📖 Capítulo 3 – Bajo sospecha
Sofía apretaba la mano de Daniel mientras seguía al asistente que los conducía por el pasillo alfombrado. Sus tacones resonaban demasiado fuerte, como si cada paso marcara la sentencia de un destino que ella había intentado evitar durante años.
El niño miraba todo con ojos curiosos. Las paredes estaban decoradas con retratos serios de Alejandro Ruiz en distintas ceremonias, inauguraciones y entregas de premios. El rostro de aquel hombre aparecía una y otra vez, con la misma expresión fría y dominante que acababan de conocer en persona.
—Mamá… —susurró Daniel, halando suavemente de su mano—. Ese señor de la foto se parece a mí.
Sofía se detuvo un segundo, el corazón le dio un vuelco. Apretó los labios y lo obligó a seguir caminando.
—No digas tonterías, cariño.
El asistente abrió una puerta enorme de madera y les hizo un gesto.
—El señor Ruiz los espera.
La oficina era un mundo aparte. Ventanales del piso al techo mostraban la ciudad entera bajo la luz del sol, con edificios brillando a lo lejos. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz y los muebles de caoba relucían impecables. Detrás de un escritorio imponente estaba Alejandro, con su traje oscuro perfectamente ajustado, como un rey en su trono.
Sus ojos se fijaron de inmediato en Daniel y luego en Sofía. La intensidad de esa mirada hizo que ella sintiera que la atravesaba por completo.
—Siéntense —ordenó con voz grave.
Sofía se acomodó en la silla frente al escritorio, mientras Daniel se sentaba a su lado, balanceando los pies con inocencia. Alejandro se recostó en el asiento, cruzando los brazos.
—Así que… buscas trabajo en mi empresa —dijo él, observándola como si evaluara cada centímetro de su ser.
Sofía asintió.
—Sí, señor Ruiz. Necesito este empleo y estoy preparada para demostrar que puedo ser útil.
—¿Preparada? —repitió con ironía, inclinándose hacia adelante—. ¿Una mujer sola con un niño pequeño? ¿De verdad crees que puedes con las exigencias de esta compañía?
Las palabras fueron un golpe directo a su orgullo. Sofía respiró hondo, conteniendo la rabia.
—Ser madre no me convierte en incapaz. Al contrario, me ha hecho más fuerte.
Daniel levantó la vista, confundido por el tono hostil de aquel hombre, y sacó de su bolsillo un pequeño cuaderno. Comenzó a dibujar mientras los adultos hablaban.
Alejandro no apartaba los ojos de Sofía. Había algo en ella… algo que no podía descifrar. Le parecía familiar, aunque sabía que jamás olvidaba un rostro, y el de ella nunca lo había visto. ¿O sí?
De pronto, Daniel empujó el cuaderno hacia el escritorio.
—Mire, señor. Lo dibujé a usted.
Alejandro bajó la vista. El dibujo infantil mostraba la figura de un hombre alto, con traje y corbata. La semejanza era inconfundible.
Por primera vez en años, el CEO sintió un nudo en el estómago.
—¿Y por qué me dibujaste? —preguntó con un tono extraño, entre duro y curioso.
Daniel encogió los hombros, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Porque se parece a mí.
El aire se volvió pesado. Sofía se apresuró a recoger el cuaderno.
—Discúlpelo, es solo un niño.
Alejandro entrecerró los ojos. Había aprendido a detectar mentiras en los negocios, y la mujer frente a él estaba temblando. Algo ocultaba. Algo grande.
—Dime, Sofía —pronunció su nombre lentamente, saboreando cada sílaba—, ¿qué sabes de esta empresa? ¿Has trabajado en algo similar antes?
Ella tragó saliva. Tenía que ser cuidadosa.
—Estudié contabilidad y trabajé en algunas oficinas pequeñas. Nunca en una corporación de este nivel, pero estoy dispuesta a aprender.
—¿Alguna vez estuviste en una filial de Ruiz Corporations? —preguntó de repente, como una estocada.
El corazón de Sofía se detuvo. Él no podía recordarlo… no podía unir las piezas.
—No, señor —mintió con firmeza, aunque sus manos temblaban sobre su falda.
Alejandro la miró durante un largo silencio. Finalmente se recostó de nuevo en el asiento.
—Muy bien. Te daré el beneficio de la duda. Pero trabajarás bajo mi supervisión directa. Quiero ver si realmente eres capaz de lo que dices.
Los ojos de Sofía se abrieron con sorpresa.
—¿Bajo su supervisión… personal?
—¿Acaso tienes miedo? —preguntó con un brillo desafiante en la mirada.
Ella lo sostuvo con valentía, aunque por dentro estaba hecha pedazos.
—No, señor Ruiz. Haré lo que sea necesario.
Alejandro sonrió apenas, como si hubiera ganado una pequeña batalla.
—Perfecto. Comienzas mañana.
El asistente apareció para acompañarlos a la salida. Sofía apenas podía respirar mientras tomaba de la mano a Daniel. Sentía que había firmado su propia condena.
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De regreso en el pequeño departamento donde vivían, Sofía abrazó a su hijo con desesperación. Él sonrió, sin entender la tormenta que agitaba el corazón de su madre.
—Mamá, ¿ese señor será bueno con nosotros? —preguntó inocente.
Sofía cerró los ojos, conteniendo las lágrimas.
—No lo sé, amor. No lo sé…
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Esa misma noche, Alejandro estaba de pie frente a la ventana de su penthouse, observando la ciudad iluminada. Había cerrado tratos millonarios, había destruido competidores sin pestañear, pero algo en esa mujer y en ese niño lo inquietaba como nada antes.
Encendió un cigarro, aunque hacía años que había dejado de fumar. La ansiedad lo carcomía.
—Martínez… —murmuró el apellido, probándolo en sus labios.
Levantó el teléfono y marcó un número.
—Quiero un informe completo de Sofía Martínez. Familia, antecedentes, todo. Y rápido.
—¿Quiere que revisemos también al niño? —preguntó la voz al otro lado.
Alejandro guardó silencio. Cerró los ojos y vio el dibujo del niño, sus facciones tan similares a las suyas.
—Sí. Averigüen todo sobre él también.
Colgó y se dejó caer en el sillón de cuero. Su instinto le gritaba que no era una coincidencia. Ese niño… esa mujer… algo estaba profundamente conectado con él.
Y Alejandro Ruiz no descansaría hasta descubrirlo.
mich...