JULIA
Nunca pensé que el miedo pudiera sentirse tan silencioso.
Estoy sentada frente a un espejo que no reconozco, rodeada de manos desconocidas que tiran suavemente de mi cabello, que me tocan la cara, que hablan entre ellas como si yo no existiera. No sé sus nombres. Tampoco cómo llegué aquí exactamente. Solo recuerdo a un hombre conduciéndome hasta este lugar y, de pronto, todo se llenó de gente.
Dicen que hoy es mi boda.
En una catedral, nada menos. Una iglesia repleta de personas que han hecho cosas terribles, todos reunidos para ver cómo doy el “sí”. La ironía casi me hace reír.
—¿Así está bien? —pregunta una de las mujeres mientras gira la silla.
Levanto la vista y me encuentro con mi reflejo.
No me reconozco del todo… pero tampoco me disgusta. El maquillaje es suave, preciso. No exagerado. Mi rostro sigue siendo mío. El cabello, en cambio, cae en ondas oscuras que nunca uso. Siempre lo llevo liso. Hoy no.
Asiento sin decir mucho.
—Me gusta.
Ella parece aliviada.
—Entonces vamos con el vestido.
Me ayudan a ponerlo, ajustan la tela, atan cordones, alisan pliegues. El resultado es innegable: me veo bien. No es el vestido que yo habría elegido, pero supongo que eso ya no importa.
—¿Por qué este vestido? —pregunto, más por curiosidad que por rebeldía.
Las mujeres se miran entre sí.
—No estamos autorizadas a decirlo.
Era lo que esperaba.
—¿Habrá damas de honor? —insisto, con una pequeña chispa de esperanza.
Niegan al mismo tiempo.
—No, señora.
La chispa se apaga.
—Ah… está bien.
Un golpe en la puerta interrumpe el momento. No me giro enseguida. Me quedo observando cómo el vestido marca mi cintura, demasiado ajustado. Se lo advertí.
—Pero mira nada más —exclama mi padre desde la entrada—. Estás preciosa.
Everth está a su lado. Ambos se acercan y me rodean en un abrazo que, por un instante, me hace olvidar dónde estoy. No suelen llevarse bien, pero conmigo siempre hacen tregua.
—Tu madre estaría tan orgullosa —dice papá, con la voz más suave de lo normal.
Aprieto los labios.
—No empieces, por favor.
—Es una boda —bromea Everth—. Llorar es parte del contrato. ¿De verdad quieres hacer esto?
Lo miro y sonrío.
—Claro que sí. Estoy lista. Quiero una familia.
Mentira.
Everth me abraza con fuerza.
—No puedo creer que mi hermana se case.
—La próxima será la tuya —le digo.
Se ríe, incómodo.
—Ni lo menciones.
Una de las mujeres se acerca con una pequeña caja.
—¿Desea ponerse las joyas que le envió el señor Maltéz?
Everth levanta las cejas.
—¿Joyas? Eso suma puntos.
—Supongo que sí —respondo.
Me colocan la pulsera, los pendientes, luego el collar. Todo brilla demasiado.
—Ya es hora —avisa una voz desde fuera.
Papá y Everth me miran al mismo tiempo.
—¿Lista?
Respiro hondo y asiento.
Me pongo los tacones y tomo sus manos. Bajamos las escaleras. El sonido de nuestros pasos resuena más fuerte de lo que debería. Frente a la gran puerta de la catedral, el aire se vuelve pesado.
¿Estoy haciendo lo correcto?
¿Vale la pena?
Miro a Everth. Está sonriendo como nunca lo había visto. No quiero borrar eso.
La música comienza. Las puertas se abren.
Ellos avanzan, pero yo me quedo inmóvil.
La catedral está llena. Demasiado.
El pecho se me cierra. Me cuesta respirar.
—¿Julia? —susurra Everth—. ¿Todo bien?
Fuerzo una sonrisa.
—Sí… vamos.
Y doy el paso.
Avancé un poco más para no quedarme atrás y crucé el umbral junto a ellos.
El interior de la catedral me cayó encima como un peso. Miré a ambos lados, buscando un rostro conocido, cualquier ancla, pero no encontré nada. Todos parecían extraños. Demasiado bien vestidos. Demasiado atentos.
Era como si alguien hubiera llenado el lugar a propósito, solo para que no se notara el vacío.
Había hombres con miradas duras, cicatrices visibles, tinta subiéndoles por el cuello. Otros no necesitaban marcas para resultar inquietantes. Bastaba cómo observaban, cómo sonreían sin mover los ojos.
Mi espalda se tensó.
Entonces la vi.
Eveline, de pie entre la multitud, con los ojos brillantes y una sonrisa que parecía a punto de romperse. Alzó la mano y lanzó un beso al aire. Le devolví el gesto. Fue lo único que me hizo sentir un poco humana.
Cuando estuvimos a pocos pasos del altar, levanté la vista por fin.
Él me estaba esperando.
Impecable. Oscuro. Inmóvil.
No sonreía. Me miraba como si yo fuera lo único que existía en esa catedral. Su traje n***o estaba hecho a la medida, el cabello perfectamente acomodado, ni un detalle fuera de lugar. Siempre igual. Siempre controlado.
—Nada mal —murmuró Everth cerca de mi oído—. Admito que tiene presencia.
Era la primera vez que lo veía en persona.
Al llegar al frente, sentí cómo las manos que me sostenían se soltaron. Primero Everth. Luego papá.
—No te olvides de cuidarla —dijo mi hermano.
Él respondió con un leve movimiento de cabeza.
—Protégela —añadió papá.
—Lo haré —contestó él—. Cueste lo que cueste.
Extendió la mano hacia mí.
Una imagen me cruzó la mente: yo ofreciéndole la mía antes… y él ignorándola.
Así que no la tomé.
Pasé de largo y me coloqué a su lado sin tocarlo. Noté el cambio inmediato. Su mano se cerró con fuerza y su cuerpo se tensó antes de girarse hacia el sacerdote.
Por dentro, sonreí.
La máscara amable que había intentado sostener ya no me servía. Aquello era una pequeña victoria, pero la necesitaba. Que sintiera, aunque fuera un segundo, la vergüenza que me había hecho pasar.
No iba a tratarme como si yo no importara y luego esperar obediencia.
No hoy.
—Comencemos —anunció el sacerdote.
Su voz llenó el espacio mientras hablaba del compromiso, del deber, de la unión. Apenas lo escuché. Todo avanzó como una secuencia ensayada: las manos, los anillos, las palabras repetidas sin alma.
Hasta que llegó el momento.
—Julia Florencia —dijo, mirándome—, ¿aceptas a Damien Maltéz como tu esposo?
Ese era el punto de quiebre.
El instante exacto donde podía haberme dado la vuelta. Volver a casa. Salvarme.
Pero no lo hice.
—Acepto.
El sacerdote se volvió hacia él.
—Damien Maltéz, ¿aceptas a Julia Florencia como tu esposa?
—Sí —respondió sin dudar.
—Entonces, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El corazón me golpeó el pecho cuando se giró hacia mí. Di un pequeño paso atrás sin pensarlo y cerré los ojos.
Sentí sus labios antes de poder reaccionar. No fue brusco. Tampoco largo. Solo un roce firme, cálido, calculado.
La gente aplaudió.
—Ahora puedes presumir que besaste a un italiano —susurró cerca de mi oído antes de darse la vuelta hacia los invitados.
Una risa general se alzó.
—¡Que empiece la celebración! —gritó alguien desde el fondo.
Y todos parecieron olvidar, por un momento, lo que acababa de sellarse.