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Prohibido Enamorarse Del Socio

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Descripción

Blair Clinton es una ejecutiva impecable que jamás pierde la postura. Sebastián Marenco es el arquitecto provocador dispuesto a desafiar cada uno de sus límites. Una alianza profesional obligada, un secreto en la oficina y una química tan ardiente como peligrosa transformarían su rutina en un caos de pasión, risas y tentación..

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Tacones y Cafeína
​El aroma a café recién tostado y el murmullo constante de su Café solían ser la única pausa sagrada en la agenda de Blair Clinton. A sus treinta años, Blair no solo dirigía Clinton PR & Luxury Events, una de las firmas de relaciones públicas más cotizadas de la ciudad, sino que había convertido su vida en una obra de arte perfectamente calibrada. Nada en su rutina quedaba al azar: su agenda estaba sincronizada hasta el último segundo, su cabello caía en ondas impecables que jamás se despeinaban y su traje sastre de seda color crema era una armadura de poder. ​Esa mañana, sin embargo, el destino tenía un sentido del humor bastante retorcido. ​—Blair, la junta con los inversores del proyecto Penthouse Skyline es en cuarenta minutos (recordó Celeste a través del auricular Bluetooth, con ese tono acelerado que solo tres tazas de expreso podían producir) —. Si no llegas a tiempo, el comité va a pensar que estamos nerviosas. Y tú no te pones nerviosa, tú haces que los demás suden frío. ​—Estoy a dos minutos de subir a la camioneta, Celeste (respondió Blair mientras caminaba hacia la salida del establecimiento, sosteniendo con delicadeza un vaso térmico gigante con su latte de leche de almendras y un toque de vainilla sin azúcar) —. Tengo todo bajo control. Los planos de remodelación están listos y la presentación es impecable. Nada puede salir mal. ​Apenas pronunció aquellas palabras, la puerta de cristal de la cafetería se abrió de golpe hacia adentro. ​Lo que ocurrió a continuación sucedió en cámara lenta. Blair, que avanzaba con paso firme sobre sus tacones Manolo Blahnik de doce centímetros, no pudo esquivar al torbellino de metro y ochenta y cinco que irrumpió en el lugar. El impacto fue seco, firme y desastroso. El vaso de café voló por los aires dibuja un arco perfecto antes de estrellarse contra el pecho del desconocido y salpicar en cascada directamente sobre la solapa y la falda de seda crema de Blair. ​El líquido caliente traspasó la tela, pero lo que realmente le ardió a Blair fue el orgullo. ​—¡Por todos los cielos! (exclamó ella, dando un paso atrás mientras observaba horrorizada la mancha marrón que ahora decoraba su atuendo de tres mil dólares.) ​—¡Cuidado! (dijo una voz profunda, varonil y exasperantemente tranquila.) ​Blair levantó la vista lista para aniquilar con la mirada al culpable de semejante atrocidad. Frente a ella había un hombre de hombros anchos, mandíbula marcada y unos ojos de un azul tan intenso que resultaba casi molesto. Llevaba una camisa blanca ligeramente arremangada en los antebrazos y un saco azul marino que ahora lucía un mapa de café en el costado izquierdo. Tenía el cabello castaño rebelde, despeinado con ese estilo calculado que requería demasiado atractivo natural. ​Y lo peor de todo: no parecía asustado. De hecho, una sonrisa de medio lado, entre divertida y disculpándose, comenzaba a dibujarse en sus labios. ​—¿Cuidado? (imugnó Blair, cruzándose de brazos, lo que solo sirvió para acentuar la mancha en su traje? —. ¡Usted entró a este lugar como si estuviera abordando un barco pirata! ¿Aparece de la nada, destruye ropa de diseñador y su única sugerencia es 'cuidado'? ​—Técnicamente, usted venía mirando la pantalla de su teléfono mientras le daba órdenes a alguien por el auricular (repuso el hombre, dando un paso hacia ella y sacando un pañuelo de lino de su bolsillo) —. Y si somos estrictos con la física, el vector de su café fue el que impactó contra mi camisa. Aunque debo admitir que tiene excelente gusto para la temperatura del latte. ​—¿Se está burlando de mí? (Blair sintió cómo una chispa de rabia caliente le subía por el cuello.) Nadie la desafiaba de esa manera, y menos un desconocido que olía ridículamente bien, a madera, cítricos y lluvia fresca. ​—Para nada. Solo intento ayudar (el hombre extendió el pañuelo y, sin pedir permiso, se inclinó ligeramente para limpiar con suavidad una gota de café que amenazaba con deslizarse por la clavícula de Blair.) ​El roce del pañuelo, combinado con la cercanía de su mano y el calor de su aliento, provocó una descarga eléctrica que recorrió la espina dorsal de Blair. Por una fracción de segundo, se quedó sin aire. Sus miradas se cruzaron en un silencio tenso, cargado de una química repentina e inexplicable que hizo que a Blair se le erizara la piel. ​Se recobró de inmediato y le quitó el pañuelo de la mano con brusquedad. ​—Puedo limpiarme sola, gracias (dijo con la voz más gélida que pudo impostar) —. Y para su información, acaba de arruinar una reunión de diez millones de dólares. ​—Bueno, si la reunión vale diez millones, estoy seguro de que su talento podrá compensar una pequeña mancha de café (respondió él, guiñándole un ojo de forma descarada) . La elegancia no está en la tela, señorita... ​—Clinton. Blair Clinton (dijo ella, irguiéndose con toda la dignidad que le permitían sus tacones.) ​—Un placer, Blair. Soy Sebastián (dijo él, ofreciéndole la mano con una caballerosidad que sonaba a provocación pura) —. Y si le sirve de consuelo, la mancha le da un toque bastante abstracto y rebelde. Muy de vanguardia. ​Blair miró su mano extendida como si fuera un reptil venenoso. ​—No tengo tiempo para sus sarcasmos, Sebastián. Espero no volver a cruzarme con usted en lo que resta de mi vida. ​Sin esperar respuesta, Blair se dio la vuelta, haciendo resonar sus tacones contra el suelo mientras salía a la calle. Dejó al hombre de la sonrisa atrevida parado a la mitad de la cafetería, sosteniendo su pañuelo manchado. ​Treinta minutos más tarde, el caos reinaba en la oficina principal de Clinton PR. ​—¡Necesito un blazer n***o, el vaporizador y que alguien llame a la tintorería ahora mismo! (ordenó Blair mientras caminaba a pasos agigantados hacia su despacho personal.) ​Celeste la siguió de cerca, sosteniendo una libreta y un abrigo de repuesto. ​—¡Madre mía, Blair! Pareces el objetivo de un ataque con armas químicas de cafeína (comentó Celeste, examinando el estropicio) —. ¿Qué te pasó? ​—Un troglodita con traje caro y complejo de modelo de revista se cruzó en mi camino (refunfuñó Blair, quitándose el saco manchado con indignación y poniéndose una chaqueta negra de corte impecable que Celeste le tendió) —. Un tipo engreído, descarado y con cero respeto por el espacio personal. ​—Suena a que era guapo (dedujo Celeste con una sonrisa maliciosa.) ​—Era un desastre con patas. Y lo peor es que me hizo perder diez minutos valiosísimos (Blair se miró al espejo, arreglándose el labial rojo con precisión quirúrgica) —. ¿Ya llegaron los representantes de la firma de arquitectura para la junta del Penthouse Skyline? ​—Están en la sala de conferencias A. El director de la firma dijo que enviaría a su nuevo socio estrella, el genio que se encargará del rediseño conceptual y con quien tendrás que trabajar mano a mano los próximos seis meses. ​—Bien. Necesito a alguien profesional, enfocado y que no me haga perder el tiempo (dijo Blair, ajustando los puños de su chaqueta) —. Vamos. Terminemos con esto. ​Blair caminó por el pasillo con la determinación de un general entrando al campo de batalla. Abrió la puerta de cristal esmerilado de la sala de juntas con su habitual aplomo, dibujando una sonrisa ejecutiva en sus labios. ​—Buenos días a todos, lamento la pequeña demora, surgieron inconvenientes imprevistos de fuerza ma... ​La frase se congeló en su garganta. ​Sentado a la cabeza de la mesa de caoba, con una taza de agua en la mano, un saco azul limpio que claramente acababa de sacar de su vehículo y esa misma sonrisa provocadora de hace menos de una hora, estaba el hombre de la cafetería. ​Sebastián se puso de pie tranquilamente, abotonándose el saco con una elegancia exasperante. Sus ojos azules brillaron con diversión contenida al notar la expresión de absoluta incredulidad en el rostro de Blair. ​—Buenos días, señorita Clinton (dijo él, extendiendo la mano a través de la mesa con una voz profunda que hizo retumbar el silencio de la sala) —. Soy Sebastián Marenco, el arquitecto principal y su nuevo socio en este proyecto. Es un verdadero... e imprevisto placer. ​En la esquina de la sala, Celeste abrió los ojos de par en par, alternando la mirada entre el deslumbrante arquitecto y la cara de piedra de su jefa. ​Blair sintió que el aire de la habitación se volvía denso. Miró la mano extendida de Sebastián Marenco y comprendió que la mancha de café en su vestido había sido solo el comienzo del verdadero desastre.

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