Amigo el ratón del queso

2569 Palabras
El viento entraba por la ventana, helado, soplando hasta los más pequeños rincones del rostro de Sebastián. La mujer por su parte cerraba la ventana manualmente. Se estaba haciendo de noche y el sereno pateaba a los dos pasajeros. La última frase pronunciada, había causado un mar de dudas que sólo oscurecían el panorama. Impreciso como pocas veces, al meter el cambio, no puso quinta, sino tercera de nuevo. El motor rugió con fiereza para advertir. De inmediato volvió a hundir a fondo el embrague y realizó pertinentemente el movimiento de la palanca. Aceleró a fondo, por una carretera llena de incertidumbres. Tomó una curva acelerando aún más. Maniobró el volante con dificultad. El acero rosaba los límites del asfalto. Incrementó la velocidad aún más por la recta. Ella se percató que no llevaba aún el cinturón puesto. Se lo ajustó sin más dilación. La luna era opacada por las nubes, quienes celosas, no permitían que su belleza iluminara el paisaje.     — No lo entiendo aún — declaró Elisa, observándolo con incertidumbre. ¿Tú eras quién salía con la mujer de tu hermano?     — Sí. El chándal era un regalo muy especial que me había hecho.     — Vaya, vaya… ¿Qué te llevo a hacer eso?     — ¿A qué te refieres? La conversación terminó sin respuesta, porque de repente, un total de cinco vehículos se encontraban parqueados en la carretera, con las luces encendidas. Por el patrón de colores, se identificaban como patrullas de policía. Entre ellas había una ambulancia. El hombre apaciguó su marcha. Una luz artificial penetró el parabrisas.     — Buenas noches, señor ¿A dónde se dirige? La mujer en un acto de velocidad inhumana, se había puesto una peluca negra, larga, ondulada.     — Muy buenas noches oficial… — cerró un poco sus ojos para intentar leer el nombre en su placa. Mondragón… Choachí señor ¿Pasa algo?     — Bueno, al parecer intentaron atentar contra uno de nuestros hombres.     — ¿Cómo es eso?     — Lo encontramos encerrado en la cajuela de ese coche. Su patrulla está desaparecida y ya hay agentes realizando una búsqueda exhaustiva en el municipio, por lo que le recomiendo que guarde calma y discreción ante cualquier operativo de rutina que puedan estar realizando. La escena mostraba un hombre casi en ropa interior subido en una camilla, cargado por un par de paramédicos. A su vez, policías registraban el vehículo ladeado por la falta de una de sus ruedas delanteras. Las sirenas retumbaban por todo el lugar. Sebastián se detuvo un momento a observar.     — Vaya… ¿Han encontrado alguna pista? — preguntó el conductor.     — Eso no es de su incumbencia, con todo respeto. Por favor siga y evite problemas. Iris temblaba, estaba muerta del susto, paranoica. No había recibido noticias sobre lo que pasó en la última ciudad donde estuvo, por lo tanto, desconocía si la estaban buscando. Sus ansias se calmaron cuando su compañero puso en marcha el coche.     — ¿Raro no? — cuestionó Elisa retirando su nuevo estilo de cabello. Quién es tan osado como para atreverse a hacer una cosa semejante.     — Había algo más...     — Tú de nuevo con el misterio, ve al grano.     — Ese carro — prosiguió aún con la imagen fresca en su cabeza. Ya lo he visto antes. Ella simplemente calló, cediendo la palabra para que continuara la historia.     — Cuando realizamos la misa de cinco meses de fallecido de mi viejo, Mario llegó montado en ese cacharro.     — ¡No jodas Sebastián! ¡No jodas!     — Sí, está pasando algo muy raro. Y tengo curiosidad — volvió a enseñar esos dientes chuecos, característicos.     — Oye, no me has dicho ni a qué venimos acá, ni las razones que te llevaron a traicionar a tu hermano.     — ¿Traicionar a mi hermano? Pfff… — pausó un momento largo. Solo pasaré a darle el pésame a la familia de Margarita, una amiga que ha pasado a mejor vida.     — ¿Nos estamos exponiendo sólo por alguien que no está ni vivo?     — ¡Yo no te dije que vinieras! — exclamó, tenía razón. Además, ya estás grandecita, puedes cuidarte sola. Más bien dejemos de hablar de mí. Evitaste todo este tiempo el tema de Darío.     — Ah… ¿Quieres que te hable de tu hermanito? El hombre dirigió una mirada aplastante. Intentó arrollarla con su brazo, pero perdió el control del vehículo. Solo volviendo a su lugar logró arreglar el rumbo.     — Pero cálmate, pareces un bebé enojado. Te voy a hablar de tu hermanito.     — Una sola palabra denigrante sobre Darío y ¡Te juro que te mato!     — Está bien, ya no me gusta tanta seriedad. Sí, en efecto, al chico lo maté yo.     — ¿Por qué lo hiciste?     — Nada en especial. Sólo quería que alguien pagara por lo que tu otro hermano me había hecho. Le tocó a él, nada personal.     — Hablas como si el chico ¡No tuviera una familia! — gritó, sus palabras escapaban por la ventana y se desvanecían sin pena ni gloria en el viento.     — ¿Quieres saber cómo lo hice? Muy fácil. Estaba enfadada y necesitaba llamar la atención de Mario a como diera lugar. Pensé que si le hacía daño a alguno de ustedes iba a ceder. No conté con que no se dirigieran la palabra en ese momento. Entonces, supongo que no le contaste nunca.     — Sólo le dije que había arrastrado a Darío hacia su propia muerte. Aún sigo dolido con él y no quería ni que se apareciera en el funeral, que, por cierto, celebramos con un ataúd vacío.     — ¡Lo sé! — comentó entusiasta, se burló un poco. Lo agarré en Villanueva, yo no sé a cuanto de donde vivían ustedes, tal vez hora y media, tal vez dos horas. Lo cité para cuadrar un negocio de ganado. Me hice pasar por un hombre adinerado y apenas lo vi llegar, lo seduje. «¡Maldita bruja hija de puta!» pensaba, maldiciéndose por estar en su vehículo con otro artífice de una de sus más grandes desgracias.     — Lo llevé a mi cama… disfruté el momento... Y luego…     — ¡Habla ya!     — Lo degollé completamente con la navaja que cargo en estos momentos en mi cintura. Sebastián poseía una mirada triste. Sus ojos se hinchaban aún más cada segundo. Estaba mudo. Optó por frenar.     — Ahora dime — siguió la mujer. Para acabar con quien mató a tu padre ¿Te piensas aliar con quien mató a tu hermano? No comprendo muy bien tu lógica.     — Tienes razón… y así como le di una oportunidad a la lacra de mi hermano, voy a hacer lo mismo contigo. ¡No quiero verte nunca más! ¿Me oyes? Hasta aquí te trajo el viento. Definitivamente buscarte fue uno de los peores errores que cometí. Elisa sonreía aún. Nada podía acabar esa sonrisa maquiavélica que ostentaba con mucho orgullo. Abrió la puerta y bajó, desprotegida, su cuchillo no la iba a cobijar del frío.     — Al menos ¿Quieres saber dónde está Darío? El hombre no arrancó hasta no escuchar el dato.     — Muy bien… ¡En un establo! Detrás de una panadería en Villanueva, enterrado como un perro, como todos ustedes deberían estar. El carro arrancó. Ella tragó humo con su boca. Aún quedaba un trayecto levemente largo para un carro, extenso para ir a pie. El municipio había sido militarizado. Docenas de soldados bajaban de sus camiones ante las miradas lejanas de los habitantes de aquel lugar. Abandonaban el vehículo con un fusil en la mano, apuntando en distintas direcciones. Golpeaban la puerta de cada casa existente, preguntando si habían visto algo fuera de lo común en el pueblo y luego registraban la propiedad para asegurarse de que todo era cierto. Iris y los demás aún no se habían enterado de nada. Seguían dentro de la casa esperando. La mujer cocinaba un pollo con salsa de maracuyá, arroz verde y una ensalada de aguacate con tomate y cebolla. En el patio, los hombres discutían de nuevo. Parecían casados.     — Te has detenido un momento a pensar — alegaba Arturo. ¿Qué pasa si esta situación se nos sale de control?     — ¿A qué te refieres?     — Usted tiene una capacidad de análisis demasiado floja. ¡Espabile! Esa mujer está más del lado de su hermano que del suyo. Lo que me platicó hace unos meses… ¿Cree que a su hermano ya se le olvido? ¿Cree que todo va a ser rosas cuando lo vea? ¡Seguramente entrará a matar!     — Para eso somos dos ¿no? Si algo no sale como esperamos tenemos las de ganar.     — Yo sé eso hombre. Pero ¿Estaría dispuesto a deshacerse de ambos? El viento pasó como alma que lleva el diablo. Golpeó sus caras con una caricia tosca. En la mente de Mario ocurrían muchas cosas, pero había dado su palabra de que evitaría a toda costa que se derramara más sangre en la búsqueda. Lo de Valentina lo había afectado mentalmente. Era parte de sus pesadillas, de sus pensamientos diarios. Por su parte, Arturo parecía un hombre de piedra. Ante todo, lo que había presenciado, su corazón seguía sereno, al fin y al cabo, la guerra no era con él. Era un simple espectador de un juego de ajedrez. Un peón sin intenciones de ser sacrificado para beneficio ajeno. Buscó en su bolsillo derecho un encendedor. Deslizó su mano suavemente por este. Sintió tristeza al recordar que ya no lo acompañaba ningún cigarrillo en su viaje.     — ¡Venga ya hombre! Hasta mejor que ya no consuma esa mierda. Más bien entremos, huele delicioso y creo que ya está lista la cena.     — Ve tú. No tengo hambre — sentenció serio el doctor. Mario atravesó la casa hasta llegar a la sala. Iris se encontraba sirviendo en un solo plato tres presas de pollo. Agarraba un plato sopero y lo llenaba de arroz. Tomó el segundo.     — Sólo sirve dos por favor. Arturo no quiere comer nada. La mujer no entendía de nuevo que pasaba, lo de Arturo era muy extraño. Sirvió los platos en la mesa y se sentó junto a su amigo.     — Oye, ¿Te puedo preguntar algo? — indicó la mujer confundida.     — Dime con toda confianza.     — Ese hombre Arturo es… La frase se suspendió. Tres toques a la puerta llamaron la atención de todos. El sonido se repitió una y otra vez.     — Ve a ver quién es — le indicó el hombre mientras agarraba una presa. Ambos tomaron direcciones opuestas. Ella hacia la puerta, él hacia el patio. En su corazón guardaba miedo. No sabía cómo podría reaccionar su hermano al verlo, así que mejor se ocultó. Acompañó al médico en su soledad.     — ¿Llegó? — preguntó con serenidad.     — Así es. La mujer abrió la puerta. Frente a ella, estaba Sebastián. El abrazo del reencuentro se tuvo que posponer un rato. La bandada de soldados que azotaban el pueblo era un espectáculo de muy mal gusto. Iris primero observó la situación a su alrededor.     — ¿Esa es la forma en la que me recibes después de tanto tiempo? La mujer ni siquiera le prestó atención.     — ¿Qué rayos pasa aquí? — preguntó ella.     — Ah supongo que estarán buscando al tipo que dejó a un policía en el baúl de un carro por la carretera — afirmó disimulando que no sabía de quién se trataba.     — ¿Qué? En fin… Abrió sus brazos y se mezcló con el hombre en un abrazo que curó muchas heridas del pasado. Habían terminado porque la inestabilidad mental de Mario le consumía todo el tiempo a su hermano. La distancia acabó por desgastarlos y llegaron a un acuerdo. Todo en buenos términos. Aun así, era inevitable que se hubieran sentido mal.     — ¡Me alegra verte Sebas! — dijo aún hundida en el pecho de su exnovio.     — A mí igual Iris ¡No sabes cuánto! La emoción del momento fue interrumpida. Tres soldados avanzaban hacia el domicilio.     — ¡Señorita! — gritó uno de ellos. Necesito que me responda algunas preguntas.     — Sí con gusto.     — ¿Ha visto hoy a este hombre? — preguntó pasándole la foto de una cédula de ciudadanía. La sorpresa fue inmediata. Los antiguos amantes, vieron con sorpresa como se mostraba la foto de Mario, nombre completo y su firma.     — ¡No! — respondió inmediatamente la mujer agarrando fuerte la mano de su acompañante. Pero cualquier cosa yo les digo, no se preocupen. Cerró inmediatamente la puerta ante los gritos del militar.     — ¡Señorita abra esa puerta o se la tiramos abajo! — se escuchaba desde fuera. Los que se encontraban en el patio se percataron del escándalo.     — ¿Ves? — reclamó Arturo. Eres un imbécil, te advertí todo el día que debíamos irnos de acá y tu tan campante. Nos largamos.     — ¡No iremos a ninguna parte! Acaba de llegar mi hermano y tenemos muchos asuntos pendientes.     — ¿Entonces que nos agarre la policía? ¿Estás loco? ¡Jódase yo me voy! Mario agarró su brazo clavándole las uñas como un animal.     — ¿No me entendió? ¡De aquí no se va nadie! Su compañero lo superaba por mucho en estatura y fuerza, así que apartó su brazo discretamente y lo miró de frente a los ojos.     — Nos vamos en este preciso instante. Vamos a saltar la pared.     — ¡No nos vamos a ningún lado hasta que Iris y mi hermano vengan! El doctor se apresuró a escalar la pared. El viudo lo agarró de la pierna inmovilizándolo.     — ¡Quítate estás demente! — gritaba Santafé.     — ¡No vas a ningún lado! — respondió entre dientes, realizando más fuerza de la que sus capacidades le permitían. Arturo lo pateó con la pierna que tenía libre. Repitió el golpe. Volvió a lastimarlo en el estómago, luego en la espalda. Su amigo lo soltó. Se agachó un poco y empezó a hablar.     — ¿Crees que todo en este mundo gira a tu alrededor? — dijo, mientras soltaba una nueva patada con más fuerza en su cara, que le causaba una abertura grande en su labio. No me voy a comer una condena injusta por su culpa. Lo siento Marito, no lo puedo acompañar más. El hombre se retorcía en el suelo.     — Creí… creí que éramos amigos — susurró débilmente.     — ¿Amigos? — preguntó con cierto cinismo en el tono. ¿Quieres saber la verdad? ¡Estás enfermo! Y esa es la razón por la que estoy contigo ¿Olvidas que soy psiquiatra? Solo estudio tu comportamiento. El funcionamiento de la mente es algo que me apasiona y tú eres un conejillo de indias muy jugoso. Mario no lo podía creer.     — ¡Así es! — prosiguió. ¡Estás enfermo! ¿Qué es ese cuento del Sombrerón? ¿Qué son todas esas cosas que me dice sobre deseos y no sé qué más vainas locas que se le cruzan por la cabeza ¿No se ha dado cuenta? ¡Usted mató a su esposa! ¡Está en negación y quiere buscar cualquier otro culpable! Solo quería ver que tan lejos era capaz de llegar. El hombre apaleado le dirigió una mirada, llena de tristeza, de temor. El doctor simplemente dio la vuelta y saltó la pared. Mario perdió la conciencia. 
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