El experimento

1759 Palabras
Un factor determinante en sus estudios psiquiátricos era todo lo que necesitaba Arturo para avanzar, para sentirse satisfecho profesional y personalmente. La historia del hombre no lo había conmovido en lo absoluto. Además, todo lo que ocurrió después fue teatro. La ruleta rusa, su actitud maquiavélica, sus palabras, todo fue actuado… bueno, a excepción del balazo, ese si fue un golpe real para darle dramatismo al asunto. Como un ratón cuando ve el queso en la trampa, su instinto le dice que lo tome rápidamente o va a morir. Si lo logra y no es atrapado, se va a encontrar con que el lácteo tenía veneno. Así mismo se encontraba Mario. Esquivó la trampa, pero su garganta se ahogaba al no encontrar un antídoto. El siguiente paso, era someter al hombre a un estudio, donde pretendía usar ideas implantadas para seguir con su juego. Sentía, que, si lograba desprenderlo de la realidad, podía lograr una causal para que su mente entrara en conflicto y disociara todos los recuerdos que podía tener. Como quién dice, una mentira dicha mil veces se convierte en verdad. En este caso, lo estaba llevando a un terreno personal para saber hasta dónde era capaz de llegar el cerebro en una situación tan desafortunada. Identificó dos causas; la primera, la obsesión del tipo con encontrar a un culpable, tanta que hasta llegaba a traer a cuento seres mitológicos que existían solo en las cartillas para niños y la segunda, una culpabilidad absoluta por lo que había pasado. Le importaba una hectárea de calabazas quién había matado a Sofía y a Lucía. No quería ayudar, tan solo estorbar para complacer sus caprichos personales. Pensó en iniciar por susurrarle que todo había sido un suicido, pero automáticamente lo descartó debido a que así se acabaría la diversión en un santiamén. Decidió jugar más sucio. Necesitaba averiguar información sobre las personas que lo rodeaban para así poder establecer causas ficticias de porqué podrían ser sospechosos. Tenía un principio clave: Todo sospechoso real, debía parecer inocente. Mientras sostenía su brazo suturado, se dirigió a la salida de su pequeño despacho. Entró a la sala y se sirvió una taza de café para soportar la noche. Sin descuidar su herida, se sentó en una silla de plástico a esperar. El segundero marcaba con un fuerte ¡Tic! ¡Tac! Por su parte, Mario recorría las calles en el sprint prestado. No había encontrado ningún chuzo abierto y pensaba devolverse ya, con las manos vacías (y el estómago también). «¡Soy un estúpido!» juzgó cruelmente, sacando el celular de su bolsillo. Buscó rápidamente en la herramienta del mapa dónde podría encontrar algún sitio abierto. Las opciones eran pocas, pero había una cerca. Inició la ruta hacia allí y en menos de lo que canta un gallo yacía frente a las puertas de un asadero de pollos. Pidió uno completo con adición de papas a la francesa y subió al auto. La comida impregnaba el ambiente. Olía delicioso. Siguió manejando por la ruta que le indicaba una aplicación, debido a que la ubicación de la IPS aún no le era familiar. Por fin arribó. Se bajó del carro con la bolsa de pollo en la mano y entró a la sala principal. Observó a Santafé soplando una taza de tinto y le indicó que volvieran al consultorio. Dentro, destaparon el recipiente con la cena de madrugada y comieron como salvajes. Mario se sentía incómodo por no acompañar el alimento con una bebida. Por su parte, el doctor solo bebía a gusto su café.     — Entonces Arturo — indicó el hombre con una pierna asada en su boca, no respetaba las reglas de etiqueta y glamur. ¿Cómo es eso de que puedes ayudarme a saber quién acabó con ellas?     — Así como lo oye viejito. Espere que terminemos y empezamos de una, sólo necesito que me cuente un par de detalles más. Las manos se abalanzaban sobre las papas fritas, los plátanos maduros (que eran pocos), las arepas y la proteína principal. No sobró ni una sola presa. Estaban llenos y exhaustos.     — Aunque pensándolo bien — dijo el doctor mientras soltaba un bostezo. Es mejor irnos de acá y comenzar mañana. De verdad la he pasado fatal hoy, más con ese susto de muerte. Mario se desanimó. Se encontraba a la expectativa de la bomba que podía soltar su acompañante, pero debía ser paciente y esperar algunas horas más. Ambos caminaron hacia la salida y subieron al auto. Se encaminaron hacia el lugar donde vivía el médico. Tras un viaje silencioso, donde el único que no pudo dormir profundamente fue el conductor, llegaron. Entraron a un edificio un poco mugroso. Subieron las escaleras y en el tercer piso, se encontraron con cinco puertas polvorientas. Ingresaron a la primera. Una pequeña habitación les daba la bienvenida. Se encontraba poco aseada.     — Disculpa si te incomoda el desorden — afirmó Santafé aguantando la carcajada que estaba a punto de salir. No me queda tiempo ni para lavar la ropa, casi que vivo en mi trabajo.     — No te preocupes — mintió. ¿Dónde puedo descansar? Estoy acabado.     — Acuéstate en mi cama sin ningún problema. Yo iré a bañarme y luego me recuesto un momento en el sofá. Mario desabrochó sus zapatos y los dejó apartados en la sala. Retiró sus medias, preparándose para invadir el colchón. Se recostó, entrando en un sueño profundo. No había pegado el ojo en toda la noche. Por su parte, el doctor se desvistió en el baño. Se duchó rápidamente, se cubrió con la toalla y salió aún húmedo. Agarró una nueva vestimenta de su armario y se cambió. Se tiró sobre la silla, la cual rechinó fuerte, aunque no lo suficiente como para levantar a quien descansaba en el mueble de al lado. El reloj marcaba un cuarto para las seis de la mañana. El sol se había asomado hacía ya rato. Ambos roncaban con intensidad. A menudo, alguien se levantaba, caminaba hacia la cocina y se servía un vaso con agua. Pasaron al menos seis horas para que la primera persona se levantara. Era Arturo, quién manipulaba su celular para pedir almuerzo a domicilio. No le importó qué quería comer su compañero, si le gustaba bien y si no de malas. Pasados treinta minutos, el sonido del timbre logró levantar a Mario. Abrió y encontró a un hombre con dos bolsas, con sus pedidos. El médico había encargado ajiacos con arroz y aguacate. Se tomaron su tiempo para comer las sopas. Luego reposaron un poco. Ahora, el reloj marcaba las dos de la tarde.     — Retomando lo que me dijiste anoche.     — Si, lo recuerdo, no te preocupes. Tú dirás cuándo empezamos.     — Estoy listo desde anoche. Arturo agarró una pequeña libreta que se encontraba sobre la mesa de noche. Rebuscó en el primer cajón y sacó un esfero n***o.     — Lo primero que necesito es que pienses, en quién, en cómo y porqué.     — ¿A qué te refieres?     — Déjame terminar — sentenció Santafé. Piensa en posibles sospechosos, en quienes querrían hacerle daño, en porqué, tal vez enemigos de tu pasado o de ella, posibles amores prohibidos… no lo sé, piensa. A la mente de Mario solo venía el nombre del psicólogo de su mujer. “José Isaías Vargas” eran las únicas tres palabras que llegaban.     — José Isaías Vargas — afirmó con seguridad. Él debe ser el responsable. No tengo ninguna duda. Sofía me engañaba. Debió haberse ido de viaje en su compañía, el mismo día que apareció muerta. Del tipo no se sabe nada, incluso investigué y no existe nadie con el perfil descrito. La oficina tampoco existía, entonces no sabía al dónde y con quién se estaba juntando su mujer. Tal vez a la tumba se llevó un secreto más turbio de lo que aparentaba.     — Entiendo, aunque deberías replantearte algo. En caso de que lo que tu piensas sea cierto ¿Por qué crees que la mataría? ¿No la amaba el también? Suena un poco ilógico lo que me planteas ¿No te parece?     — No, quizás pasó algo entre ellos dos, no lo sé.     — Al fin y al cabo, quien nos puede responder eso ya no forma parte de este mundo. Las palabras sin compasión hirieron el corazón de Mario.     — Igualmente — continuó el doctor. Déjame todos los datos que has averiguado sobre él, quizás podemos hacer algo.     — No, es una pérdida de tiempo. Intenté localizarlo, pero es imposible, incluso cuando marco su número telefónico, no suena.     — Te repito, déjamelos. Quizás haya algún detalle que a ti se te haya escapado, pero tengo la seguridad de que yo sí puedo hacer algo.     — Está bien. El hombre anotó en la libreta toda la información que poseía sobre su sospechoso número uno. Su letra era confusa, pero algo se lograba entender entre todos esos jeroglíficos.     — Listo. Éste es el primero ¿No? Ahora necesito que pienses en los demás. Estaría bien considerar todos los nombres posibles, así a ti te resulten que poco o nada tienen que ver.     — Déjame pensarlo un poco. Era ilógico que algún familiar tanto suyo como de Sofía se podían ver involucrados en el homicidio. Tampoco nombró a Elisa, había sido una aventura (de muchas noches) pero no quería manchar su reputación ante el recién conocido. Lo único que podía imaginarse, era que el tal José había suplantado su identidad y estaba escondido bajo otro nombre.     — No, no hay nadie más — afirmó Mario disimulando su verdad a medias.     — Está bien, entonces me pondré a trabajar con un solo nombre. El plan de Arturo había fallado. Necesitaba una fila considerable de candidatos para poder experimentar las distintas posibilidades. Si acusaba a algún conocido con argumentos sólidos, podía influir para que Mario desechara esa idea única de que el amante de Sofía la había asesinado, que era lo más probable.     — Voy a salir un momento, necesito pastillas para el dolor de cabeza — dijo el viudo. Procedió a irse, paso a paso se alejaba del edificio.     — Vamos a ver — dijo el médico en medio de la soledad. Si puedo llegar a este tipo. Agarró la libreta para buscar el número que su compañero había notado. Al encontrarlo, procedió a marcar la secuencia en su celular. Timbró una vez. Timbró dos veces. Un sonido de vibración sobre la madera hizo presencia. Era el celular de Mario. Había olvidado llevarlo. Recibía la llamada. ¿No había ningún José? — ¡Serás cabrón! — gritó.
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