Capítulo XLII No creo que pudiese hacer otra cosa que mirar por ese sendero recto. Parecía intrigado por lo que vio, porque más de una vez se interrumpió en su narración para exclamar: —Casi se me escurrió allí. No lo distinguía. ¿Quién era? Después de lanzarme una mirada salvaje continuaba, jubiloso y burlón. Para mí la conversación de esos dos a través del arroyo aparece ahora como el tipo más letal de duelo que haya contemplando el Destino, con su conocimiento de fríos ojos, del final. No, no volvió el alma de Jim del revés, pero estoy muy equivocado si el espíritu tan absolutamente fuera de su alcance no se vio obligado a pro bar hasta las heces la amargura de ese choque. Esos eran los emisarios con quienes el mundo al cual había renunciado lo perseguía en su retiro. Hombres blanc

