Narra Paul
La seriedad de mi madre me estaba preocupando, no quería que sus días en casa fueran malos, todo lo contario, quiero que aproveche el tiempo para estar con Aitana; que descanse y que deje de atormentarse por cosas que no lo valen. No está pasando nada, todo está bien.
Entendía su posición, pero le sigo dando mayor poder a lo que quiero para mi hija, solo yo sé lo que quiero que ella sea en un futuro.
Una vez más nos encontramos en el comedor, estaba terminando de tomar mi café y leía un poco la prensa.
—Buenos días, papá —escucho la voz de mi hija.
—Hola, mi amor.
Ella me sonríe y se acerca para darme un beso.
—Mira, la abuela me hizo estas coletas ¿te gustan?
—Sí, están hermosas.
Mi madre aparece detrás de ella y toma asiento en uno de los lugares libres.
—Creo que debo irme esta tarde, tu padre se pone terco cuando no estoy en casa. No ha querido tomar sus medicamentos, parece que la única que puede persuadirlo, soy yo.
—¡No, no te vayas! —grita mi hija.
—Aitana, no necesitas gritar para que te escuchen.
—Lo siento —responde con su ceño fruncido—. No te vayas abuela.
Ella va con mi madre y empieza a tener esa dependencia afectiva que no me gusta, no quiero que ella en un futuro quiera validez emocional o sienta que su estado de ánimo dependa de la presencia de alguien en su vida.
—Puedes quedarme unos días más, es muy pronto, ¿no crees?
—No, cariño. Ya sabes cómo es tu padre.
Vi que los ojos de mi hija se tornaron cristalinos.
—¿Qué clase tienes ahora? —le pregunté para que olvidara el tema de su abuela—. Yo…
—Lamento interrumpirlos, la tutora de Aitana ha llegado.
—Tengo ensayo de Ballet —susurra mi hija con pocos ánimos—. Luego iré a la escuela.
—Perfecto, tendrás un día demasiado productivo. ¿no te alegra?
Ella no responde, solo asiente con su cabeza. Ante la respuesta de mi hija, miré a mi padre para que se diera cuenta que todo estaba bien. Es una niña que ama aprender.
—Bien, desayuna para que te vayas con la tutora.
—Está bien, papá.
Ella se sienta en su lugar y espera a que traigan su desayuno. La dieta de mi hija es guiada por una nutricionista, no solo quiero a una mujer exitosa, sino también saludable y con buenos hábitos.
Terminé de leer la prensa y pedí que me trajeran mi comida, mi madre solo me miraba.
—¿Qué?
—Nada, ¿acaso no puedo observar a mi hijo?
—Sí, claro que puedes, pero no sé si debas hacerlo con mirada juzgadora.
En el instante que ella está por abrir su boca, llega la tutora y mi hija para despedirse.
—Nos vemos más tarde, buen provecho.
—Gracias.
—Adiós, papá.
—Adiós, mi amor.
Mantuve una sonrisa en mi rostro, pero cuando mis ojos se cruzan con los de mi madre, aquella sonrisa desaparece.
—Solo dime lo que debas decir, por favor. No me veas así.
—Ir a clases de ballet, para después ir a la escuela. ¿No crees que es demasiado?
—Se tenía que adelantar su horario para que le quedara tiempo de ir a sus nuevas clases.
—Esa pobre criatura pide ayuda con sus ojos, ¿acaso no te das cuenta?
—Mamá, ya lo hablamos. Dijo que le gustan sus clases, quien soy yo para decirle que debe o no gustarle. Si lo hago, es porque sé que a ella le agrada.
—Jamás respondió, Paul. ¿no viste su cara?
—Estaba triste porque te ibas, no porque no quisiera ir a clases.
Mamá niega con su cabeza y rueda sus ojos.
—Discutir contigo es toda una pérdida de tiempo. Jamás me darás la razón.
—Te la daré cuando la tengas.
—Iré a empacar mis cosas, no quiero llegar tarde a casa.
—Mamá, espera —dije al verla irse con esa expresión—. No quiero que te vayas enojada conmigo.
—No estoy enojada, Paul. Entiendo lo que intentas hacer y sé que tu intensión es buena. Pero todo en exceso es malo, hasta el agua.
Ella suelta un suspiro y camina hacia mí, posa su mano en mi brazo y dice:
—Sé cuántas responsabilidades tienes en este momento, sé que tienes obligaciones y eso no cambiará. Como padre haces un gran sacrificio al abandonarte a ti, tu hogar, tu familia, con tal de salir y conseguir lo necesario para que esa pequeña que amas con tu vida, tenga todas las comodidades y beneficios que tiene. Pero creo que necesitas empezar a conocer cuáles son tus verdaderas prioridades, cariño. Porque el tiempo empezará a correr y llegará el momento en el que tú mismo te darás cuenta que será tarde para reaccionar.
Sentía que ella estaba dramatizando un poco las cosas.
—Sé lo que dices, sé que te preocupas porque la amas y valoro mucho ese amor que le tienes. Pero en serio, sé lo que hago. Si sabes que mis intenciones son buenas, entonces déjame continuar en la forma en la que yo considero es mejor para ella.
—No seguiré con la misma conversación, creo que ya tuve suficiente.
Ella se da la vuelta, pero de repente se detiene.
—Solo por si un milagro te hace entrar en razón —menciona llevando la mano a su bolsillo—. Este es la tarjeta de mi amiga, la que te mencioné. Si necesitas de alguien que cuide de tu hija, puedes llamarla, es de completa confianza.
Recibí su tarjeta por no dejar su brazo extendido, pero no creo que recurra a esto. No meteré a una desconocida a mi casa, una que venga con costumbres, valores o modales diferentes a los de mi hija y contamine el gran trabajo que han empleado en ella, las personas capacitadas que han estado al frente de su formación.
Me fui a la oficina para cumplir con mi agenda, hoy era un poco menos, por lo que sentía que era raro, ya me acostumbré a los fuertes ritmos de trabajo.
Estaba leyendo un informe que pedí y de repente llega esa duda que ahora es existencial. ¿De verdad es demasiado? —me pregunté bajando los papeles— de ser así, Aitana lo hubiera manifestado, pero no es así.
Volví a tomar las hojas, pero no me podía concentrar. Amenos que… ¿ella me haya mentido? No, mi hija no es así. Aitana es una buena niña, ella no mentiría para darme gusto a mí. Mis ojos pasaron a la hoja por segunda vez, pero esto me estaba costando.
—Señor Longworth ¿puedo pasar?
—Adelante.
Mi asistente ingresa y por la cara que tiene, creo que tiene malas noticias.
—¿Qué pasó?
—Señor, es la tutora de su hija. Está afuera, quiere hablar con usted.
—¿Cuál de todas?
—Creo que su tutora de baile.
—Oh… sí, dígale que pase.
Miré la fecha y me di cuenta que hoy era su fecha de pago, pensé que había venido por eso. Aunque no es habitual, pero no sé las dificultades ajenas.
—Permiso, señor Longworth.
—Señorita Johnson. No pensé verla por aquí.
Dejé lo que hacía en un lado y le di mi atención. Es algo temprano, pero supuse que terminaron un poco antes.
—Lo sé, disculpe por no avisar antes, señor.
—Está bien —respondí llevando mi mano a la gaveta para tomar mi chequera—. ¿Aitana ya se fue a la escuela?
—Sí, así es señor…
La mujer entrelaza sus manos y se acerca más a mi escritorio.
—Aquí tengo su pago de este mes, debí dárselo en la mañana que estuvo en casa, pero estaba charlando con mi madre y lo dejé pasar.
Le extendí el sobre con el cheque y esta niega con su cabeza.
—No, no vine por eso, señor. Es que… Bueno, sabe que nunca le hago observaciones sobre Aitana, es una niña muy aplicada y amorosa, pero hoy, hoy no quiso recibir la clase con el resto de sus compañeras.
Solté un suspiro y recordé que estaba de pocos ánimos porque mi madre se iba.
—Lo siento, es que ella está un poco triste. Su abuela llegó a visitar y se va antes de lo esperado. Pero hablaré con ella, mañana sí querrá tomar su clase.
—Bueno, es que… logré persuadirla y fue a la clase, ella si estuvo en el ensayo, solo qué…
—Mañana sin duda, tendrá la mejor disposición —dije sin dejarla terminar—. No se preocupe, deje todo en mis manos, yo me encargo.
Volví a extenderle el sobre, pero ella niega de nuevo con su cabeza.
—Bueno, me temo que mañana no le dará el tiempo para estar en el ensayo. Es que Aitana mordió a una de sus compañeras, los padres de la niña están enojados, y los directores de la escuela de ballet quieren reunirse con ustedes mañana a primera hora.
La mujer forzaba una mejor expresión, pero no le salía.
—¿Qué mi hija agredió a quién?
Eso para mí era sorprendente, inaceptable, imposible, catastrófico, terrible. No podía ser real.