Capítulo 1

4089 Palabras
Damián. ¡No puedo creer que esté haciendo esto! Seguir a Olivia Klein es todo un reto; tiene una agenda muy recargada. Lo que he notado estos últimos años es que, a pesar de ser una persona pública, pasa desapercibida con facilidad, quizás porque es una mujer muy aburrida; hermosa y aburrida, la peor combinación, pero tiene ese algo me hipnotiza y hace que mis días de vigilancia sean placenteros de algún modo. No sé qué es lo que espera el jefe del periódico que encuentre, llevo seis meses en esta ridícula persecución, por así decirlo. Olivia es una caja de misterio con doble cerradura. Por el contrario, el único perjudicado he sido yo. Solo contando las últimas semanas, me ha mordido un perro; me derribaron con una bicicleta; una señora me tiró agua y un niño se echó a llorar porque le tiré su helado, sin contar las caídas y las multas de tránsito. Menos mal que tengo crédito ilimitado y una razón mayor para seguir sus pasos. Sigo concentrado mirando hacia la mansión tras unos arbustos del parque de enfrente, cuando una voz ronca a mis espaldas me hiela la sangre. —Señor, podría hacer el favor de acompañarnos. Giro y eran dos de los grandes guardaespaldas de Olivia; Luigi y Gaspar, no hay que guiarse por el nombre agradable, son como máquinas de guerra y el que estén aquí no es casualidad. —Hola, muchachos— expreso con media sonrisa en los labios—No pasa nada, solo miraba algunos insectos, soy entomólogo. ¡Lo ven! —muestro mi gafete — quizás no pueda apreciarse con claridad, pero… —Aparte las manos de su chaqueta y acompáñenos — recalca Gaspar mostrándome su arma bajo el saco. Con esa mirada amenazadora y porte de peleadores de la WWE, creen que soy un pobre gusano. Puedo enfrentarme a ellos, sin embargo, lo más probable es que termine por recibir una paliza y terminar en el hospital o en la comandancia, cosa que no me beneficia. —¿Existe alguna ley que impida que esté aquí investigando? — insisto. —Si sigues haciéndote el gracioso, tendremos que llevarte por la fuerza— hace puños en sus manos, Luigi. Sin duda Olivia Klein tiene a los mejores guardaespaldas. —Ya me iba, no es forzoso usar la violencia— llevo una mano al bolsillo de mi chaqueta y de inmediato el sujeto más alto saca el arma y me apunta— solo iba a sacar mis lentes, no puedo ver nada— me excuso y saco mis anteojos especiales— vaya ahora si puedo ver sus angelicales rostros y esas expresiones tan dulces que tienen. —Tenemos orden de llevarlo con nosotros, así que caminé de una vez —agrega Gaspar, mostrándome el camino para seguirlo. —Gracias. Pero creo que yo vivo en esa dirección —sonrío mientras señalo hacia un derecho del parque. —Señor Damián Ferrari—aparece Grant, uno de los abogados más cercanos de Olivia—sea tan amable de seguirnos. La señora Klein requiere su presencia. No se sorprenda, sabemos quién es en realidad. ¡Por favor! ¡Sígame! Camina delante y los hombres fornidos me abren paso para seguirlo, mientras ellos guardan mis espaldas. Me parece interesante que oliva se haya tomado la molestia de investigarme, mi pregunta es ¿Qué tanto es lo que sabe de mí? Unos minutos más tarde, ya estaba entrando justo al lugar que había deseado conocer hace meses; la gran mansión Klein, se notaba que el señor Joseph no ha reparado en gastos. Una casa muy exquisita, lujosa, ¡De primera! Sin excentricidades, pero muy lujosa. Sin duda hay una gran justificación de cámaras de seguridad y de los muchos guardaespaldas. Durante el recorrido hacia el despacho de la jefa, sus guardaespaldas se mantienen en completo silencio. Ni siquiera respondieron mis preguntas o chistes de mal gusto. Excepto el abogado Grant. —Si quiere salir de aquí con sus dos piernas en el cuerpo, le aconsejo que mantenga la boca cerrada y no los provoque. —Disculpe— le respondo— aquí suelen amenazar a las visitas. —Usted no es una visita, señor Ferrari— aclara el abogado. Al llegar a la oficina de la señora Olivia, el abogado abre la puerta, anunciando mi llegada. —Señora, aquí está el hombre que quería ver —dice apartándose de la puerta para que entre. —Gracias, licenciado —responde una voz dulce, es la primera vez que puedo oírla de cerca, esa melodía se abre paso en mi cabeza y sacude mi cuerpo, cuál corriente eléctrica—. Pueden retirarse, pero manténganse cerca, puede que los necesite para que saquen a este individuo de mi propiedad. —Como ordene, señora— responde Grant abandonando la habitación. La puerta se cierra y me acerco lentamente observando la oficina. —No sea tímido, ¡Siéntese, señor Ferrari! — pide—es agradable tenerlo aquí, luego de casi medio año de espiarme de manera descarada, peor que paparazzi. ¿Se ha preguntado el por qué, no lo he llamado antes? —me mira con atención. Olivia Klein, el sueño prohibido de cualquiera hombre que tenga las suficientes bolas para acercarse y coquetearle antes de salir arrastrado por sus guardaespaldas. En persona es más hermosa, no es que sea una super modelo angelical, pero tiene ese algo que no puedes apartar de tu cabeza luego de conocerla. A pesar de su semblante frío, su mirada llena de fuego acelera mi corazón. Desde que la vi por primera vez, siendo solo un médico veterinario, no he logrado superar ese algo que me mantiene como conectado a ella. Tan arrogante y altiva, nada que ver con la jovencita tímida que dejó la iglesia aquella tarde. —Sospecho que pronto vas a decirme esas razones — me siento mirándola fijamente, de esas manera incomoda que haría que otra mujer aparte la mirada, pero ella me reta. El licenciado Maxwell me mira fijamente, se encontraba de pie al lado de Olivia, según todos indican, desde que se volvió su mano derecha ha hecho un excelente trabajo. —Voy a hacer directa, señor Ferrari, quiero que trabaje para mí. Jamás pensé oír una proposición directa, aunque viniendo de ella tenía que esperarlo. —Te equivocas de hombre Olivia Klein, yo soy entomólogo. No creo que pueda tener cabida en tu equipo de matones y expertos en armas— respondo cómodamente sentado, con los brazos sobre los soportes de los lados y con esa sonrisa de relajación total. —Sí, es uno de sus tantos oficios ficticios, Señor Ferrari, o debo decir… Alexander Meier. Me paralicé, mi nombre real saliendo de su boca, me hizo perder la concentración por un segundo, suficientes para que pueda tomar el control. —Debo insistir en que no soy a quien buscas. —Te equivocaste de hombre Maxwell, este no me sirve— mira a Maxwell y le hace una seña. De inmediato el hombre me toma del brazo para sacarme—Ira a la cárcel por acoso y hostigamiento —expresa en tanto revisa unos papeles, al parecer lo que buscaba era mucho más importante que mi presencia, o escapaba de mis miradas. —¡Disculpa! Pienso que está exagerando. —Señor Meier o Ferrari, como está a acostumbrado a que lo llamen en el medio. Desde hace tres años lo he visto tras mis pasos. Está siguiéndome al trabajo, a los eventos, reuniones fuera de la oficina, está hostigando mi vida. Tengo pruebas, con facilidad puedo acusarlo de acoso social y como ya está aquí, dentro de mi propiedad, puedo acusarlo de allanamiento de morada. Sabe que no tendré impedimento alguno para enviarlo a la cárcel, y ya que por su trabajo le conviene mantenerse bajo el nombre de Damián, se queda sin alternativas—Se levanta lanzándome unas fotografías, no me atrevo a tocarlas, pero claramente ese sujeto soy yo. Así que la señora ha estado atenta a mis pasos. —El periódico puede ocuparse fácilmente del tema, no puede pasarse la vida amenazando a los hombres de prensa de todo el mundo solo por pretender tener una exclusiva de su vida —digo desafiante sin tomar en cuenta que me colocaba la soga al cuello. —Señor Ferrari. Le preguntaré únicamente una vez más y antes de abrir la boca para decir alguna tontería, tómese un segundo para pensar en lo que está bien o mal—Ahora me mira desafiante—. ¿Quiere trabajar para mí o ir a la cárcel? —¡Vaya! Sí que sabe intimidar. ¿Desde cuánto sepulto bajo toneladas de concreto a la dulce veterinaria de Lima? —Dibujo una ligera sonrisa, que parece no fastidiarle. Sin embargo, camina hasta la puerta dejando claro mensaje. —Maxwell, encárgate de que este hombre nunca pueda volver a ver la luz del sol. —¡Espera! — la detengo antes de que cruce la puerta—Aún podemos hablar, tomarnos una copa y reflexionar con calma las opciones —sonrío de manera tonta. —Señor Ferrari. No estoy dispuesta a soportar a personas como usted, que creen que pueden pasar sobre mí, por ser mujer. Le di una oportunidad; la desperdició, encontraré a otro que pueda hacer su trabajo. Cierra la puerta, eso fue duro y una manera rápida de cortar con alguien que te desagrada. En tanto trato de asimilar lo que estaba pasando, el licenciado Grant, ya está haciendo la llamada. Antes que diga algo me pide guardar silencio un momento, luego cuelga. —¡Oiga! No puede llamar a la policía. —Señor Damián, tiene exactamente cinco minutos antes de que esa puerta se abra y entren los oficiales, convénzame de sacarlo de la cárcel. —¿Cómo que de la cárcel? No pueden encerrarme, tengo credenciales que avalan mi trabajo. —No hablo del periódico para el que trabaja, señor Ferrari, hablo del FBI. Necesitamos su usted y usted de nosotros. Me tomé la molestia de investigarlo a fondo— camina hacia el escritorio y toma un folder amarillo y me lo entrega — ábralo y revise la información recaudada, cada detalle suyo está ahí, conocemos todo de usted, hasta el día que enfermo de gripa cuando tenía solo tres años. Repaso las hojas una a una y en efecto, Olivia se ha tomado muy en serio su trabajo, estar todo de mí, desde mis estudios, mi servicio militar y el trabajo en la agencia. Por unos minutos me pierdo entre las letras y fotografías de la carpeta. —¿Qué es lo que quieren con exactitud? — pregunto al fin, cerrando la carpeta. —¿Qué es lo que sabe? —Me temo que el responder con otra pregunta no nos llevara muy lejos. —Su tiempo se termina— mira su reloj—. Lo escucho. —¿Qué les hace creer que pueda saber lo que ustedes buscan? —Porque un hombre como usted, no estaría tantos años siguiendo los paso de Olivia. Ella ignora este detalle, pero sé que la vigila desde que estaba en Perú. ¿Está aquí porque la agencia se lo pidió o alguien más? —Pienso que ambos sabemos el por qué preferimos mantener en secreto ese pequeño detalle. Pero si tanto quiere la verdad, ella y yo tendremos una larga charla — le cierro un ojo. Terminado de hablar cuando la puerta se abre y uno de los guardaespaldas entra con la policía. —¿Este es el sospechoso licenciado? —menciona uno de los efectivos acercándose y tomándome del brazo. — ¡Si! Es él, pueden llevárselo— agrega Maxwell. —Esperaré su visita, licenciado—Menciono antes de ser sacado de la oficina, esposado como un delincuente. Al llegar a la patrulla levanto la vista a la casa y pude ver a Olivia observarme por la ventana, se mantiene seria, tan indiferente a lo que sucede a su alrededor. Subo a la patrulla sin apartar mi mirada de esos ojos marrones, tan cautivadores y fríos. Olivia. No puedo apartar su mirada desafiante de mi cabeza ¿Quién se cree que es para retarme de esta manera? ¡maldito imbécil! Se burla de mí. Esta subiendo al patrullero y lo hace con gran satisfacción, mirándome con esa sonrisa boba en su rostro y esos gestos que gritan “no podrás conmigo”. ¡Ay! Esa mirada tan… Dulce y fuerte me descontrola, hace años que no me sentía tan temerosa ante un hombre como ahora, cuando tuve frente a mí, al espía. —Disculpe, señora— se escucha a la voz de Maxwell en la puerta— ¿podemos hablar? —Adelante. Me aparto de la ventana y camino hacia la mesa de licores, necesito tomar un trago o mi cabeza explotará de la frustración. —¿Qué conseguiste? — interrogo mientras sirvo un vaso de Whisky. —No mucho, señora — dejo mostrar mi desagrado—pero, lo suficiente para asegurar que lo tendremos de nuestro lado. —Por lo menos tenemos algo. —Pero puso una condición— me mira— solo hablará con usted. —Así que se atreve a poner condiciones. Es un hombre interesante— bebo un trago de mi vaso—. Pasemos al Plan B, déjale claro que a Olivia Klein nadie la desafía. En eso, el licenciado Grant se asoma por la puerta. —Señora, llego el informe que esperaba— se muestra inquieto, pero el tener la cabeza en otro lado no me hace notarlo— es… respecto a Charatex. Ese nombre provoca que me ahogue, esperaba noticias al respecto, más no pensé que todo el ayer regresara de golpe. Los miedos, las lágrimas reprimidas y ese gran odio se apodera de mi cuerpo, por un segundo me transporto a la puerta de la iglesia, escucho las risas burlonas de sus amigos, me siento humillada, débil, incapaz de mantenerme de pie. Olvido que mi vida ha cambiado. — ¡Señora! ¿Se encuentra bien? — la voz de Maxwell me trae de vuelta. — Lo siento, señora, no quise…—Se disculpa Grant. —No tiene importancia, te escucho— respondo recuperando el aliento, tras un respiro profundo. —Tal como lo sospechaba, desde hace unos meses la situación financiera de Charatex ha ido en picada. La empresa está en la quiebra, en las próximas 24 horas, la bomba estallará. —Cómprala — respondo titubear. —¿Está segura? — Responde Maxwell interviniendo. Él no quiere que mi vida actual se vea afectada por mi pasado, pero no puedo seguir temiéndole al ayer, tengo que cerrar la puerta de una vez por todas y eso pasara cuando me enfrente a Roi. —Desde hace dos años y medio somos los socios mayoritarios. Tenemos una oportunidad en las manos, hay que aprovecharla — le digo con firmeza. —No necesitamos de una empresa pequeña, además es la competencia. —Es una empresa importante en Perú, muchas personas perderán sus empleos— le digo. —Si me permite hacer una observación, mi señora— habla temeroso Grant, ante mi mirada seria —Desde que somos socios, solo hemos visto como las oportunidades se han esfumado por un inconsciente, no hemos ganado nada, solo hemos perdido inversiones. —Grant, — le respondo—Me hice socia de Charatex, no para ganar dinero, sino para apoyar a los empleados, desde un inicio sabíamos que los excesos y derroches de su presidente llevaban a la empresa por mal camino, dimos nuestra opinión, propusimos cambios que fueron ignorados en su mayoría. Nosotros podemos levantar esa empresa en un abrir y cerrar de ojos. —Pero… — agrega Maxwell. —Sin excusas, quiero esa empresa a mi nombre para estar tarde— le recalco. —Me encargaré de inmediato de ese asunto, señora—, menciona Grant, abandonando enseguida la habitación. Maxwell me observa unos segundos. —Espero que esta decisión apresurada, no tenga que ver con la venganza contra tu ex prometido. —Roi no me interesa y aunque estoy pensando en los trabajadores que perderán sus empleos por un mal manejo, sabes que lo que tanto esperado, es poder cobrarme con creces lo que me hizo. —El mesclar los sentimientos con los negocios, nunca es bueno. —Tendré cuidado. —¿Qué harás cuando se entere de que su socio mayoritario todo este tiempo has sido tú? Pienso unos segundos, ya no con miedo; sino con alivio, quizás con esa ganas de reír y sentir que al fin puedo ser superior a ese arrogante desalmado. Mi venganza recién empieza, esta vez será él quien llore, quien se sienta humillado, miserable, tan poca cosa. —Ha llegado el momento de dejar los miedos, Maxwell. Tras efectuarse la compra, quiero que se entere de que soy yo, la que le está quitando todo lo que tanto quiere, porque la pérdida de su empresa, apenas es el comienzo. —¿Eso te hará sentir mejor? —Será suficiente… por el momento. — Y respecto a Ferrari, ¿Cuánto tiempo lo dejaremos en detención? —Espero que dos días sean suficientes para que empiece a respetarme. Se atrevió a desafiarme y acosarme con sus miradas. Me cree débil, tiene que saber que con Olivia Klein no se juega. —Las pruebas aún están en su poder, aunque lejos del camino que nosotros pensábamos. —El plan sigue en marcha, hágase cargo de todo y que recuérdale que esos días solo serán el comienzo de una larga estadía tras las rejas, si yo así lo prefiero. —¿No iras hablar con él? —Por supuesto que no, lo que tenga que decir, que te lo informe. —Por supuesto señora. Sale de la habitación y me quedo con una extraña sensación de placer y temor. Lo único que me importa en estos momentos es que la investigación de la muerte de mi padre, está en ascenso y pronto caerán los culpables. Damián en la delegación de policía. —Disculpen, yo no soy un delincuente para que me traten así, conozco mis derechos, y lo que están haciendo es un abuso de poder. ¿Cuánto les ha ofrecido para hacer esto? Los policías solo se ríen y me repiten una y otra vez que guardara mis palabras para cuando el abogado las requiera. Llegando a la delegación me quitaron las cosas personales, firmo un montón de papeles y me toman las fotos para el registro. Me tratan igual que todo delincuente. Posteriormente, me llevan a una celda de detención. — Llegamos Romeo, creo que te tendremos un buen tiempo por aquí— dice el guardia empujándome tras las rejas. —Tengo derecho a una llamada—insisto una vez más. —Lo siento Romeo, antes de tu llamada tendrás que esperar que llegué el abogado de la señora Klein; aunque no pienso que te sirva de mucho. —Cierra la celda y se marcha riendo. —¡Esto es injusto! ¡Esperen! —grito en vano. —¡Cálmate muchacho! Hay quienes queremos dormir —expresa una voz grave entre las sombras —¿Quién eres? — interrogo mirando hacia al fondo de la celda. —¿Quién quiere saberlo? Yo no tengo nombre, saldré en algunas horas. Pero por lo que escuché, tú tienes para rato en este lugar. —Ríe burlonamente. —¿Qué es lo sabes? —digo mirándolo. —Muchas cosas, chico—. Se levanta de la cama y camina hasta mí, me observa de arriba abajo como un sabueso—Supe que hiciste enojar a la doña. ¿Sabes? Hay quienes han muerto solo por acercarse a Olivia Klein. Esa chica es peor que su padre, le dicen la jefa indomable, nadie puede acercarse. Aquí entre nosotros, más parece la hija de un mafioso. Tuviste suerte y saliste vivo; aunque te mandó a este bonito paraje para vacacionar. —No me quedaré mucho tiempo, cuando hable con mi abogado saldré de aquí. —Eso te dijeron. —Ríe desquiciadamente—, Cuando alguien de los Klein te pone el ojo encima, no te dejará ser libre. —No sé quién eres y las razones por las que me dices, estás cosas. Pero tenlo por seguro, no me quedaré aquí, más que el tiempo necesario— camino hasta la cama para sentarme. —¿Crees que por ser inocente saldrás de aquí? —Vuelve a reír—. Sin duda será un largo día, ponte cómodo, te dejo mi sitio. Olivia Klein, la doña, la jefa indomable. ¡Ja! Para mí solo es una niña malcriada con un control remoto jugando a ser peligrosa. Si estoy aquí es porque le asusta no poder tenerme en sus manos. ¿A qué juegas pequeña jefa? El tiempo en verdad se hacía eterno y la compañía no es tan agradable del todo, más aún cuando empieza a cantar de esa manera tan desafinada que hacen sangrar mis tímpanos. Pasa una hora, una hora tan larga que parece no tener fin, el guardia aparece frente a mi celda. —¡Damián Ferrari! —Sonríe el oficial mientras abre la reja—. Llegó el abogado de Olivia Klein, quiere hablar contigo. —¿Ya puedo hacer mi llamada? — interrogo caminando a la reja. —Después que hables con el abogado, te diré si puedes o no hacer la llamada. —¡Está loco! Es mi derecho, puedo demandarlo por no permitirme hacer una llamada, quiero a un abogado. —Cálmate chico, agradece que puedes hablar con el abogado de Olivia Klein. —menciona empujándome para que abandone la celda. —¿Y qué hay de mí? — menciona el sujeto extraña que me hace compañía. —Tú ya puedes largarte— responde el guardia, — pero a la próxima vez, en vez de doce horas, serán 72. El hombre presuroso se aleja, y riendo menciona que lo haría con gusto, pues se come bien ahí dentro. Tengo la ligera impresión de que esta visita no trae nada bueno. Al llegar a sala de interrogatorio, observo a dos de los guardaespaldas de Olivia. Después de todo, la atractiva jefa indomable se doblegó, no aguantó las ganas de conocer la verdad. ¡Bien! Solo debo mantener la calma y… ¡Qué carajos! Al cruzar la puerta es el licenciado Grant, quien me espera. —Adelante Damián, toma asiento. —Creí que Olivia estaría aquí. —Ella no vendrá y lo sabes. Lo que tengas que decir, me lo dices o te quedas aquí. Es así de simple. —Está amenazándome y eso es un delito, como le dije en la mansión, solo hablaré con ella y si he de quedarme aquí, aquí la esperaré, mis abogados me sacaran en un par de horas y… —Así no funciona esto Damián. Porque primero no te sientas, tratas de calmarte y escuchas lo que le tengo que decir. ¿Por qué le gusta complicarme tanto la vida? —Lo escucho. —respondo, sentándome. —Ha hecho una gran investigación hasta el momento, debo reconocer que la agencia le ha proporcionado los medios necesarios para lograrlo. Solo que no tiene las pruebas necesarias y sin pruebas, su caso queda en el aire. —¡Espere un momento! Así que este circo es por eso— Sonrío—. No tenía que llegar tan lejos, solo pedírmelo de la manera más clara. Sáqueme de aquí y hablemos en mi oficina. —Me temo que eso no será posible por el momento. —¿Por qué no? —Porque la señora Olivia quiere que pase dos días en este bonito lugar. —¡Es increíble! —recuesto mis espaldas a la silla. —Tengo que quedarme dos días aquí, incomunicado y con pésima compañía. Únicamente porque las hormonas se le alborotan a la jefa. —Son decisiones que escapan de mis manos. Estoy aquí para negociar. Dos días de arresto y la colaboración que necesite, para terminar con el caso. —Supongo que no puedo negarme ante tan tentadora propuesta— expreso con sarcasmo—Puedo pedirle un favor, abusando de la gran generosidad de la jefa. —¿Qué necesitas? —Quiero una estadía agradable en este paraíso. —Por supuesto. Saca unos documentos de su maletín y los desliza por la mesa. Al principio no tenía sentido lo que leía, algo no encajaba, hasta que… —Ahora ya todo tiene sentido— levanto la mirada—Esto es un matadero. —Y usted se encargará de ponerlos tras las rejas.
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