntó la mujer tatuada.     — Sí, déjalo. Seguro está enfadado con la vida. Iris no entendía que acababa de pasar. La tormenta en el pueblo había cesado, pero empezaba en la mente de Mario. Millones de gotas caían y golpeaban. Hacían daño. Jamás llegó a dimensionar las posibilidades de que él mismo hubiera acabado con lo más preciado en su vida.  A su mente llegaron los recuerdos de la noche fatídica. De nuevo se encontraba en el sofá de su casa, acostado, con la sensación continua de que algo malo pasaría. Su mujer acababa de salir de viaje con su hija. Los mensajes le indicaban que se encontraba con un hombre, así que en el momento que ella volviera, iba a negociar su divorcio. Quería llorar, pero ninguna lágrima brotaba de sus ojos, tal como un desierto infernal, sin agua, sin vida.  En el fondo se sentía culpable de lo que estaba pasando. Aunque ella nunca se enteró, le fue infiel varias veces y no sólo con Iris. Se decía a si mismo que la carne era débil. Pero tan hipócrita era su moral que para Sofía no aplicaba ese principio. «Tremenda zorra. Le di los mejores años de mi vida y así me paga» se decía hasta que ese mensaje lo noqueó completamente. “Un desconocido está intentando abrir la puerta de la habitación. SOS” Once palabras. Once razones para preocuparse. Once razones para sentir que el cielo caía a sus espaldas y lo condenaba a surfear en una vida miserable. Seguía rememorando. Navegando en su cabeza, recordó como subió apurado al automóvil. Llamó una y otra vez a su esposa. Sobra decir que no contestó. Se dirigió a Cajicá acelerando a fondo.  De nuevo en su memoria, llorando. La policía sujetándolo para que no entrara a la habitación. Los cuerpos tirados en el piso de la habitación 202.  Regresó a la realidad. Sus ojos ahora querían desahogarse.     — Es imposible — respondió, destruido por el viaje que había dado hacia el pasado. Lo recuerdo todo claramente. De hecho, había pensado en pedirle el divorcio.     — ¿Por los mensajes con el tipo?     — Claramente. Salía con su psicólogo, pero acepté el hecho con paciencia. No perdí el control en ningún momento. Si tuve la hombría para aceptar que maté a mi padre, la tendría para decir que maté a mi esposa y a mi hija ¡Pero no fue así! La sinceridad emanaba de su mirada. Bajó sus brazos en señal de derrota.     — No me crees ¿Verdad? — preguntó bajo la vigilancia de su amiga.     — Mario. Lo que me dices tiene sentido. No te estoy culpando de lo que pasó. Sólo quería que te tomaras un momento para pensar, porque a lo mejor si una persona aparece muerta cuando tiene algo que ver contigo es por algo. Si me dices que tienes episodios caóticos, donde pierdes la razón y hasta el control de tu cuerpo, hay algo mal con tu mente y tu corazón. Debes renovar tus vibras. Acercarte más a la naturaleza...     — Iris, por favor — interrumpió abruptamente sin dejar chance a una réplica. Tus consejos me lastiman aún más. Tengo que encontrarme de nuevo con ellas, pero hasta que no descubra quién fue su asesino o asesina, no me iré de este mundo. Estoy dispuesto a pelear contra quien sea. Tu moral barata no me va a frenar. No me hará buscar una nueva vida. No estoy interesado en el perdón de nadie. El tiempo pasa y hay algo que me consume, que va tras de mí. Cualquiera, hasta tú me tacharán de loco, pero... cuando ya no esté, entenderán el significado de todo lo que digo. La mujer no podía contra eso. Por más que insistía en que Mario renunciara a la búsqueda inaudita en la que se había involucrado, el daño ya estaba hecho. Arturo daba sus primeros pasos tras la siesta. Giró hacia la cocina. Abrió el refrigerador y se topó con una jarra de jugo de naranja.      — ¡Uy! Vamos a ver si está fresco — dijo sosteniendo la jarra mientras avanzaba hacia un vaso limpio. Menudo escándalo está haciendo ustedes dos. Loco, tengo una sugerencia: ¡Vámonos de aquí de una buena vez! ¡Hazme caso! Su compañero simplemente lo observaba en silencio sin soltar una sola palabra.     — El enfermo de tu hermano mató a esa chica. Pero los culpables ante los ojos de la ley ¡Somos nosotros! cuántas veces te lo tengo que repetir. Estamos expuestos, Choachí es pequeño y nos van a encontrar más temprano que tarde. Iris soltó su cabello y se dirigió hacia su cuarto. Cambió su overol por unos leggins para estar más cómoda. Desde fuera oyó gritar.     — ¡Deberías llamarlo! al menos podremos estimar en cuánto tiempo llegará.     — ¡Dame un momento! — contestó la mujer. Doblando hacia la izquierda por el centro de la ciudad, se movilizaba el KIA a una velocidad moderada. El tráfico por esa zona suele ser bastante alto. Elisa se maquillaba, viéndose en el espejo derecho del auto. Hacía muecas ridículas. Abría los ojos como un lémur n***o, sacaba su lengua, alzaba las cejas y hasta mandaba besos. El hombre por su parte, movía su pie derecho sin parar, sin llegar a tocar el acelerador. Ansioso, porque no podía fumar en medio de la autopista, a menos que quisiera una sanción. Atravesó la circunvalar en dirección hacia el municipio de Choachí. Con sus manos, acercó un paquete de chicharrones y lo abrió. Tomó dos y le pasó la bolsa a su compañera. Ella lo recibió y procedió a comer también.     — Elisa, tú y yo tenemos un asunto pendiente y me gustaría resolverlo lo más pronto posible — dijo, con latente enfado, guardando las apariencias.     — ¿Es sobre tu hermano Darío? — respondió, sin conectar sus ojos ante la cruda presencia del piloto de la nave.     — ¿Qué comes que adivinas? La mujer mostró sus dientes y sus labios formaron la silueta de una sonrisa, falsa pero discreta. Suspiró profundamente. Estaba segura de que no sería su última bocanada de aire, pero todo indicaba que el ambiente entraba en tensión máxima.     — Admito que — empezó a hilar la frase. Cuando te vi en Villa de Leyva por primera vez, creí que Mario venía a asesinarme. Me detuve por un momento y cuando te reconocí fue mucho peor. Supuse que mi destino estaba sellado completamente. Aunque tenía el presentimiento de que la tercera bala iba a fusilar mi cráneo, no fue así. Al contrario, fuiste sincero conmigo y aunque solo estés aquí porque crees que te puedo ser útil, voy a ser sincera yo también. Sebastián soltaba el volante con la derecha para bajar el cambio debido a que se acercaba una calle empinada de dolorosa dificultad. Pisó a fondo mientras el carro batallaba por mantenerse estable. Pasó de tercera a segunda. Las llantas resbalaban en el asfalto subiendo poco a poco. Llegó a la cima, tomó de nuevo la palanca y cambió a tercera. Aceleró y moviéndola hacia atrás volviendo a cuarta.     — Como te decía — continuó Elisa. Creí que había llegado mi hora de abandonar este mundo. Pero ahora que siento que ambos estamos del mismo bando, me parecería injusto no decirte la verdad. Sebastián solo escuchaba atentamente, sin apartar en ningún momento la mirada de la carretera.     — Poco después de que Mario dejara su casa, comencé a seguirlo en Bogotá. Lo busqué muchas veces, pero ante su negativa quise llamar su atención. Una madrugada lo llamé desde un número desconocido. Cuando escuchó mi voz colgó automáticamente. Necesitaba llegar a él, porque a pesar de todo, sentía que podíamos formar algo lindo. Además, la estúpida de su mujer ya no estorbaba mi camino.     — ¡Hey! Ten más respeto con ella — la regañó como si se hubiera metido con el tesoro más preciado de su vida. Sofía podía no ser perfecta, pero era una dama en todo el sentido de la palabra, algo que tú no tienes ni por asomo.     — ¿Dama? ¡Una zunga como cualquier otra! — alzó el tono de voz sin compasión alguna. ¿Te creías que era la mujer perfecta? ¿Qué Mario estaba muy bien con ella? Cuántas veces no la vi saliendo a escondidas con un hombre.     — Tú… ¿Qué demonios te pasa? ¿Estuviste espiándola?     — ¿Y qué? Mario merecía saber con quién estaba, pero el idiota jamás te hizo caso.     — ¿Quién era el hombre? — cortó de repente.     — No lo sé, nunca vi su cara, sólo su ropa y siempre se vestía igual. Podía cambiar de zapatos, de camisa, de pantalón, pero siempre llevaba algo que lo distinguía, un chándal azul. Sebastián bajó la velocidad por un momento. El motor exigía un cambio nuevo, uno más bajo. Miraba por costumbre su espejo retrovisor. Dos luces encandelillaban su vista.     — Yo sí sé quién era él — advirtió con un tono de voz poco intenso.     — ¿Y por qué nunca le dijiste?     — Porque ese hombre… era yo.
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