Capítulo XLIII Detrás de la silla de él, Tamb’ Itam quedó como herido por el rayo. La declaración produjo una inmensa conmoción. —Déjenlos ir, porque eso es lo mejor, según mi conocimiento, que jamás los engañó —insistió Jim. Hubo un silencio. En la oscuridad del patio podía oírse el susurro apagado, los ruidos del remover de pies de muchas personas. Doramin levantó la pesada cabeza y dijo que era tan poco posible leer el corazón como tocar el cielo con la mano, pero… asentía. Los otros dieron su opinión por turno. —Es lo mejor. —Déjenlos ir —etcétera. Pero la mayoría de ellos dijeron sencillamente que «creían en Tuan Jim». En esta sencilla forma de asentimiento a la voluntad de él se encuentra toda la médula de la situación; la creencia de ellos la veracidad de él, y el testimonio d

