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Esposa por Contrato del CEO

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Descripción

Una deuda impagable. Un padre al borde de la muerte. Un millón de dólares sobre la mesa.​Para Julián Rossi, el magnate más despiadado de los negocios, el matrimonio es solo una transacción financiera para asegurar su imperio. Para Dulce, es el único camino para salvar a su familia. El contrato tiene reglas claras: dos años, una vida pública impecable y cero sentimientos. Pero cuando el odio inicial da paso a un deseo incontrolable, romper las cláusulas del contrato será inevitable. ¿Es posible fingir amor sin terminar entregando el corazón? (Historia, Finalizada)

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"LA SENTENCIA"*
El olor a antiséptico y café rancio impregnaba el pasillo del hospital San Lorenzo. Dulce apretaba con tanta fuerza el sobre de papel manila contra su pecho que las yemas de sus dedos habían perdido el color. ​A sus veinticuatro años, sentía que sobre sus hombros pesaba el destino de toda una vida. En la habitación 304, su padre descansaba pálido, conectado a un monitor cardiaco cuyo bip monótono era el único recordatorio de que aún seguía con ellos. La pequeña imprenta familiar, aquella que su padre había construido con el sudor de su frente durante tres décadas, estaba al borde del embargo. Y para colmo, la intervención quirúrgica de urgencia que él necesitaba costaba más de lo que Dulce ganaría trabajando el resto de su vida. ​—Señorita Dulce —dijo el médico saliendo de la habitación con expresión apesadumbrada —. Si no realizamos la cirugía antes del viernes, temo que la insuficiencia hepática sea irreversible. Necesitamos el anticipo del cincuenta por ciento. ​—Lo... lo tendré, doctor. Déme hasta mañana —suplicó ella con la voz quebrada. ​El médico suspiró, asintió con lástima y se alejó por el largo pasillo. Dulce se dejó caer sobre la incómoda silla de plástico de la sala de espera y escondió el rostro entre las manos. No tenía a quién acudir. Los bancos le habían cerrado las puertas, los amigos de la familia se evaporaron cuando la quiebra se volvió inminente y las deudas no dejaban de acumularse. ​Fue entonces cuando sonó su teléfono celular. El número en la pantalla no tenía nombre, solo una serie de dígitos privados. ​—¿Dulce? —dijo una voz grave, profunda y helada del otro lado de la línea. Era una voz que no admitía interrupciones, cargada de una autoridad natural que hizo que a Dulce se le erizara la piel. ​—Sí, ¿quién habla? —preguntó ella limpiándose una lágrima rebelde. ​—Mi nombre es Julián Rossi. Sé exactamente en la situación en la que te encuentras. Sé lo de la deuda de la imprenta, sé lo de la operación de tu padre y sé que te quedan menos de cuarenta y ocho horas para conseguir doscientos mil dólares. ​Dulce se puso de pie de golpe, mirando instintivamente a su alrededor como si alguien la estuviera observando a través de las paredes del hospital. ​—¿Quién es usted? ¿Un cobrador? Si cree que voy a dejar que extorsione a mi familia... ​—No soy un cobrador, Dulce —la interrumpió la voz con una calma perturbadora—. Soy la única persona en esta ciudad que puede firmar un cheque por esa cantidad hoy mismo y salvarle la vida a tu padre. ​El corazón de Dulce comenzó a latir con violencia contra sus costillas. El nombre de Julián Rossi no le era del todo ajeno. Era el magnate al frente de Rossi Group, el conglomerado inmobiliario e industrial más poderoso del país. Un hombre conocido en las revistas de negocios por su brillantez financiera y en la prensa rosa por su frialdad despiadada. Decían que no tenía corazón, que jamás sonreía y que destruía a sus competidores sin parpadear. ​—¿Por qué un hombre como usted se interesaría en los problemas de alguien como yo? —demandó ella, tratando de mantener la firmeza en su voz, aunque sus piernas temblaban. ​—Porque tú tienes algo que yo necesito, y yo tengo el dinero que tú necesitas urgentemente —respondió él sin rodeos—. Hay un vehículo n***o esperándote en la puerta principal del hospital. Si quieres salvar a tu padre, sube a él. Te espero en mi oficina en treinta minutos. ​La llamada se cortó antes de que ella pudiera formular otra pregunta. Dulce miró la pantalla apagada del teléfono y luego la puerta de la habitación de su padre. El pitido del monitor retumbó en sus oídos. No tenía opción. Estaba acorralada contra la pared y el destino le estaba ofreciendo una salida, por muy peligrosa que pareciera. ​Al salir del hospital, vio una imponente camioneta negra con cristales blindados estacionada en la acera. Un chofer con traje oscuro se apresuró a abrirle la puerta trasera. ​—Señorita Dulce, el señor Rossi la está esperando. ​Subió al auto con el estómago hecho un nudo. El trayecto hacia el centro financiero de la ciudad transcurrió en un silencio sepulcral. Mientras el vehículo ascendía por las avenidas principales, Dulce observaba los rascacielos reflejarse en las ventanillas, preguntándose en qué tipo de juego estaba a punto de meterse. ​La camioneta se detuvo frente a la torre corporativa de Rossi Group. El chofer la guió hasta el ascensor privado que la llevó directamente al último piso. Cuando las puertas se abrieron, Dulce se encontró en una suite de oficinas de diseño minimalista, con paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica impresionante de toda la metrópoli. ​En el centro del majestuoso espacio, de espaldas a la entrada y observando la ciudad a través del ventanal, se encontraba un hombre alto, de hombros anchos y porte impecable. Vestía un traje a la medida color gris marengo que acentuaba su figura imponente. ​—Has llegado a tiempo. Me gusta la puntualidad —dijo el hombre girándose lentamente. ​Dulce contuvo el aliento. Las fotografías de los periódicos no le hacían justicia. Julián Rossi era destructivamente atractivo. Poseía facciones esculpidas a mano, una mandíbula marcada que denotaba terquedad y unos ojos de un azul tan claro y frío que parecían hielo cristalizado. Su mirada se fijó en ella con un escrutinio tan intenso que Dulce sintió como si le estuvieran leyendo los pensamientos más íntimos. ​—Señor Rossi —dijo ella, alzando la barbilla para no mostrar debilidad—. Supongo que no me hizo venir hasta aquí para hacer vida social. Dígame qué es lo que quiere de mí. ​Julián esbozó una sonrisa helada, apenas un leve movimiento en la comisura de sus labios que no llegó a sus ojos. Caminó con paso firme hacia su escritorio de caoba y tomó un documento encuadernado en cuero n***o. ​—Iré directo al grano, Dulce. Necesito una esposa. ​Dulce pestañeó, incrédula. De todas las cosas que había imaginado escuchar al entrar a esa oficina, aquella era la más absurda. ​—¿Una... qué? ​—Una esposa —repetió él con voz pausada y calculadora—. Mi abuelo dejó una cláusula estricta en su testamento: para asumir el control total de la presidencia de Rossi Group antes de cumplir los treinta años, debo estar legalmente casado y mantener un matrimonio estable durante al menos dos años. La junta directiva me exige presentar a una prometida en la gala anual de este sábado. ​—Y usted... ¿pretende que yo finja ser su esposa? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Un hombre con su dinero y posición podría contratar a cualquier modelo o mujer de la alta sociedad. ¿Por qué yo? ​Julián se acercó a ella. Su presencia era abrumadora; olía a madera de cedro, perfume costoso y peligro. Se detuvo a escasos centímetros de distancia, obligándola a levantar la vista para mirarlo a los ojos. ​—Porque no quiero a una mujer de la alta sociedad que busque mi dinero para gastarlo en banquetes o que intente involucrarse emocionalmente conmigo —dijo él, con una frialdad que helaba el aire—. Quiero a alguien que entienda que esto es estrictamente un negocio. Alguien que no tenga intenciones de enamorarse de mí ni de exigir nada fuera del contrato. Tu desesperación te convierte en la candidata perfecta: necesitas dinero para salvar a tu padre y yo necesito una esposa dócil que firme un acuerdo de confidencialidad sin hacer preguntas. ​Dulce sintió un pinchazo de indignación. ¿Dócil? Ese hombre pensaba que podía comprarla como si fuera un objeto en un aparador. Sin embargo, antes de que pudiera responder con rabia, Julián abrió el documento sobre la mesa y deslizó un bolígrafo de plata hacia ella. ​—El trato es simple —continuó él—. Te pagaré un millón de dólares. Cubriré la totalidad de la cirugía de tu padre hoy mismo, saldaré las deudas de la imprenta y te transferiré el resto al finalizar el contrato de un año. A cambio, vivirás conmigo en mi residencia, asistirás a los eventos sociales a mi lado y fingirás ante el mundo que estamos profundamente enamorados. Pero dentro de la casa, seremos dos extraños. Sin contacto físico no acordado, sin preguntas sobre mi vida privada y, sobre todo, bajo la estricta regla de que bajo ninguna circunstancia debes enamorarte. ​Dulce miró el papel. En la parte inferior, la cifra con varios ceros destacaba en negrita. Era la salvación de su padre, la tranquilidad de su familia. Pero el precio era vender su libertad a un hombre de hielo que la miraba como si fuera solo un peón en su tablero de ajedrez. ​—¿Y si me niego? —murmuró ella con la garganta seca. ​Julián se acomodó los gemelos de la camisa con absoluta indiferencia. ​—Si te niegas, saldrás por esa puerta y buscarás otra forma de conseguir doscientos mil dólares en menos de veinticuatro horas. Aunque ambos sabemos que eso es imposible. Tu padre morirá, Dulce. La decisión es tuya. ​El chantaje implícito le dolió en lo más profundo del alma, pero Julián tenía razón: no tenía alternativa. Con las manos temblorosas, Dulce tomó el bolígrafo. Miró directamente a los ojos azules del magnate, prometiéndose a sí misma que jamás se dejaría pisotear por su arrogancia. ​—Firmaré —dijo con firmeza, estampando su rúbrica al final del contrato—. Pero que le quede algo claro, señor Rossi: usted puede comprar mi tiempo y mi firma, pero jamás será mi dueño. ​Julián tomó el documento firmado, lo revisó con satisfacción y la miró con una chispa de curiosidad que desapareció tan rápido como llegó. ​—Eso ya lo veremos, mi futura esposa. Bienvenida a tu nueva vida.

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