Mario visitaba una farmacia con intención de comprar los medicamentos para calmar un poco la migraña que lo aquejaba. Incluso salió en chancletas en medio del molesto frío.
Durmió cerca de seis horas después de una noche intensa, era normal que sintiera que su cabeza iba a explotar. Tenía picadas continuas en sus ojos, como si alguien los exprimiera desde dentro.
Las calles del lugar resultaban algo peligrosas. Era un sector famoso por su excesiva delincuencia. Alguien que saliera a la calle con un celular en la mano no duraba más de cinco minutos con él.
No recordaba haber conducido hasta ahí, pero era tarde para arrepentirse. Se encontraba con la única persona que lo podía ayudar.
Cruzó la calle. Allí un letrero muy pequeño indicaba la ubicación de una droguería inusual, que apenas poseía una puerta con rejilla, por donde se atendían a los clientes.
— ¡Buenas tardes! — alzó la voz.
Una mujer de la tercera edad con el cabello corto, portando unas gafas con el marco color naranja se asomó.
— Hola muchacho ¿Qué se le ofrece?
— Mi señora, necesito algún medicamento para el dolor de cabeza ¿Tienes?
— Si mijo, espéreme aquí ya se lo traigo.
Tras cinco minutos, volvió.
— Disculpe la tardanza, desde que mi hija no me ayuda me cuesta un poco agarrarle el ritmo al negocio.
— No se preocupe mi señora — contestó mientras le extendía un billete.
— ¡Aquí tiene! — afirmó mientras le pasaba la bolsa que contenía las tabletas.
Volvió de nuevo a la casa de Arturo. Entró al edificio, subió las escaleras. Por el camino había gente tirada en el suelo en estado de ebriedad.
«¿De verdad me veo así cada vez que me emborracho?» se lamentaba al compararse con los demás. Usó el timbre.
Santafé abrió la puerta y lo invitó a pasar. Su cara expresaba nerviosismo. Cerró la puerta mientras su acompañante pasaba a la cocina a servirse un vaso de agua para tomarse los medicamentos.
— ¿Supiste cuál era la farmacia?
— Sí, está oculta, pero logré ver el aviso.
— Son medidas preventivas. En este barrio todos los negocios están controlados por una banda criminal. Persona que no esté identificada por esa gente, está bajo aviso. No te hicieron nada porque seguramente te vieron llegar conmigo anoche y ya soy residente desde hace algunos años. Aquí, todas las paredes hablan, eso nunca lo olvides. Esa señora no tiene permiso y lastimosamente le toca someterse a lo que la organización esa le diga.
Mario asintió. Bebió agua y bajó la pasta.
— Entonces Marito — continuó el doctor. ¿Usted me cree a mi pendejo o qué?
— Disculpa ¿Cómo dices?
— Así como lo oye. Cree que soy un imbécil al que puede coger de parche o me va a tomar enserio.
El silencio incómodo invadió la habitación, siendo garantía de que no tenía mínima idea de lo que le quería decir.
— Mire lo que pasa cuando marco al número que usted me pasó.
Arturo procedió a escribirlo en su celular mostrándole. Apretó el botón verde para llamar.
Timbró una vez.
De repente, el mensaje de que este número se encontraba apagado u ocupado fue lo único que se escuchó en el lugar.
Arturo volteó hacia el teléfono que yacía acostado encima de la madera. No sonaba. Ni siquiera había registrado la llamada.
Mario se extrañaba.
«¿Qué demonios está pasando aquí? Si probé llamando al menos unas cinco veces, ¿por qué ahora no suena?» pensaba mientras intentaba marcar una y otra vez, obteniendo el mismo resultado en cada intento.
— Es lo que te dije hombre, en ese número no contesta nadie, es como si no existiera. Pero dígame ¿A qué se refería con lo anterior?
— No importa — aseguró el hombre confuso.
Los días pasaron. Entre semana, Mario iba dos o tres veces a terapia con el psiquiatra. Pronto, una idea comenzó a rondar por su mente. Esa idea le dictaba que el psicólogo jamás existió. Era toda una invención suya para abrazar la idea de que lo de Sofía no había sido un suicidio. Pero, la persona más peligrosa en su vida, que era quién lo estaba tratando se enteró de eso.
Automáticamente puso en marcha un plan para que desechara esa idea.
El médico pensó en el momento en el que el celular de su paciente no dejaba de sonar.
«¿De verdad existía algún José?» se cuestionaba cada noche antes de irse a dormir.
«Y si… lo hago creer que él era José… o mejor… ¡Que él la asesinó!» surgió el pensamiento maquiavélico.
Si lograba convencerlo de que había cometido el homicidio, tendría un experimento exitoso.
En la siguiente cita, comenzó a carcomerle la mente.
Se encontraban frente a frente, hablando acerca de los problemas que habían surgido en la relación. Cuando de repente el psiquiatra interrumpió.
— Mario, disculpa lo que te voy a preguntar, pero… ¿Has considerado que José sea una persona muy cercana a ti?
— No Arturo, últimamente he estado pensando y siento que Sofía acabó con su vida por cuenta propia. No sé, quizás estaba agobiada, del matrimonio, de mi comportamiento, de la vida que le estaba ofreciendo. No hacíamos más que pelear y no era sano para la niña tampoco. Lo que me parece egoísta es que escogiera el destino de la pequeña. Pero en fin…
— Creo que no entendiste mi pregunta. José puede existir, pero no era el psicólogo de tu mujer, nada de eso. José… eras tú.
La velocidad de la respiración de Mario no era normal. Se sintió perdido. Quería soltar palabras, pero no tenía aliento para eso. Quería pararse, pero sentía sus piernas débiles.
— Me estás tratando de decir ¿Qué yo maté a mi esposa?
— Te estoy tratando de decir que hay una posibilidad de que estés intentando ocultar el delito creando personajes ficticios. Es que mírate hombre, primero con lo del silbón, luego José. Pero ninguna de estas versiones me cuadra. Debes estar alterando tu mente para no reconocer lo que hiciste.
— ¿Acaso he dicho que el silbón mató a mi mujer? Estás loco. No tiene ningún sentido. Si yo hubiera matado a mi familia hubiera sido el primero en entregarme a las autoridades.
— Todo lo que estás diciendo es propio de un animal acorralado.
El paciente no estaba entendiendo absolutamente nada.
— Es común querer evadir una responsabilidad inventando un obstáculo — aseguró Santafé. Pero Mario, en el momento que te conocí, supe que había algo más escondido tras esa cara de bonachón.
Su plan recomponía el camino. Lograba desatar una guerra en los pensamientos del viudo. Ahora el conflicto interno le estrujaba la salud mental. Lo hacía pensar cosas que nunca pasaron. Por un momento se replanteó todo. Inició un proceso de autoestudio donde se dibujaba como el villano.
Las palabras del doctor seguían haciendo eco. Para colmo, reforzaba su teoría con algunos puntos que tenían cierta validez.
Por ejemplo, le indicó que él estaba cansado de que su mujer actuara paranoica cada vez que lo veía. También osó en decirle que en realidad no quería a su hija. Que quería vivir una vida de soltero, de lujuria y desenfreno.
La ingeniería social que había aplicado Arturo era demasiado peligrosa. Le estudió hasta las preocupaciones que lo asaltaban con respecto al futuro. Por eso, la influencia era bárbara.
— Y si yo la maté… ¿Entonces que hago?
— Bueno, no hay que adelantarnos. Sólo te he dicho que es una posibilidad ¿Acaso no viste estadística? Te estoy diciendo que puede haber otras causales.
— ¿Cómo cuáles?
— Puede ser que a tu familia la haya asesinado alguien que aún no conocemos.
— Espera… espera ¿Estamos buscando a alguien de quién no sabemos siquiera su identidad?
— ¡Posibilidad Mario! ¿Es tan difícil de entender? No hay que dar nada por cierto hasta que se demuestre lo contrario. Pero, a pesar de lo que hemos hablado, siento que tú no eres sincero. Hay algo que me indica que falta una parte de la historia.
El paciente recordó a Elisa, pero seguía empeñado en esconder el secreto.
«¿Pudo haber sido ella? No, durante lo sucedido no hubo ninguna señal que la inculpara» se preguntaba y respondía a sí mismo. «Lo que pasó con papá y mis hermanos es cosa aparte, no tienen ni que ser nombrados… sin embargo» afirmó en su mente.
— No descarto lo que dices. Puede que la persona que acabó con ellas no esté en nuestro radar. Lo de que he sido yo me parece una falacia estratosférica. No lo vuelvas a nombrar por favor. Por otra parte, tuve problemas con mis hermanos, aunque después del asesinato de Sofía. No veo como ellos pueden encajar en este rompecabezas.
— O tal vez si lo sabes ¿Existía recelos? ¿Quizás envidia? ¿Algo por lo cual tu hermano pudiera arrebatártelo todo?
— No, estoy seguro de que no había ninguna razón. Pero para nuestra tranquilidad podemos investigarlo… Aunque de lejos. No me quiere ver ni en pintura.
— Por eso no se preocupe Marito.
Ya había logrado su cometido. Estaba dentro de la mente de su conejillo de indias. Le había hecho dudar hasta de su propia familia. No había creado tantos sospechosos como le hubiera gustado, pero era un inicio prometedor.
El hombre plantó la duda en sí mismo, plantó la duda en su hermano, hasta consideró que algún desconocido haya sido el responsable. Lo que no pudo erradicar era el nombre de José Isaías Vargas. Para él seguía siendo prioridad buscarlo. Erradicarlo del mundo si era necesario.
Mario aún se preguntaba por qué el silbón lo había abandonado cuando le pidió el nombre del asesino. Le hubiera facilitado el trabajo. Su tercer deseo ardía en su pecho sin ningún resultado.
Por otra parte, para el psiquiatra estaba claro. Si la mujer no había cometido suicidio, el único y principal responsable era su esposo. El cuento de la leyenda sobrenatural que aparecía en los llanos orientales era su primera sospecha. Seguido de la actitud del hombre cuando le nombraba la posibilidad de que él hubiera cometido el homicidio.
Se veían a diario en el consultorio. Sino era para terapia, estudiaban las posibles salidas que podía tener el caso. Investigaban agendas con números telefónicos, posibles direcciones, pero no llegaban a ninguna parte.
Con el paso del tiempo olvidaría todas las cosas que le llegó a plantar su terapista. Todo pensamiento de que él había sido un asesino se esfumó.
Tras múltiples sesiones el doctor la tenía más clara. Su paciente era el único y absoluto responsable de lo que le había pasado a Sofía y a Lucía. Quería estar a su lado para observar hasta donde era capaz de llegar y cómo reaccionaría cuando lo supiera.
De vuelta al presente, Arturo abrió los ojos. El sol aún no se asomaba por el este. Si seguía tirado significaba que nadie había pasado por el lugar. Se levantó y buscó la moto. Estaba destruida.
Decidió caminar, paso por paso hasta la ciudad. Al fin y al cabo, la policía no lo consideraba como una amenaza.
Por una ruta alterna, Sebastián seguía manejando a gran velocidad el auto de su exnovia. Su hermano seguía en un coma profundo. Al menos Iris había detenido la hemorragia que tenía en su nariz. Los golpes del médico por poco y le causan daño en sus órganos.
La policía los seguía. Conocían muy bien el lugar y sabían a dónde podía llevarlos la ruta.
La carretera desembocaba en un callejón sin salida, así que no tenían afán y conducían a una distancia prudente de al menos un kilómetro.
Los perseguidos no se habían percatado aún de esto. Por lo tanto, conducían a ciegas.
El hombre inconsciente dio indicios de que quería despertar. Primero movió una pierna. Luego los brazos. Hasta que poco a poco sus pestañas se fueron desprendiendo de los párpados inferiores.
— ¿Dónde estoy? — preguntó desorientado.
— ¿No lo sabes hermanito? Cuando encontremos un lugar seguro, desearías estar en el infierno — sentenció Sebastián sin ninguna pizca de compasión.