Mi esposo misterioso
JULIA
Italia no fue una elección. Fue una consecuencia.
Seis meses atrás crucé el océano con una maleta que no era mía y una vida que ya no reconocía. Dejé Estados Unidos sin mirar atrás, aunque la herida seguía ahí, abierta, recordándome por qué no quería volver a confiar en nadie.
Papá decía que el cambio me haría más fuerte. Su idea de fortaleza incluía madrugar para entrenar, golpes mal medidos y silencios que pesaban más que cualquier arma. Aprendí a defenderme, sí, pero también aprendí a callar.
Everth tuvo más suerte. Él siguió su camino lejos de todo esto: universidad, fútbol, una vida normal al lado de Eveline. Era justo. Al menos uno de los dos debía ser libre.
Yo sabía que mi libertad tenía fecha de caducidad.
No esperaba que fuera tan pronto.
El matrimonio no fue una sugerencia. Fue una orden disfrazada de acuerdo. No me preguntaron si quería amar, compartir o siquiera conocer al hombre con el que debía unir mi nombre. Después de Jace, la sola idea de una relación me revolvía el estómago. No quería promesas ni manos ajenas tocándome la piel.
Mucho menos si esas manos pertenecían a alguien que ni siquiera conocía.
La oficina de papá olía a madera vieja y a decisiones cerradas. Estábamos sentados frente a frente, sin decir nada, esperando a un hombre que parecía disfrutar haciéndonos esperar.
Papá miró su reloj otra vez. Perdí la cuenta.
—Esto es absurdo —dije al fin—. Si no aparece, cancela todo.
No respondió. Su silencio era peor que un grito.
Aquí, en Italia, papá no era el hombre que yo conocía. Era alguien más frío, más temido. La casa estaba llena de hombres armados, de miradas que no se apartaban nunca. Todo era peligroso. Todo parecía una advertencia.
—No hables así cuando llegue —dijo por fin—. Este hombre no perdona faltas de respeto.
—Entonces no deberías entregarme a él —repliqué—. ¿Qué pasa si me equivoco? ¿Si no soy lo que espera?
Me miró como si la respuesta fuera obvia.
Antes de que pudiera seguir, la puerta se abrió sin aviso.
—Ya está aquí —anunció uno de los guardias.
Papá se puso de pie de inmediato. Nunca lo había visto tensarse de esa forma.
Yo también me levanté, resignada, convencida de que iba a encontrarme con alguien mucho mayor, alguien que confirmara todos mis miedos.
Los pasos se acercaron. Firmes. Seguros.
La puerta se abrió.
Y todo lo que había imaginado se desmoronó.
El hombre que entró no era viejo ni descuidado. Vestía de n***o, con un traje impecable que parecía hecho a medida. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás y su presencia llenó la habitación sin esfuerzo.
No debía tener más de treinta años.
No sonreía. No necesitaba hacerlo.
Había algo en su mirada que me obligó a enderezar la espalda. No era amabilidad. Era control.
Por un segundo olvidé respirar.
Cuando estuvo frente a mí, reaccioné por pura costumbre. Extendí la mano, levanté la barbilla y le ofrecí una sonrisa educada.
Por dentro, sabía que nada volvería a ser sencillo.
Y que mi vida acababa de cambiar para siempre.
No dijo su nombre cuando entró. No hizo falta.
El aire cambió en cuanto cruzó la puerta.
Yo fui la única que habló.
—Soy Julia.
No respondió. Sus ojos pasaron por mí como si yo fuera parte del mobiliario y luego se posaron en mi padre.
—¿Trajiste lo que pedí?
Sentí un nudo seco en el estómago.
Papá carraspeó, forzando una cordialidad que no sentía.
—Está aquí, señor.
Cuando extendió los documentos, el hombre no se movió. Esperó. Observó. Luego negó con la cabeza.
—No sin un acuerdo claro.
Papá cerró la carpeta.
—No puedo entregarte nada si no tengo la certeza de que cumplirás tu parte.
Por primera vez volvió a mirarme. Fue una mirada breve, fría, calculada.
—Entonces me quedaré con ella.
La frase cayó como una bofetada.
—¿Perdón? —salté—. No soy un objeto que se intercambia.
Mi padre intentó intervenir, nervioso.
—Julia, cálmate. No habla en serio.
—Habla exactamente como piensa —repliqué.
El hombre avanzó hasta quedar demasiado cerca. Su altura me obligó a alzar la barbilla.
—Escúchame bien —dijo en voz baja—. Esto no es una negociación contigo. Es un trámite. Si el matrimonio es el precio, se paga.
Busqué a mi padre con la mirada.
—¿Vas a permitir esto?
No me respondió. Sus ojos estaban clavados en el suelo.
El hombre volvió a girarse hacia él.
—Los papeles.
Las manos de papá temblaban al sostenerlos.
—Es mi hija.
—Y pronto será mi responsabilidad.
Eso fue suficiente. Papá cedió.
El hombre guardó los documentos sin prisa, como si acabara de cerrar un negocio menor. Antes de irse, se detuvo en la puerta.
—Asegúrate de que entiende lo que se espera de ella.
Luego se fue.
El silencio que dejó fue peor que su presencia.
—¿Qué acabas de hacer? —le exigí a papá.
Se dejó caer en la silla, envejecido de golpe.
—Ese hombre no pide. Ordena. Y no perdona a quien se interpone.
—No necesito que nadie me “proteja”.
—No lo entiendes —dijo, pasándose la mano por la cara—. No se trata de seguridad. Se trata de poder.
Negué con la cabeza.
—No puedes obligarme.
—No quiero hacerlo —respondió—. Pero si no aceptas, tu hermano pagará el precio.
Everth. Su sueño de irse, de jugar, de empezar lejos de aquí.
Tragué saliva.
—¿Por qué él quiere tus propiedades? Tiene dinero de sobra.
—Porque el dinero no es lo que busca —dijo—. Quiere control. Y cuando alguien así quiere algo, nadie sale ileso.
Me acerqué y me arrodillé frente a él.
—Papá, por favor.
Golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Se acabó! —sentenció—. Este matrimonio se hará. No voy a perderlo todo. Ni a tu hermano.
Me quedé ahí, de rodillas, entendiendo por primera vez que mi vida ya no me pertenecía.