Capítulo VI

1397 Palabras
4 días en ese lugar y ya Félicité se sentía tan salvaje como ellos. Sí lograba liberarse que Dios los ayudara porque ella sí que se vengaría, necesitaba ver la sangre de sus captores, oír los gritos de agonía de parte de ellos, los odiaba. Todos estaban condenados, se lo haría pagar con creces. Cerró los ojos sintiendo el aroma de la comida llenar la estancia pero sabía que eso no era para ella, desde que estaba allí nadie se había apiadado de su hambre incluso de su sed. Los muy desgraciados incluso entraban a la fría habitación cuando iban a comer y se reían de su cara de agonía aunque una sola vez le habían dado las sobras de sus comidas. Otros la golpeaban en ocasiones pero fue peor la noche anterior cuando su señor como ellos lo llamaban no llegó nunca. Beck había entrado a su habitación con una malévola sonrisa que paralizó su corazón. —Hola pastelito ¿Me extrañaste? —le había preguntado con clara sorna. — ¡Aléjate de mi pedazo de inútil! El sonrío con amplitud como si no lo hubiera insultado y se acercó más a ella a pesar de sus palabras. —No, no princesa ¿Qué dirá tu hermana si te escucha decir esas palabras? Después de eso tomó su cabello en sus manos y lo jaló haciéndola gritar. —Solo lo diré una vez, harás todo lo que te pida o voy a matarte lenta y dolorosamente ¿De acuerdo? La soltó y dio un paso atrás. Félicité gimió en angustia cuando lo vio bajarse el pantalón mostrando un erecto m*****o. Asqueada empezó a llorar pero él volvió a acercarse y tomarla por el pelo. —No te resistas pastelito, sabes que te gusta, comete mi m*****o como la puta que eres. Félicité se negó con las lágrimas cayendo por sus mejillas entonces él jaló más su cabello, su asqueroso m*****o apuntaba hacia ella y una de las manos de Beck descendieron hasta uno de sus suaves monticulos para pellizcar con fuerza su punta ocasionando que gimiera de dolor y por consiguiente que su m*****o entrará en su boca. Sintió las arcadas venir y no pudo contenerlo por más tiempo, le mordió con fuerza haciendo que Beck gimiera y se saliera de ella dolorido. — ¡Vas a pagármela! —gritó él fuera de sí. Con fuerza la golpeó en la mejilla y cuando su m*****o estuvo menos dolorido sacó de su bolsillo trasero una afilada navaja. Félicité abrió los ojos horrorizada y su llanto se intensificó, Beck se acercó una vez más y con malicia rajó el lado izquierdo de su cara, sintiendo un dolor inimaginable. — ¡No más! —gritó dolorida. —Ahora no eres tan poderosa ¿No, inepta? ya no eres malditamente excitante como antes, das asco, si consigue salir de aquí ningún hombre va a posar sus manos en ti. Estás cochina, eres asquerosa —se rió—, aún más con otro corte. Félicité se preparó para más dolor pero la puerta de la habitación se abrió mostrando el primer hombre que había visto en ese lugar pensó horrorizada entre los dos le harían daño, no obstante, perpleja vio como su rostro se endurecía de furia infinita. — ¡¿Qué le has hecho?! —Rugió el hombre. Y reparó que Beck palideció considerablemente al verlo. —Yo… yo, señor. Pero el recién llegado no lo dejó hablar, de un puñetazo lo calló y Beck se llevó la mano perplejo al lugar donde lo había golpeado sin dejar de mirarlo. — ¡¿Cómo te atreves a tocarla?! Lo tomó del cuello y volvió a impactar su feroz puño en su cara de niño bonito. Beck nunca había esperado una explosión semejante de parte de la muerte pero allí estaba él, defendiendo a una simple mortal. — ¡Largo! —lo soltó dejándolo caer. Y Beck se apresuró a levantarse. —Vuelve a tocarla y voy a matarte ¿lo entiendes? Beck lo miró perplejo porque él no perdonaba la vida a nadie. Y cuánta razón tenía porque no iba a matarlo frente a la pequeña hechicera pero sí que iba a acabar con su miserable vida. — ¡Si señor! Todo había pasado tan rápido que Félicité apenas había tenido tiempo para respirar, la cara le dolía demasiado pero no se lo dijo a él. El musculoso extraño dio un paso hacia ella sin embargo la muchacha siseo como si de repente se hubiera convertido en una serpiente hambrienta apunto de morder y de hecho así se sentía. No se permitía confiarse de nadie de ese lugar ni siquiera si él había salvado su vida. Él se fue y en segundos volvió con algodón y agua oxigenada en la mano. Casi vio preocupaciones su semblante pero entonces ella supo que estaba equivocada, en aquella frialdad que mostraba el hombre no podía haber síntomas de preocupación. —Tranquila, déjame sanarte. — ¡Juro que si te acercas atada o no voy a hacerte daño! —rugió ella abatida. Él no pareció escuchar porque su paso no se detuvo hasta que se acuclilló en frente de ella. Cuando tomó su mejilla en su gran mano y con algodón en la otra ella comenzó a luchar mordiendo su mano cercana para después dar un cabezazo que al parecer le dolió más a ella que a él quien solo frunció el ceño. —Calma, no voy a lastimarte. — ¡Claro, como si pudiera creerles! ¡No voy a confiar en ustedes! —Por lo menos confía en mí, nadie más va a lastimarte, lo prometo… ahora duerme pequeña. Y como recitó tras luchar se quedó dormida en segundos. * — ¿Qué se supone que haremos ahora? —preguntó Ekaterina con preocupación. Pero Damon simplemente miró a Colin para hablar con él. —Necesito que reúnas al aquelarre, no podemos esperar la llegada del viernes, tiene que ser hoy, mientras seamos más será mucho mejor. Samael nunca juega limpio, debemos golpear antes de que él lo haga. Su voz tan dura hizo que se estremeciera ante las claras órdenes, Colin asintió y en seguida se perdió en los pasillos de la gran casa. Casi de inmediato Damon se encontró con sus ojos clavados en él y sin darle oportunidad para hablar la tomó por la muñeca con delicadeza mientras la llevó hasta otro pasillo que los condujo hacia una escalera. En silencio la subieron y al estar frente a la puerta de una habitación Damon la hizo pasar y tan rápido como pudo ocasionó que la espalda de Ekaterina colisionara con la madera de la puerta, ni siquiera tuvo tiempo para protestar cuando sus arrebatadores labios la tomaron sin dar tregua alguna. Impresionada por su osado impulso Ekaterina se quedo tan quieta como una muñeca evitando sucumbir a su vehemente invitación, sin abrir si quiera los labios por el amenazador jadeo que quiso escapar por ellos, de inmediato Damon la notó y volviéndose tenso la soltó. Sin poder evitarlo Ekaterina cerró los ojos y lamió sus labios, absorta a los impuros pensamientos que giraron en la cabeza de Damon gracias a su gesto inocente. —Ekaterina… —Solo dime cual es mi habitación Damon —lo cortó ella decidida a no escuchar excusas ni justificaciones de su parte. Se arriesgó a alzar su cara y encontrarse con sus ojos intensos, esos mismos ojos que le gritaban algo inentendible para ella. Tragó grueso cuando vio algo oscuro en la mirada de él pero no quiso agregar nada más. —Sígueme —dijo Damon después de un carraspeo sutil. Salió de la habitación llevándola a la siguiente, Ekaterina lo había seguido nerviosa sin quitar su vista de la ancha espalda de Damon. —Es aquí —susurró él volviendo a quedar frente a frente. El corazón de Ekaterina latió desbocado y con nerviosismo atrapó su labio inferior entre sus dientes acto seguido sin detenerse a pensar demasiado entró a la habitación y antes de que Damon pudiera entra a ella le cerró la puerta en la cara para después gritar: — ¡Te veo mañana, gracias por salvarme, estoy muy cansada, adiós! Pudo ser abrupta su despedida. Pero ella no vio como Damon sonrió por esta actitud nerviosa e infantil. Eso solo quería decir que le interesaba o por lo menos le parecía atractivo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR