Tomás y Gus se hicieron una seña casi imperceptible. Ambos hombres corrían en un parque en el sector alto de la ciudad y se habían dado cuenta de que eran seguidos por al menos dos hombres. Gus se detuvo en una banca para abrocharse la zapatilla. Tomás se quedó trotando en el lugar y se dio una vuelta, aparentando esperar a su amigo, cuando lo que en realidad quería hacer era observar el lugar y saber cuántos hombres los seguían. ―Deberías comprarte nuevos cordones ―le recriminó Tomás en voz alta―. Solo esta semana te ha pasado lo mismo tres veces. ―Ya, hoy mismo me iré a comprar, tenía otro par, pero no sé dónde está. ―En Rosas puedes encontrar. ―Sí... ¿tú crees que será bueno ir allá? ―Sí, pero después, ahora hay que seguir corriendo. ―Nunca has sido del tipo que deja las co

