Ariel Cuando iba de camino a casa de la señora Connie, me temblaban las manos y las piernas. Sabía que no podía dar un paso hacia atrás; era una decisión tomada, independientemente de lo que hubiera pasado entre Leobardo y yo. Al final, era lo mejor. La relación entre él y yo cada día se iba a poner más tensa, y sinceramente creo que no lo podría soportar. Así que le pedí a Marcelo ir a la mansión de Los Falcón. No era día de trabajo, pues era el cumpleaños de la señora Connie y nos había dado el día libre, pero yo le había comprado un pequeño detalle. Sabía que no era la gran cosa que podía regalarle a una mujer que lo tenía todo, pero era una forma de agradecerle y, al final, de despedirme. Pero mi sorpresa fue enorme cuando llegué allí. El señor Falcón nos recibió tan amable como siem

