Arturo no se detuvo un solo segundo en su afán de superar el muro. Cayó como un costal de papas al suelo helado ante los ojos de un pastor alemán. Caminó en puntas de pie con mucha precaución, hasta que se dio cuenta que el canino estaba demasiado ocupado revolcándose en el barro como para prestarle atención. Corrió despavorido hasta la pared que actuaba como frontera con la casa del vecino.
El perro apenas suspiraba. Revolvió el polvo con sus pies y se acostó encima de la suciedad.
«Ni siquiera le inspiro rabia a ese animal» se dijo con una leve molestia. Agarró el filo del cemento e impulsó su cuerpo. Pasó por encima y volvió a caer de lleno, boca abajo comiendo tierra.
«¡Menuda mierda!» pensó. Se sacudió la ropa y caminó. Esta vez, lo que se atravesaba en su camino era algo inerte.
Un par de vidrios rotos encima de la pared brillaban en medio de la oscuridad.
Estos picos filosos son una práctica muy común en Colombia para que los ladrones no se paseen como si nada entre residencias.
Tenía dos opciones. O se cortaba las manos, dejaba evidencia de que estuvo ahí con una huella de ADN que sería rastreada posteriormente, o entraba a la casa, jugándose en un 50% que la familia que la habitara lo viera y llamara a la policía.
Nunca supo que pasó por su cabeza para entrar por la puerta trasera, salió disparado como si de un guepardo se tratara.
Contó con suerte. Todos se encontraban en sus habitaciones, en espera de que algún soldado se presentara en la puerta.
Nadie lo sintió, a pesar de que clavó los pasos fuertemente en el porcelanato. En unos segundos se encontraba abriendo la puerta principal. Chirrió un poco, nada para preocuparse. Miró hacia sus lados. No había nadie. Al parecer la operación militar se había concentrado en la casa de Iris. Divisó a lo lejos una moto parqueada, apoyada sobre la pata.
Trotó un poco para acelerar su paso para estar al lado del vehículo. De nuevo cuidó sus movimientos. Volteó para atrás, luego izquierda, derecha, finalmente volvió a revisar su frente. Nadie lo observaba.
Revisó la zona donde se inserta la llave, encontrándola, como si poderes celestiales lo hubieran iluminado. Sin retraso alguno, la giró hacia la derecha. Prendió la motocicleta. Seguía sin poder creerlo.
«Esto tiene que ser una broma. No puede ser tan fácil ¿Dónde están el ejército para detenerme o algo?» aseveró. Aceleró con su mano derecha y sin conocer el camino de vuelta tiró hacia el sur. Desapareció entre las sombras, como si de un espectro se tratara.
Mientras tanto, dos soldados intentaban tirar con un ariete la puerta en la residencia de la ex de Sebastián. Dentro, ellos se dirigían al patio corriendo mientras escuchaban el estruendo que provocaba el choque.
— ¿Me puedes explicar que es todo esto? — alegaba el hombre. ¿A qué horas vamos a ir al funeral de Margarita?
— ¡Por Dios! ¡Sebastián! Perdóname por lo que te voy a decir, pero… te mentí. No hay ningún funeral, no sé mucho de Margarita, pero supongo que está bien ¡Yo que sé! Lo importante es que tenemos que salir lo más pronto posible de aquí.
— Enserio no estoy entendiendo nada ¿Para qué me llamaste entonces?
La mujer soltó un grito espantoso.
— ¿Mario? ¿Qué haces ahí tirado? — preguntó preocupada mientras lo observaba con los ojos entreabiertos, ojos que carecían de fuerza vital.
Sebastián por fin lo tuvo de frente. La sangre de su sangre. Quién acabó con una de las personas más importantes en su vida, quién también era sangre de su sangre.
Pero, sin duda el hermano mayor tenía un componente sentimental muy fuerte. La oportunidad de vida que le había regalado a Elisa lo avalaba.
Lo miró con tristeza. Estaba indefenso y una vez más la compasión se apoderó de su corazón.
— Ayúdame a cargarlo, antes de que tumben la puerta — gritaba la mujer.
No perdió tiempo y tomó a su hermano en brazos. No era el reencuentro deseado, pero ya tendría tiempo para hablar con él.
Iris lo llevó por un pequeño pasillo que conducía hacia el garaje.
Agarró las llaves que se encontraban sobre un estante y desactivó la seguridad del carro que se encontraba en mitad de las cuatro paredes.
Abrieron las puertas traseras. Acomodaron el cuerpo inconsciente y seguido subieron. El garaje se abrió y el automóvil se desplazó endemoniado.
Los militares alcanzaron a percatarse de la huida.
Arturo corría en su vehículo a casi 120 kilómetros por hora. Maniobraba la moto de manera eficaz, sorteando los huecos (que no eran pocos) y las curvas que poco se visualizaban con la neblina que acaparaba todo el terreno.
No vestía ni casco ni chaleco obviamente. Así que era presa fácil para oficiales de tránsito que se encontraran trabajando. Aunque una multa era un castigo mínimo que se podía permitir en comparación a enfrentar una condena por homicidio.
Poseía el mínimo conocimiento de la ruta que estaba tomando, pero entre más lejos estuviera de Choachí mejor.
Ahora que rememoraba, nunca había manejado una moto. Quizás la adrenalina del momento lo llevó a cometer semejante locura.
«El que sabe montar bicicleta sabe manejar moto perfectamente» aseguraba en su mente mientras el viento frío y espeso de la noche le entumecían las extremidades.
Cada movimiento que realizaba con sus dedos se tornaba cada vez más pesado. La niebla debilitaba el rango de su vista y no era fácil seguir conduciendo a la velocidad a la que estaba sometiendo al motor. Pero para él, todo eran excusas. Necesitaba salir de ahí lo más pronto posible, sin dejar rastro alguno.
Su velocidad se había incrementado en diez. Ahora tomaba la cabrilla del vehículo con mucha más fuerza para no perder el control. Inclinó levemente su cuerpo hacia adelante.
Doblando hacia la izquierda se encontró con la primera persona en el camino, que conducía una moto de menor cilindraje.
El poco campo de visión al que lo limitaba el ambiente, no le permitió percatarse de la bajada tan absurda que había en la carretera.
En pocos segundos, quedó suspendido en el aire. Los neumáticos volvieron a tocar el asfalto, pero la rapidez en la que se encontraba no le permitió hacer mucho. La moto se tambaleó hacia los lados. El hombre perdió el control y se desprendió rápidamente.
Cayó. Era el tercer golpe que recibía su cuerpo, tal cual como un saco de boxeo. Giró con rudeza ocho veces debido a la inercia.
Múltiples raspaduras adornaban su piel áspera. Milagrosamente el vehículo se arrastró, aunque algunos metros a distancia.
No lo podía creer, pero… ¡Había sobrevivido!
Boca arriba bajo la mirada seria del cielo, descansaba.
Cerró sus ojos.
Lo primero que arribó a su mente fueron los recuerdos de la noche en la que conoció a Mario. De nuevo recordó como el recién conocido lo ayudaba a subir al auto al ver que la pólvora había penetrado su hombro.
Tenía presente el dolor que sentía tras el disparo. No podía decidir qué había sido peor eso o el accidente.
Recordó las palabras de su acompañante con el volante en sus manos.
— ¡Hey! Debes mantenerte despierto, no cierres los ojos ¿Está bien?
— ¡Cállate imbécil! — respondió Arturo mientras apretaba fuerte donde tenía el agujero. Fue un simple disparo en el hombro, no me perforaron el pulmón ni nada por el estilo estoy bien, solo lléveme rápido, he perdido mucha sangre.
Hernández pisó el acelerador, pero el sprint no andaba mucho más. Acabó por desesperarse.
— No sé dónde queda la clínica.
— Devuélvase a Bogotá inútil. Cuando lleguemos yo le indico.
— No tiene porqué tratarme de esa manera.
— Yo trato a quien sea como se me da la regalada gana ¡No me joda!
El conductor simplemente calló. Tomó la ruta de regreso a la capital. A menudo, miraba hacia atrás para observar al doctor, revisando si estaba estable o había perdido el conocimiento. Aunque tras las palabras que le dedicó, le daban ganas de dejarlo tirado, a su suerte.
Arturo era fuerte. Tras la pérdida de sangre excesiva, aún se mantenía consciente y con todas las energías para dedicarle malas palabras cuando fuera necesario.
El auto viejo pasó por Chía y tomó la ruta de retorno.
“Bienvenido a Bogotá”, marcaba el letrero en el que generalmente se acumula el tráfico.
Al llegar a su destino, Santafé le indicaba que rutas tomar para llegar rápidamente a Tense IPS.
Giró en la última esquina y se encontró con la institución para enfermos mentales. Lo ayudó a caminar y entraron.
El rubio se dirigió rápidamente a su oficina. Agarró gasa que se encontraba en el botiquín. Recortó la cantidad necesaria y se protegió el brazo. A continuación, con unas pinzas intentó remover la bala que aún se alojaba dentro de su organismo.
Dolió y dolió mucho. Se aplicó agua oxigenada para desinfectar la herida y procedió a coser. Todo ante la mirada de su compañero.
Una seguidilla de ocho puntos cerraban la herida.
— ¿Te encuentras mejor? — preguntó Mario, con indiferencia, el trato del hombre le había resultado fatal.
— Sí, solo necesito comer un poco.
— Iré a buscar si hay alguna tienda que esté abierta las 24 horas.
— Perfecto y cuando vuelvas, quiero saber un par de cosas que me van a ayudar bastante a identificar al asesino de tu esposa.
— ¿Enserio? — no lo podía creer. ¿Me estás hablando enserio?
— Sí.
El hombre dio la espalda, el doctor por su parte, sonrió.