Capítulo XXXVI Con esas palabras, Marlow terminó su narración, y su público se disolvió bajo su mirada abstracta, pensativa. Los hombres salieron de la galería, de a pares o solos sin pérdida de tiempo, sin ofrecer una observación, como si la última imagen de esa historia incompleta, el hecho mismo de su inconclusión, y el tono del que hablaba, hubiesen hecho que la discusión resultara vana, e imposible el comentario. Cada uno de ellos parecía llevarse consigo su propia impresión, llevársela como un secreto. Pero un solo hombre, de entre todos esos oyentes llegaría a escuchar la última palabra de la historia. Le llegó a su hogar, más de dos años después, y llegó contenida en un grueso paquete con la letra erguida y angulosa de Marlow. El hombre privilegiado abrió el paquete, miró en su

