Damián. Luego de que el jefe nos dejara en el departamento, se me quitó el sueño, quizás fue porque Brandon empezó a vomitar y a quejarse. Las horas pasaron y fue después de las ocho que me quedo dormido. No sé cuánto pasa desde entonces, cuando escucho el sonido de una llamada entrante. «¡Dios! No puede ser posible.», balbuceo aún con los ojos cerrados. Estiro mi mano a la mesita de noche y cojo el celular. No miro quién es el que llama, solo lo tomo y contesto. —Diga. “Señor, Damián. Necesito hablar con usted. Lo espero en la empresa, a la una, sea puntual, odio esperar.” —Estaré ahí —digo aún medio dormido—. ¿Quién Habla? “Señor Ferrari ¿Está despierto o aún en la cama?” —Despierto —digo bostezando—, señorita Olivia. “Perfecto, a la una en mi oficina”. Cuelga. Abro los ojos y

