JULIA Thomas aparcó el coche delante de la entrada de la mansión tras un silencioso viaje de vuelta. Parecía decepcionado porque su plan no había salido bien. Me volví hacia él. —Habría intentado arreglar las cosas si Damien no se hubiera quitado el anillo y se hubiera marchado. Quizás no debería haber dicho nada, porque mis palabras solo parecieron enfadarle más. —A veces es tan idiota—, refunfuñó mientras agarraba con fuerza el volante. Quizá era la primera vez que Thomas no defendía a su mejor amigo. —Sabes que no tienes por qué ser su amigo—, le dije. —Tengo que serlo. ¡Quiero serlo! Puedo arreglarlo. Suspiré. —Quienquiera que fuera antes, ya no existe, Thomas. Se apartó de mí para mirar por la ventana. Vi que empezaba a secarse la cara. —Thomas, ¿estás llorando?—, le preg

