Leobardo Se había llegado el día y la verdad es que me estaba muriendo de nervios. Le mandé un mensaje a Mireya, le dije que nos veríamos en la misma cafetería y de ahí iríamos a casa de mis padres. Ella aceptó y quisiera decir que ahora me siento más tranquilo, pero por el contrario, me siento mucho más inquieto. Estoy sentado en mi silla, tras de mi escritorio, esperando solamente a que llegue la hora de marcharme. Después de permanecer así un tiempo, escucho que tocan a la puerta. Yo suspiro, me acomodo en mi silla y entrelazo las manos encima de mi escritorio. —Adelante. Cuando se abre la puerta y veo de quién se trata, volteo los ojos con fastidio mientras su sonrisa cada vez se hace más grande. —¿Qué quieres aquí? No se te ha hecho tarde para ir a casa de mi madre. Él se sienta

